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Fútbol / leer los clásicos

Alfredo Di Stéfano, el más grande

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Aunque no toreara, salvo a los defensas, era «el más grande», como Marcial Lalanda; «el número uno», como Luis Miguel

Día 29/08/2011 - 13.29h
Alfredo Di Stéfano, el más grande

Pelé podía mostrar más malabarismos; Maradona, más genialidades; Cruyff, más sutilezas. Nadie que viera jugar a Di Stéfano puede dudar de que él ha sido el mejor jugador de la historia, el más completo: simplemente, el fútbol.

Un ejemplo. En los octavos de final de la segunda Copa de Europa, el Madrid ganó dos a cero al Rapid en Chamartín. El partido de vuelta, en Viena, fue dramático. Había nevado, los jugadores madridistas eligieron botas inadecuadas, resbalaban continuamente en el hielo. Fueron cayendo los goles del Rapid: uno, dos, tres... En el descanso, el Madrid se había quedado, por lesión, con diez jugadores (no había sustituciones), perdía por tres a cero y estaba eliminado... Después de lanzar —se supone— alguna maldición, Di Stéfano tomó las riendas, se colocó de defensa central: no volvió a pasar ningún delantero del Rapid. El Madrid ganó la eliminatoria.

Eso no lo hacían ni Maradona ni Pelé ni... Di Stéfano podía jugar en todos los puestos: si hacía falta, de defensa y hasta de portero (una vez lo hizo, al lesionarse Carrizo, en un derbi argentino contra el Boca).

Sabía hacerlo todo, con la pelota: gambeteaba, remataba con el pie o la cabeza, tenía visión de la jugada, dirigía al equipo. Por su rapidez, en Argentina le apodaron «la Saeta rubia» y cantaban: «Socorro, socorro, / que viene la Saeta / con su propulsión a chorro». Marcó un gol a los ocho segundos del comienzo de un partido. Y tenía mucho carácter...

Deslumbró cuando jugó en Chamartín, con el Millonarios, en 1952. Poco antes del final, se pegó una carrera de sesenta metros para evitar que el balón saliera... Cuentan que Bernabéu sólo dijo: «Quiero a ese argentino».

El Barcelona (Samitier) compró los derechos al River; el Madrid (Saporta), al Millonarios. La sentencia salomónica decidió que jugaría cada año en un equipo, comenzando por el Madrid. El Barcelona, herido, cedió sus derechos: nunca dejó de lamentarlo. ¿Qué hubieran hecho, juntos, Kubala y Di Stéfano?

Debutó con la camiseta del Madrid en un amistoso, contra el Nancy, el 23 de septiembre de 1953 (no recuerdo bien si fue un miércoles o jueves): perdimos cuatro a dos. Pero se abría una nueva era para el fútbol mundial.

Una tarde, empataba el Madrid con el Atleti. A punto de acabar el partido, recibió Di Stéfano la pelota de espaldas, en el centro del ataque, y, sin darse la vuelta, la desvió. Cuando nos dimos cuenta, estaba en el fondo de la red. Lo vemos ahora, en el No-Do: quizá don Alfredo estaba en fuera de juego (entonces se decía «orsai», igual que «míster», «córner» y hasta «referee»). Nadie lo advirtió: habíamos descubierto lo que era un gol de tacón, de espaldas.

La cumbre llegó en 1960, en la final de Glasgow: entre Di Stéfano y Puskas («Pancho Puskas», «Cañoncito Pum») le metieron siete a tres al Eintracht: ninguna final lo ha igualado. En el descanso —ha contado Di Stéfano— bajó Bernabéu al vestuario para amenazar al que se atreviera a dar un pase más de tacón...

En la segunda Copa de Europa, el Madrid contrató a Kopa, menudo, habilidoso, el alma de la selección francesa. Estando don Alfredo, jugó siempre de extremo derecha. Sólo recuerdo una vez que, estando lesionado Di Stéfano, jugó Kopa de «nueve», frente al Español y lo hizo de maravilla...

No sólo era cuestión de fortaleza física. Casi nunca se lesionaba Di Stéfano porque regateaba en largo: cuando un defensa marrullero quería cazarlo, él ya había pasado...

En 1954 lo entrevistó el «dandy» César González Ruano, al que le interesaba poco el fútbol, pero le fascinó un joven con cara atónita, «como la del muchacho a quien ha dado plantón una chica», que le explicó así el juego: «Una pelota no es un toro. Una pelota no se mueve por ella misma, la tenemos que mover nosotros. También el fútbol tiene algo de arte. Todo lo que hacemos con los pies, lo hemos de hacer, antes, con la cabeza».

Desperdició César la ocasión de replicarle que ya había dicho algo parecido Leonardo da Vinci: la pintura «é cosa mentale».

Se definió siempre Di Stéfano como un simple «jugador de equipo», porque «ningno es tan bueno como todos juntos». Él sí lo era.

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