Sevilla

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Una historia familiar

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Día 29/09/2011
LUIS REY GOÑI UNA HISTORIA FAMILIAR
ABC
Luis Rey Romero flanqueado por su hijo y su padre (abril de 1977)

Creo que los Rey hemos sentido siempre respecto al Colegio una mezcla de amor y obligación. Su origen es común: la conciencia de que, siendo la vida algo excepcional, y cada persona irrepetible, los alumnos necesitan cariño y estímulo al inicio de ese trayecto único para alcanzar lo máximo posible en términos humanos, intelectuales, culturales. Es una empresa, sobre todo en el sentido clásico de la palabra, que acucia, absorbe, agota y luego, cuando sus antiguos alumnos se desarrollan, compensa tantos desvelos. Desvelos literales: preparando clases, corrigiendo exámenes, planificando o preocupándose por las dificultades académicas, personales o familiares de tal o cual alumno.

El poner al alumno como absoluta prioridad (con todas nuestras imperfecciones: errare humanum est) tiene efectos varios: obliga a esforzarse al límite, pues siempre hay algo más que puede beneficiarles; impulsa a asumir riesgos y cambios, dándoles sentido trascendente; crea vínculos duraderos, que hacen «franciscanos» a hijos, nietos y hasta biznietos; ayuda casi siempre a conciliar las visiones de familias y docentes; exige reinversión de cuanto se produce; y suele causar patente recelo cuando la administración es intervencionista o tendenciosa, pues impide ser complaciente o plegarse a otros intereses, ya implique permanecer sin cantar el Cara al Sol ante el delegado de Falange, como mi abuelo en los cuarenta; rechazar la concertación en lugar de despedir profesores porque «un colegio son sus personas, no sus ladrillos», como mi padre en los ochenta; o responderle a otro («Ilustrísimo») delegado que no se cumplen sus órdenes porque contravienen las normas. ¡Uf!

Como España ha pasado de todo en siglo y cuarto, cada generación ha debido afrontar sus peculiares circunstancias. Y como el bien del Colegio ha primado siempre sobre el familiar o individual (a costa de alguna que otra dolorosa renuncia personal o monumental disputa), nuestras historias se han trenzado de modo a veces indistinguible. Mis bisabuelos, don José María Rey Repetto y doña Teresa Guerrero López-Guerrero, lidiaron con la permanente estrechez económica debida a la adquisición del Colegio. Décadas de riguroso esfuerzo denodado (marca de la Casa desde su origen), lograron establecer el prestigio inicial.

A sus hijos, don José y don Luis Rey Guerrero, les «tocan» la guerra y la dictadura. Hombres preclaros y de mente abierta, crean un oasis de convivencia en el desierto de retrógrada hostilidad que asfixia España. Profesorado eximio, acogido de ambos bandos, demuestra a diario en las aulas que la colaboración es no sólo posible, sino fructífera. Quizá justo por eso, porque se adereza con afecto, entrega e inteligencia lo que otros pretenden imponer con fuerza y cerrazón, los resultados son portentosos. La pléyade de brillantes alumnos no puede ni resumirse en estas líneas.

Don Luis Rey Romero ha de lidiar con la transición. Tiempos convulsos, difíciles para un sabio hombre, investigador nato, esencialmente bueno. Ahora ya no éramos «rojos», sino «fachas». ¡Paradojas de la vida! La ayuda infatigable de mi madre, doña Maribel para sus queridos alumnos, no logra contrarrestar las a veces terribles tensiones, ni el subsiguiente párkinson que lo destroza. Jalonan esta etapa Olimpiadas, Premios Extraordinarios, Nacionales y de la Real Maestranza, hasta de tres en tres, cuando sólo el expediente mide el desempeño.

Y llegamos a la actualidad. Como es obvio, el bien de nuestros alumnos nos obliga a la pluralidad, al esfuerzo, a la apertura al mundo y a seguir innovando. Como también es obvio, España necesita la colaboración honesta de todos para superar el déficit educativo. En eso estamos y estaremos pues, como decía mi abuelo, educar es hacer patria que, hoy más que nunca, es el planeta entero.

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