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Galicia / entre brumas

Oprobios fiscales

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Las comunidades de economías más frágiles, como Galicia, continuarán sometidas al albur del juego de tensiones políticas con los territorios más centrífugos

Día 27/12/2011

SE ventean malos tiempos para la financiación de la comunidad autónoma de Galicia. El desastre contable catalán, consecuencia en buena parte de la calamitosa gestión liderada por José Montilla al frente de aquel extraño tripartito, ha llevado al gobierno de Artur Mas a cometer errores de bulto, como esa chusca retención de emolumentos a los funcionarios en concepto de una paga extra que nunca han llegado a cobrar o el toque a rebato contra cualquier enfermo que ose demandar una cama en un hospital público. Todo esto sin despeinarse y a la vez que mantienen muy vivo el impulso identitario vía embajadas en el exterior o subvenciones a la sumisa prensa local, única en el mundo capaz de suscribir sin rubor un manifiesto conjunto en defensa del gobierno autonómico que los subvenciona generosamente. Todo esto conducirá a una legislatura con el asunto del pacto fiscal permanentemente sobre la mesa.

Puede que el gobierno entrante, en función de su mayoría absoluta, no les conceda tanto, pero no caben muchas dudas sobre el hecho de que, como ha venido ocurriendo legislatura a legislatura, el goteo de cesiones presupuestarias destinadas a acallar el irredentismo catalán continúe produciéndose.

De este modo, las comunidades de economías más frágiles, como la nuestra, continuarán sometidas al albur del juego de tensiones políticas con los territorios más centrífugos. Es sabido que los pobres siempre pagan el pato de una ideología errónea que pretende imponer la idea de que quien paga al fisco son los territorios y no los particulares, se encuentren donde se encuentren. Es como si quien suscribe se declarase insumiso fiscal por tener que cotizar más que su vecino mileurista, un absurdo insostenible, auténtico acto fallido de la mollera que solo esconde, y muy mal por cierto, el plan general por el independentismo que trazara en su día Jordi Pujol.

Claro que, en el fondo, a Cataluña no le falta razón. Obligada a contemplar los seculares y sustanciosos privilegios fiscales vasco-navarros, disfrutadores de cupos, conciertos y fueros sin cuento ni mesura, lo normal es que entonen el ¿porqué yo no? Y retrotraigan la cuita a las guerras de los tatarabuelos y al malvado Felipe V de Borbón. De este modo, unos eluden pagar por ley y los otros por machacona reivindicación, bajo amenaza de liar el petate y largarse por la puerta.

¿Qué nos queda a los demás? Poca cosa, fuera de contemplar inermes y sumisos como los hermanos mayores se buscan la vida, decidiendo junto al gran jefe de Madrid qué migajas del pastel restan para el común, solo igual ante la ley en los papeles amarillos de la cosa constitucional. En fin, que por veces le dan a uno ganas sobradas de proclamar con Erasmo de Rotterdam aquello de Non placet Hispania, o al menos, suscribir, como suscribimos, el aserto con el que finalizó Woody Allen uno de sus célebres monólogos: En suma, me gustaría tener algún tipo de mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo.¿Aceptarían dos mensajes negativos?

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