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Pablo Pineda, querer es poder

El primer universitario con síndrome de Down participa en Sevilla en el congreso «Lo que de verdad importa»

Día 15/11/2010
«Si tú crees en tus posibilidades haces lo indecible por lograr cualquier cosa». Son palabras de Pablo Pineda, el primer español con síndrome de Down que terminó una carrera universitaria y que el año pasado protagonizó con Lola Dueñas la película «Yo también», que tenía ciertos paralelismos con su propia vida, y por la que fue galardonado con la Concha de Plata del Festival de San Sebastián.
El próximo miércoles participará en Sevilla en el III Congreso de Jóvenes sobre «Lo que de verdad importa», que recorre España ofreciendo experiencias y testimonios de personas que pueden ofrecer visiones diferentes de la vida y valores que se han desechado, se desconocen o han perdido importancia en los parámetros de una sociedad deshumanizada y carente de contenidos.
Pablo es, evidentemente, un pionero, y un ejemplo, al margen de pamplinas paternalistas, que él odia, o de miradas que se quedan en la lástima sin adentrarse en lo que él es. Síndrome de Down, «que no es una enfermedad, algo que la sociedad tiene que entender en primer lugar; es una carácterística del ser humano, un cromosoma de más». Así lo explica y así es, porque ese exceso cromosómico, con una copia extra del cromosoma 21, le da a Pablo los rasgos físicos, pero no ha sido óbice para que rompiera todos los moldes que hasta él se han relacionado con los síndrome de Down. Y es, además, un acicate, para que no ceje en demostrarlo, con el añadido de carga profunda que lanza: «somos personas de carne y hueso, con corazón, sentimintos, emociones. Es muy importante que se sepa que no estamos hablando de algo etéreo, sino de que concretamente somos personas».
Porque Pablo Pineda, que hoy tiene 36 años, además de ser diplomado en Magisterio de Educación Especial, estudia Psicopedagogía, una carrera de la que le quedan cuatro asignaturas, y prepara oposiciones para bibliotecario en el Ayuntamiento de Málaga, su tierra natal, en la que vive habitualmente con sus padres, aunque reconoce que los estudios se resienten de sus múltiples viajes a donde lo requieren para dar conferencias o participar en encuentros, como este congreso que lo trae a Sevilla desde Barcelona y Valencia, y en el que ya ha participado en anteriores ocasiones.
«En el congreso sobre «Lo que de verdad importa» suelo comentar y desarrolar varias ideas. Primero, que la discapacidad, entre comillas—subraya Pablo—. está infinitamente cerca y los jóvenes deben saber convivir con ella y con personas diferentes, que no lo vean como algo negativo, o un defecto, sino como un valor que enriquece y estimula. Y en segundo lugar, que con fuerza de voluntad y tenacidad se pueden hacer muchas cosas».
Su vida es lucha, superación, ideas claras y ese es el testimonio y la vivencia que Pablo trasmite a cada paso que da, partiendo de «una vida muy feliz, llena de momentos buenos, con mucho sentido del humor y alegría y sin dramas», así lo ve y lo vive Pablo Pineda, que ha sido siempre un gran luchador, «no rindiéndome nunca, sin desfallecer, a pesar de cualquier escollo que haya podido presentarse». Es cierto, y por él reconocido, que es fundamental demostrar a la gente que puedes lograrlo, y que es duro, un reto diario, a pesar de su sorprendente bagaje, «pero hundirse es lo peor, tirar por la borda los proyectos», por eso Pablo ha tirado hacia adelante «con mucho trabajo».
La palabra «discriminación» es apenas un recuerdo de su etapa escolar, cuando topó con algunos profesores con prejuicios, y sobre todo en segundo de BUP, cuando tuvo que sortear, casi en silencio, sin contárselo a sus padres, la crueldad de algunos compañeros que lo miraron con superioridad. Pablo se lo tragó y siguió adelante, demostrando que el aserto de querer es poder, hasta sorprender en la Universidad.
La clave está en su visión de la vida: «Soy una persona privilegiada, tengo premios, reconocimientos, para nada me siento discriminado y si me he sentido alguna vez discriminado ha sido en momentos puntuales, la sensación general es al revés».
Ahora sus metas están en independizarse, «como cualquier persona» —vive con sus padres, pero el precio de la vivienda no se lo permite aún— y tener pareja, «que es otro tema importante y peliagudo. Estamos hablando de prejuicios, de cómo una chica puede llegar a su casa y decirle a sus padres: “tengo un novio síndrome de Down”, sería un mazazo». Pablo ríe y confiesa que lo lleva mal y con filosofía, porque se ha enamorado un montón de veces. «Los síndrome de Down somos muy enamoradizos, cuando vemos una chica guapa, caemos. Además expresamos nuestros sentimientos con mucha expontaneidad, y si nos enamoramos lo decimos. La respuesta suele ser: “sí, te quiero, pero como amigo” y se viene abajo el mundo. Todo se supera».
Su madre dice que tiene estrella, ángel, y eso, que no se puede mesurar, y su propio esfuerzo, que está verdaderamente aquilatado, es lo que hoy hace que tenga autoridad moral y predicamento para reclamar a los jóvenes que vayan al congreso en el que él volverá a contar su forma de luchar contra el estigma de un cromosoma de más y unos rasgos físicos que se han asociado a la falta de inteligencia. Nada más lejos de la realidad en su caso, porque Pablo Pineda apabulla con su ejemplo y con su forma de exponer que «con esfuerzo, tenacidad, voluntad, optimismo, ganas de vivir, se consigue todo. Verán las cosas desde otra óptica». Ese es el mensaje que, en su línea de luchador impenitente, se esfuerza en lanzar: hay que «estudiar, esforzarse, tener ilusión, amor propio, no arredrarse, seguir criterios e ideas sin tener complejos, sin dejar que los que te creen extraño minen tu autoestima.
«Yo puedo, dice Pablo, si tú lo crees también lo consigues, porque el poder de la mente es infinito».
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