Ahora es el Tea Party el que grita más alto «No a la guerra»
Crece la tendencia al aislacionismo entre los republicanos más conservadores
¿Quién dijo que el «no a la guerra» es patrimonio de la izquierda? Ahora es el gran eslogan del Tea Party. Progresistas y líderes de la nueva derecha norteamericana coinciden en su voluntad de aislacionismo, de querer que Estados Unidos se involucre en los mínimos conflictos posibles fuera de sus fronteras. Los unos porque dicen que son pacifistas, los otros porque no quieren complicaciones, el caso es que se ha desatado una tendencia que escandaliza a héroes de guerra como el ex candidato presidencial John McCain.
En su día McCain fue calificado de conservador tibio por algunos de sus correligionarios. Ahora hay quien le llama «halcón» porque se opone a una salida rápida de Afganistán o a desentenderse de Libia. «Siempre ha habido una tendencia aislacionista en el partido republicano, pero ahora está creciendo y ocupando el centro del partido», denuncia McCain, preocupado. Mientras Liz Cheney, hija del ex vicepresidente, lo expresa así de claro: «El Congreso debería callarse y no hacerle el juego a Gadafi».
El debate entre si Estados Unidos debe entrar en guerra para defender no sólo sus «intereses» sino también sus «valores», es decir, erigiéndose en garante de la democracia en el mundo, no es nuevo. Ya se vivió durante la guerra de Vietnam. Parte de la filosofía neocon arranca precisamente del desencanto de dirigentes de izquierdas que deciden hacerse conservadores porque el no-intervencionismo a ultranza les parece nihilista y egoísta.
«Nuestros intereses son nuestros valores, no hay diferencia entre una cosa y otra», advierten McCain y otros dirigentes republicanos como el senador Lindsey Graham, para quienes Mitt Romney, líder en las encuestas para ser candidato presidencial y de religión mormona, preconiza una política exterior digna de Jimmy Carter.
Un balón de oxígeno
En el caso concreto de la retirada de Afganistán, McCain se ha mostrado partidario de una retirada lo más lenta y gradual posible, con una salida de como mucho entre 3.000 y 10.000 soldados en los próximos meses. En su desesperación para tratar de conseguir que la plana mayor republicana le secunde, ha llegado a afirmar que si se permite a Obama sacar muchas tropas de Afganistán el año que viene, esto será un balón de oxígeno electoral para él.
Pero, en opinión de McCain, el peligro no es tanto que Obama gane votos retirando soldados como que esta retirada amenace objetivamente la seguridad de Estados Unidos. Los que observan con preocupación las prisas por salir de Afganistán subrayan que este fue el mismo error que cometió Washington tras «ganar» la yihad contra la Unión Soviética: desentenderse a toda velocidad de un escenario en exceso inestable, rápidamente ocupado por las fuerzas de la oscuridad y del terror.
Para aliviar en lo posible los rigores de la autocrítica, los republicanos antiaislacionistas culpan a Obama de la actitud reluctante del Congreso. Creen que el presidente no está liderando bien ni informando bien a la cámara. Y ya hace semanas que todos los datos sobre las intenciones del presidente en Libia y en Afganistán se obtienen por la vía de los hechos consumados o de los globos sonda.
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