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Andy Warhol y sus mitos: retrato pop del siglo XX

Ibercaja exhibe en Zaragoza un centenar de obras del museo del artista en Pittsburg

Día 27/01/2012

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Mitómano, excéntrico, polémico, tan amado como odiado, tan atraído por la fama como por la tragedia, genial. Quiso que todos tuviéramos nuestros 15 minutos de gloria, pero la suya va camino de durar toda la eternidad. Lejos de apagarse, con los años la estrella de Andy Warhol brilla con más y más intensidad. Un autorretrato suyo se vendió el año pasado por 38,4 millones de dólares, sus exposiciones se multiplican... La última se inauguró ayer mismo en el Patio de la Infanta de Zaragoza (hasta el 22 de abril). Organizada por la Obra Social de Ibercaja, reúne un centenar de obras del artista, que abarcan cuarenta años de creación (1946-1986), todas procedentes del Museo Warhol de Pittsburg, su ciudad natal, donde ya se exhibió antes la muestra. Es la institución con más obra de Andy Warhol (casi 500.000 piezas, contando objetos y curiosidades de todo tipo) y el mayor museo del mundo dedicado a un solo artista, como explicaba su conservadora Amber Morgan.

Andy Warhol y sus mitos: retrato pop del siglo XX
Primera foto de Andy (i)

Las obras que han viajado a Zaragoza tienen como leitmotiv el retrato. Obsesionado desde niño por el éxito, la fama y las estrellas de Hollywood, devoraba desde niño las revistas donde éstas aparecían... Cómo imaginar entonces que las conocería a todas, se codearía con ellas y las retrataría. Comenzando por su primer mito, Shirley Temple: el pequeño Andy era el fan número uno de la niña repollo. Consiguió que le dedicara una foto y la guardó toda su vida como un tesoro. Un facsímil de esta reliquia cuelga en la muestra. Después llegarían otras pasiones más carnales y las convirtió en iconos del siglo XX. Algunos de ellos están en esta exposición, que recorremos junto a Dolores Durán, su comisaria adjunta: dos Jackies (Kennedy) en azul, un retrato doble de Truman Capote con sombreros rojo y amarillo —le escribía cartas y no descansó hasta conocer al escritor, al que adoraba—, Mao, Marta Graham, Prince, Mapplethorpe, Stallone, Liza Minnelli, Basquiat, Yves Saint Laurent, Hitchcock, Pelé y hasta la Mona Lisa. Pero se echan en falta iconos warholianos tan célebres como Elizabeth Taylor, Elvis Presley o Marilyn Monroe —su mayor mito—, a quien tan solo vemos en un retrato, a la entrada de la sala, y fuera de la muestra. No procede del Museo de Pittsburg, sino de una colección particular. Otra de las sombras de la exposición es el montaje, que sigue una estructura cronológica por décadas: las obras están colgadas con poca intención, sin gracia alguna. Warhol requiere más imaginación y mucho pop a su alrededor.

En cambio, la exposición tiene a su favor que, junto a retratos más conocidos, se muestran algunos de sus primeros dibujos de los años 40, como «Niño hurgándose la nariz» —no suelen prestarse por su fragilidad y algunos han salido por vez primera de Pittsburg—, así como ejemplos de su forma de ejecutar los retratos. Hablamos de los fotomatones, primero, y de las polaroids, después, que él serigrafiaba y retocaba con pintura. Y no podían faltar los autorretratos en una exposición de alguien tan narcisista como él. «Si quieren conocer a Andy Warhol —decía—, basta con que miren la superficie de mis cuadros, mis películas y a mí, y allí estoy. No hay nada detrás».

Su primera fotografía conocida

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