La luz —el azahar de Dios— se vino de pronto por las tapias, gateando, y se quedó en la rosa, terminando de pintar los detalles del divino esplendor de la flor, y con qué tino. Una luz que se vino tan callando que nadie adivinó cómo ni cuándo escribió la mañana en femenino. Se fue dorando luego, al mediodía, cuando en sus transparencias ya tenía los últimos milagros del pincel. Y se metió después —¿por qué rendijas?— entre cuadrados panes de torrijas. Y, espesa al derramarse, se hizo miel.
Porque venías por la calle en días como éstos; venías desde tu pueblo, humana abeja reina sin más alas que aquella blusa negra de aquel luto que envejecía contigo a cada paso. Venías con dos cacharros de hojalata que en el camino andado serían alados panales. Venías con tu luto y con tu pena para endulzar el pan de la cuaresma. Yo te recuerdo la voz siempre entre suspiros, como si el suspiro fuera el largo monosílabo con el que tu sangre pronunciaba la pena de nunca supe qué ausencia, si tu marido, si un hijo. Pero eras un dulce luto cuando abrías los cacharros y ofrecías lo mejor que habían libado las abejas. Y como regalo guardado en las faldriqueras de tu carga, algún trozo de panal y un bote de melaza. La casa toda era una víspera de peroles y lebrillos. El aceite esperaba en las damajuanas o en la tinaja vidriada, y de la panadería había llegado la voz de que ya estaban haciendo pan para torrijas, aquellas barras a las que llamaban teleras. Huevos frescos de las gallinas del corral, tenedores que esperaban en los platos hondos para batir la clara a punto de nieve, con la misma impaciencia con la que esperaban los bieldos en la orilla de la era la hora de la marea y de la parva. Llegabas tú como salida —renacida— de un dulce cuento de cuaresma. Venías cansada de la clivosa cuesta que te separaba del pueblo, que si duro era subir andando aquella cuesta, más duro, penoso, debía de ser subirla cargada con dos cántaras llenas de miel. Pero venías siempre hermosa de mercancía, deseada en las cocinas de este tiempo donde ya habían tenido su turno espárragos y tagarninas, y espinacas, y ese nunca exacto milagro del majado en el mortero —aceite caliente, pimiento molido, comino, ajos y pan fritos, una gota de vinagre— que tanto ha saboreado a la herencia cocinera de nuestra tierra. Llegabas tú, mujer, melera cuaresmal, como primer personaje de una pasión que iba de la hornilla al paladar. La luz ya lo había terminado casi todo. Faltabas tú, encerrada luz de miel, y le ponías al día ese toque de Dios tan necesario.
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La tribu | El blog de Antonio García Barbeito en ABC de Sevilla.


