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Larbi Ben Barek La perla negra

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Cuando el Atlético lo fichó del Stade Francais en 1945, en París escribieron: «Vendan la Torre Eiffel, pero no a él»

Día 30/01/2012

Íbamos entonces en tranvía hasta Cuatro Caminos; con el bocadillo en la mano, bajábamos Reina Victoria; algunos, con suerte, teníamos un amigo cuya terraza caía por encima de la tribuna del Estadio Metropolitano. Disfrutábamos con la elegancia del canario Silva y con aquella «delantera de cristal», tantas veces rota por las lesiones: Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero...

Larbi (no confundir con Abdalla, luego jugador del Granada) Ben Barek ha sido el futbolista marroquí más importante; el primer jugador negro famoso en España; uno de los mayores estilistas del balón.

Había nacido, hacia 1917, en un barrio pobre de Casablanca; jugaba al fútbol en la calle, descalzo, con otros chiquillos. Luego, en equipos de la zona: el Ideal Club, el Marocaine. En 1939 dio el salto a Francia, al Olympique de Marsella. Pasada la guerra mundial, le prepara una prueba, en París, su mejor amigo, que había jugado con él. Ese amigo se llamaba Marcel Cerdan, el mítico boxeador, el amor de Edith Piaf.

En 1945, lo ficha el Stade Francais por un millón de francos. Juega en el Metropolitano y deslumbra a los madrileños. Después de una larga negociación, logra contratarlo el Atlético de Madrid, en 1948. Escriben en París: «Vendan el Arco de Triunfo o la Torre Eiffel, no a Ben Barek». Pero no aparece en Madrid, no se sabe nada de él. El club pide a la FIFA que le sancionen. Se recibe, por fin, un telegrama: «Llego en vuelo procedente de Casablanca a las 22». Lo recibe su amigo, el portero Marcel Domingo. Explica el retraso: ha muerto su mujer, ha tenido que hacerse cargo de sus hijos... «Tengo 31 años pero me encuentro muy bien, tanto física como técnicamente. Sin presumir, parezco un joven de 20 años».

Tenía razón. En su presentación, ante el Racing de Santander, el Atlético marca 9 goles, Larbi deleita a la afición. En su segunda temporada, con Helenio Herrera, «el mago», fichan al sueco Carlsson, ganan 3-6 al Madrid en Chamartín, conquistan la Liga. Repiten al año siguiente... Con el Atleti, va a jugar 6 años, 114 partidos y marca 58 goles. Con la selección francesa, a lo largo de 15 años (el que más), de 1938 a 1954.

Todavía juega Ben Barek su última temporada, en 1954,en el Olympique de Marsella. El día de Reyes de 1955, vuelve a Madrid, para despedirse, en el homenaje a Escudero. Recuerdo aquella delantera: Miguel, Ben Barek, Di Stéfano, Molowny y Escudero. ¡Nada menos!... Brillan esa tarde los dos interiores. Al retirarse Larbi, le lanzan sombreros, que él devuelve, como un torero. Escribe Gómez Aróstegui, en ABC: «Emuló sobre la hierba pegajosa y aguada a los negros del Harlem Globe Trotters, pero con el balón en los pies».

En 1958, es el primer entrenador de Marruecos, después de la independencia. Encuentran su cuerpo, una semana después de su muerte, en 1992.

¿Cómo juega Ben Barek? Es alto, tiene larga zancada, maneja las dos piernas, regatea con facilidad, domina el balón por completo, tiene visión de juego, mete goles de cabeza: la perfecta unión de creador, pasador y rematador...

Escribe Ramón Melcón: «Un fenómeno de verdad, sin truco, con prodigiosa clase, un toque de balón maravilloso, una inteligente concepción del juego». Años después, en ABC, Héctor del Mar recuerda un gol suyo al Madrid: «Cabeceó, reptando de cabeza; rompió todas las leyes de la gravedad». Varias veces lo cita, en sus crónicas taurinas, Vicente Zabala: es «pura filigrana», como un torero con «ángel».

Hace poco se ha estrenado una película marroquí: «Larbi o el destino de un gran futbolista». En la parte documental, se le ve enseñando a jugar a un grupo de chavales (una de sus pasiones): gambetea con las dos piernas, baja el balón con el empeine, lo esconde detrás de la cabeza, lo mata de tacón, toca de cabeza repetidamente. Recuerda, seguramente, cuando él era como uno de esos chiquillos...

Cuando jugaba, no existía la televisión; si no, hubiera sido una estrella mundial. Para Max Rubini, era «un poeta del fútbol, más elegante y estético que el propio Pelé».

Con Pelé, aparece Ben Barek, en una vieja fotografía: los dos genios del balón sostienen una camiseta con el número 10. Lo definió para siempre el brasileño: «Si yo soy el rey, él es el dios del fútbol».

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