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Cultura / ENTREVISTA

«Mortier me ha invitado a dirigir en el Teatro Real»

Rafael Frühbeck, nombrado director del año en EE.UU. por la revista Musical America, en los próximos días dirigirá a la Orquesta Sinfónica de Madrid y a la Orquesta Nacional de España

Día 23/12/2010
ignacio gil
Rafael Frühbeck de Burgos, durante esta entrevista con ABC en Madrid
Rafael Frühbeck de Burgos no lo puede ocultar. Todavía le dura el subidón tras haber recibido hace unos días en el Carnegie Hall de Nueva York el premio al Mejor Director de Orquesta del Año, que concede la prestigiosa revista Musical America. Acaba de aterrizar en España para ponerse al frente del la Sinfónica de Madrid el próximo lunes con la que ofrecerá la «Novena» de Beethoven. Un par de emanas más tarde, dirigirá durante dos fines de semana a la Orquesta Nacional de España —sonarán obras de Brahms, Tomás Marco, Laura Vega y Alejandro Yagüe—, agrupación de la que fue director titular entre 1962 y 1978, y de la que es actualmente Director Emérito.
Con setenta y siete años, el músico burgalés sigue estando en plena forma, y más activo que nunca: «Al cabo del año hago alrededor de 110 conciertos,mientras que otros directores tienen entre 50 y 60 conciertos», afirma con orgullo. Y confiesa que «ahora es cuando más disfruto haciendo música, y es cuando tengo más éxito». De lo que no disfruta tanto es de los viajes, que le hacen cruzar constantemente el Atlántico, pues es desde 2005 director titular de la Filarmónica de Dresde. Antes lideró la Sinfónica de Düsseldorf, la de Viena, y la Deutsche Oper y la Rundfunk-Sinfonieorchester, ambas en Berlín, por citar solo sus titularidades en Europa.
—¿Qué significa para usted este premio?
—Creo que ha sido un reconocimiento a muchos años de ser director invitado en los Estados Unidos, donde empecé en 1967 con la Orquesta de Filadelfia, hasta que tuve Viena, Berlín y Zurich juntos. Después hubo un paréntesis, y a partir de 2000 quizá es mi actividad más importante. Ahora trabajo con la Sinfónica de Bostón cuatro semanas al año; dos con la de la Filadelfia y a partir de las próximas temporadas también dirigiré a la Filarmónica de Nueva York, y a la de Los Ángeles... Esto es algo que no lo tiene nadie, por eso me han dado este premio.
—Ahora que ocupan toda la atención mediática los directores jóvenes, este premio es un reconcimiento al talento pero también a la experiencia...
—No solo eso. Es reconocer que en mi generación hubo muchos directores buenos, se pueden contar hasta treinta. Sin embargo, entre la mía y la actual faltan dos generaciones intermedias. Hubo alguno bueno, sí, pero pocos, muy pocos.
—¿A qué se debe esa ausencia?
—Es como los vinos: hay cosechas buenas y cosechas malas (bromea).
—¿Qué jóvenes directores le gustan actualmente?
—Dudamel tiene unas condiciones fabulosas; Jorowski, el hijo, es magnífico... Hay muchos y muy buenos.
—¿Aprecia grandes diferencias entre la generación actual y la suya?
—Claro... Yo me considero un viejo kapellmeister alemán, en la línea de Bruno Walter, Furtwängler, Karajan... Ese tipo de escuela, de saber muy bien lo que hacemos, lo que queremos y así se lo transmitimos a las orquestas, que están encantadas con nosotros. Parte de este premio es la popularidad que tengo entre las orquestas americanas. Formaciones que son mucho más profesionales que la gran mayoría, entre otras cosas porque cuestan mucho dinero, dinero privado al que hay que sacarle rendimiento. No se puede perder un solo minuto de ensayo.
—Esa generación a la que se refiere ha sido tildada muchas veces de dictatorial, ¿usted pertenece a ella?
—Hay mucha literatura sobre eso. Es obvio que, por ejemplo, en América, la gente de la generación de Stokowski, eran personas con mucha autoridad. Aquí, en Europa, eran Karajan o Bruno Walter. Pero era una autoridad que dimanaba del conocimiento. El músico en aquella época ni estaba tan bien preparado ni bien pagado como ahora. Hoy en día no se le puede ir con historias dictatoriales porque no las acepta, como yo tampoco acepto que no vengan preparados al ensayo. La relación profesor-director de orquesta ha cambiado, y las condiciones sociales del músico también. Ahora vive muy bien y tienen que responder de ello. No pueden llegar sin saber. Eso ya no queda, sólo en algunas orquestas estatales.
—También dirige en Dresde y en el norte de Europa pero no viene mucho por España...
—Ahora después de la Nacional tengo otro concierto en Valencia. Uno hace lo que puede pero mis prioridades en este momento son Dresde y Estados Unidos, donde tengo ocupadas casi 20 semanas. Mi agenda no da mucho más de sí.
—El lunes dirige a la Sinfónica de Madrid...
—Conmigo siempre hacen la «Novena», una tradición que inicié yo, y Mortier me ha invitado a dirigir el año que viene un concierto en el Real.
—Ha tenido que ser el director belga quien le invite finalmente a dirigir por primera vez en el Real tras su reapertura como teatro de ópera...
—(Se encoge de hombros). Yo voy donde me llaman. Nos conocemos hace más de cuarenta años, desde el Festival de Gante. Quiere que colabore con él, aunque todavía no está muy claro el programa...
—Antes de la reapertura del Real afirmó que la orquesta que tenía que estar en ese foso era la ONE...
—Todo aquello fue muy mal entendido y muy mal tratado por los medios. Aquello no tenía porqué haber ocurrido. Han pasado muchos años.
—¿Qué le parece la política de Mortier de dejar sin director titular a la Sinfónica de Madrid?
—Tendría que estar viendo todos los días cómo suena la orquesta en el Real, en la ópera y en los conciertos. No me gusta opinar de lo que no sé, además es meterme en camisa de once varas.
Con setenta y siete años, el músico burgalés sigue estando en plena forma, y más activo que nunca: «Al cabo del año hago alrededor de 110 conciertos,mientras que otros directores tienen entre 50 y 60 conciertos», afirma con orgullo. Y confiesa que «ahora es cuando más disfruto haciendo música, y es cuando tengo más éxito». De lo que no disfruta tanto es de los viajes, que le hacen cruzar constantemente el Atlántico, pues es desde 2005 director titular de la Filarmónica de Dresde. Antes lideró la Sinfónica de Düsseldorf, la de Viena, y la Deutsche Oper y la Rundfunk-Sinfonieorchester, ambas en Berlín, por citar solo sus titularidades en Europa.
—¿Qué significa para usted este premio?
—Creo que ha sido un reconocimiento a muchos años de ser director invitado en los Estados Unidos, donde empecé en 1967 con la Orquesta de Filadelfia, hasta que tuve Viena, Berlín y Zurich juntos. Después hubo un paréntesis, y a partir de 2000 quizá es mi actividad más importante. Ahora trabajo con la Sinfónica de Bostón cuatro semanas al año; dos con la de la Filadelfia y a partir de las próximas temporadas también dirigiré a la Filarmónica de Nueva York, y a la de Los Ángeles... Esto es algo que no lo tiene nadie, por eso me han dado este premio.
—Ahora que ocupan toda la atención mediática los directores jóvenes, este premio es un reconcimiento al talento pero también a la experiencia...
—No solo eso. Es reconocer que en mi generación hubo muchos directores buenos, se pueden contar hasta treinta. Sin embargo, entre la mía y la actual faltan dos generaciones intermedias. Hubo alguno bueno, sí, pero pocos, muy pocos.
—¿A qué se debe esa ausencia?
—Es como los vinos: hay cosechas buenas y cosechas malas (bromea).
—¿Qué jóvenes directores le gustan actualmente?
—Dudamel tiene unas condiciones fabulosas; Jorowski, el hijo, es magnífico... Hay muchos y muy buenos.
—¿Aprecia grandes diferencias entre la generación actual y la suya?
—Claro... Yo me considero un viejo kapellmeister alemán, en la línea de Bruno Walter, Furtwängler, Karajan... Ese tipo de escuela, de saber muy bien lo que hacemos, lo que queremos y así se lo transmitimos a las orquestas, que están encantadas con nosotros. Parte de este premio es la popularidad que tengo entre las orquestas americanas. Formaciones que son mucho más profesionales que la gran mayoría, entre otras cosas porque cuestan mucho dinero, dinero privado al que hay que sacarle rendimiento. No se puede perder un solo minuto de ensayo.
—Esa generación a la que se refiere ha sido tildada muchas veces de dictatorial, ¿usted pertenece a ella?
—Hay mucha literatura sobre eso. Es obvio que, por ejemplo, en América, la gente de la generación de Stokowski, eran personas con mucha autoridad. Aquí, en Europa, eran Karajan o Bruno Walter. Pero era una autoridad que dimanaba del conocimiento. El músico en aquella época ni estaba tan bien preparado ni bien pagado como ahora. Hoy en día no se le puede ir con historias dictatoriales porque no las acepta, como yo tampoco acepto que no vengan preparados al ensayo. La relación profesor-director de orquesta ha cambiado, y las condiciones sociales del músico también. Ahora vive muy bien y tienen que responder de ello. No pueden llegar sin saber. Eso ya no queda, sólo en algunas orquestas estatales.
—También dirige en Dresde y en el norte de Europa pero no viene mucho por España...
—Ahora después de la Nacional tengo otro concierto en Valencia. Uno hace lo que puede pero mis prioridades en este momento son Dresde y Estados Unidos, donde tengo ocupadas casi 20 semanas. Mi agenda no da mucho más de sí.
—El lunes dirige a la Sinfónica de Madrid...
—Conmigo siempre hacen la «Novena», una tradición que inicié yo, y Mortier me ha invitado a dirigir el año que viene un concierto en el Real.
—Ha tenido que ser el director belga quien le invite finalmente a dirigir por primera vez en el Real tras su reapertura como teatro de ópera...
—(Se encoge de hombros). Yo voy donde me llaman. Nos conocemos hace más de cuarenta años, desde el Festival de Gante. Quiere que colabore con él, aunque todavía no está muy claro el programa...
—Antes de la reapertura del Real afirmó que la orquesta que tenía que estar en ese foso era la ONE...
—Todo aquello fue muy mal entendido y muy mal tratado por los medios. Aquello no tenía porqué haber ocurrido. Han pasado muchos años.
—¿Qué le parece la política de Mortier de dejar sin director titular a la Sinfónica de Madrid?
—Tendría que estar viendo todos los días cómo suena la orquesta en el Real, en la ópera y en los conciertos. No me gusta opinar de lo que no sé, además es meterme en camisa de once varas.
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