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Córdoba / Antonio Cruz Casado, CATEDRÁTICO DE LENGUA Y LITERATURA

«Góngora estaba enamorado; lo que escribía era puro sentimiento»

Este experto en la obra gongorina escudriña en lo más profundo del Siglo de Oro para descubrir un cordobés enamorado y «amigo de comediantes»

Día 16/11/2011 - 09.42h
«Góngora estaba enamorado; lo que escribía era puro sentimiento»

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La segunda jornada del Congreso Internacional «El universo de Góngora: orígenes, textos y representaciones», sirvió para llegar a los sentimientos del poeta del Siglo de Oro de la mano del experto en estudios gongorinos Antonio Cruz, que localiza cada una de las páginas de «Soledades» o Polifemo en la Sierra de Córdoba.

—¿Qué se aporta durante el congreso a lo que ya se sabe de Góngora?

—Algo de su obra imbricada en su vida sentimental. Hablo de los textos de Góngora en Córdoba entre el año 1609 y 1617. Son las obras más importantes de todas las que escribió en esa época como las «Soledades», I y II, o «El Polifemo y «El Panegírico al Duque de Lerma», que está incompleto. Luego tiene una obra bastante extensa, unos cien poemas, que escribe en esa época y también me ocupo de un problema familiar enorme que todavía coleaba por entonces, cual es el asesinato de un sobrino suyo teniendo en cuenta que su hermana doña Francisca de Argote aún se encontraba en los tribunales. Todo esto tiene mucho que ver con su obra, influyendo en su forma de escribir, aislándose en la huerta de Don Marcos, que es donde él va a escribir las «Soledades». El paisaje, que refleja incluso una oquedad descrita en la fábula de «Polifemo y Galatea», está inspirado posiblemente en la Sierra de Córdoba.

—También repasa a los críticos de la época...

—Desde el punto de vista de la polémica hacia su obra por el barroco extremo en sus versos recuerdo a los defensores cordobeses. Son muy importantes, por ejemplo, Francisco Fernández de Córdoba, el abad de Rute; Pedro Díaz de Rivas y José Pérez de Rivas, que son poetas y al mismo tiempo críticos,éste último de los menos conocidos. Hay una crítica a la primera edición de las obras completas de Góngora donde aparece su nombre por primera vez, porque otra anterior aparecía bajo el título «obras en verso del Homero español» sin que se nombrara al poeta cordobés y se admiten otros muchos poemas que podrían ser o no suyos, porque hay que tener en cuenta que Góngora no se preocupó de editar su obra. Y es José Pérez de Riva el que puntualiza en esa especie de escrutinio a la obra de 1633.

—¿Cómo acercaría el Góngora al público no erudito?

—Se han hecho ediciones infantiles bastante acertadas y asequibles como la de Joaquín Rosa. Pero, en definitiva, es lo que se ha dicho siempre con Góngora, que es un poeta difícil, no podemos negarlo. Si uno coge las «Soledades», por ejemplo, sin ningún tipo de preparación se pierde. Pero no sólo en nosotros, que somos normales, sino con autores como Unamuno ha pasado. De hecho, en 1905 una revista modernista le pidió a Unamuno que colaborara y escribiera algo de Góngora. Unamuno contestó que había estado leyendo toda la noche las «Soledades» y no había podido sacar nada en absoluto. Otro de ellos, era Valle Inclán, también un personaje cultísimo, pero que reconocía que no podía comprenderlo de ninguna manera. Lo que tenemos que hacer es recurrir a los comentaristas, como ya hacía Alfonso Reyes a principios de siglo XX. Hay que recurrir a los que revelan los puntos oscuros de Góngora. Eso ya lo hizo Dámaso Alonso y habría que continuar esa línea. En Góngora hay cosas preciosas, aciertos magníficos, metáforas insuperables. Yo creo que con un poquito de esfuerzo y buena voluntad uno consigue acercarse a Góngora.

—¿Se podría hacer algo más para que llegara a todos?

—Habría que continuar la línea de seguir divulgándolo, con un poco de esfuerzo y buena voluntad nos podemos acercar a él.

—¿Por qué el gran desconocido?

—Primero por la dificultad que antes apuntábamos. Además, tuvo la mala suerte de no conseguir editar prácticamente nunca sus obras y, sin embargo, cuando participa en antologías de 1605 «La Flor de Poetas ilustres de España», Góngora es el más representado con 36 poemas, mientras que otros como Quevedo tiene 17 poemas. Góngora no es demasiado conocido en Córdoba, porque no hay suficientes celebraciones en torno a su figura. Cuando se cumplió el centenario de su nacimiento en 1661, no recuerdo que se hiciera ningún tipo de celebración, quizá un catálogo en la Biblioteca Nacional, pero la Real Academia Real de las Artes, que tanto hizo en el tricentenerario de la muerte de Góngora en 1727 con conferencias en Priego de Córdoba y en Cabra, elaboró un boletín y un compendio de versos para acercarlos a la gente que sí lograron calar en la ciudad.

—¿Qué recomendaría como primer libro que hay que leer de Góngora?

—Lo acercaría con sus primeras obras, con un acercamiento cronológico. Hay, por ejemplo, unas letrillas que son fáciles de leer como «Hermana Marica», que se tiene como algo autobiográfico, o los poemas de amor, que son algo verdaderamente hermoso. Habría obras, sin embargo, muy difíciles o complicadas, como El Panegírico al Duque de Lerma, que me ha resultado bastante complejo, porque hacían falta muchos conocimientos de genealogía de heráldica, ahí está por ejemplo el cardenal de Toledo, que era un amigo de los intelectuales y era defensor de Góngora y de Cervantes. Sobre éste último también habría que señalar que él dice ser de Córdoba ante un tribunal que le juzgaba en Sevilla, en 1596, aproximadamente. Quizá empezaríamos con el soneto al amor o el soneto a Córdoba.

—¿Cuál es su cara desconocida?

—Es la relación de Góngora con las mujeres. Góngora es un clérigo que se ve forzado a asumir los hábitos. En las familias se exigía eso para no perder las prebendas de la Iglesia, pues los tomó igual que su sobrino, que es un descuidado, y que era Luis de Saavedra. Pero Góngora canta a la mujer y entonces hay poemas preciosos donde el amor está perfectamente definido y perfectamente resaltado. Son poemas de lo más hermoso de la poesía de la época.

—¿Son de persona enamorada?

—Pues sí, de una persona enamorada.Parece imposible que no se exprese lo que se siente. Para escribir estos poemas hay que sentirlo. Se debería de ahondar un poco más en la vida sentimental de Góngora. Habría que revisarla, pero hay pocos documentos de la época, tenemos solo las obras. Y otra de las partes desconocidas de la vida de Góngora es su relación con otros escritores o los problemas con la entidad de la Iglesia.

—¿Qué opinaba la Iglesia de él?

—Hoy sabemos que hubo una especie de investigación por parte de un obispo donde se decía que Góngora hablaba mucho, que no reza, que le gustaba mucho asistir a los toros, que es amigo de los comediantes. Entonces, según eso, habría que insistir en esos aspectos más cordobeses y en lo que decían de él sus amigos.

—¿Podría tener alguna amante?

—No tengo constancia, pero en la época y prácticamente desde la Edad Media, era normal que los clérigos tuvieran amas, sobrinas con ellos, es posible. Góngora es un hombre fogoso, con carácter muy fuerte, sanguíneo, y uno piensa que la naturaleza exige también sus tributos y situaciones que hay que salvar.

—¿Dónde se movía en Córdoba?

—Góngora vive fundamentalmente cerca de la Catedral. Visita a menudo a sus amigos, a don Pedro de Cárdenas, entre ellos. Va al campo, por ejemplo, a la huerta de Don Marcos que él tenía alquilada con su sobrino, luego la realquila... También en Trassierra. Viaja de vez en vez a Luque, donde tenía un buen amigo con el que se escribía cartas para explicarle cómo se han recibido las Soledades aquí en Córdoba. Pero su núcleo vital era el entorno de la Catedral.

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