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Garrincha, el ángel de las piernas torcidas

Para muchos, el mejor extremo derecha de todos los tiempos

Día 28/02/2012 - 12.28h
Garrincha, el ángel de las piernas torcidas
CARBAJO

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Le llamaron como a un pajarito veloz, que sortea los árboles con facilidad; como él, a los defensas. Se llamaba Manuel, venía del mundo de las «favelas» : nació en 1933, en el interior de Río de Janeiro. Jugó siempre de extremo derecho. Con Pelé formó una pareja imbatible: fue dos veces campeón del mundo, un ídolo nacional brasileño; en lo personal, un verdadero desastre. No llegó a cumplir los cincuenta años.

Era zambo, tenía los pies girados hacia dentro; la pierna derecha, seis centímetros más larga que la izquierda. Sufrió de polio; desde los diez años era adicto al tabaco; luego, al alcohol y las mujeres. Se casó tres veces, vivió romances escandalosos, dejó catorce hijos reconocidos. El único varón vivo es un sueco, Ulf, fruto de una relación fugaz; tiene un hijo futbolista, como su abuelo, pero sueco... Fue figura del Botafogo de 1954 a 1966. En 579 partidos marcó 249 goles (una cifra única para un extremo).

El psicólogo de la selección no lo admitía: «Es un débil mental, no apto para desenvolverse en el juego colectivo». En el test consiguió 38 puntos cuando se exigían 123. Sus compañeros lo impusieron. Brasil ganó el Mundial de Suecia (1958) con esta delantera : Garrincha, Didí, Vavá, Pelé y Zagalo. (Después, Didí no triunfó en el Real Madrid junto a Di Stéfano; y Vavá marcó muchos goles en el Atlético de Madrid).

En Chile (1962), lesionado Pelé, ganó su segundo Mundial, fue declarado mejor jugador del mundo. Tituló «El Mercurio»: «¿De qué planeta viene Garrincha?». Con la selección brasileña sólo perdió una vez, contra Hungría; jugando con Pelé, nunca.

Encarnaba el «jogo bonito» brasileño: improvisación, fantasía, malabarismo... Amagaba con un sprint, dejaba tirados por el suelo a dos defensas, sin tocar la pelota; volvía a amagar, en sentido contrario: volvían a caerse. Con los regates y los cambios de ritmo rompía a los defensas.

Una vez, Tele Santana le pidió a Nilton Santos: «Ya sois campeones. Haz el favor de decir a Garrincha que deje de poner en evidencia a los nuestros». Otra tarde, escondió la pelota y los defensas ingleses no la veían, hasta que él la cogió con la mano, para enseñársela... Algunos, los que tenían que marcarlo, pedían el cambio. Él ni siquiera sabía sus nombres: a todos los llamaba «Joao» (Juan).

Explicaba sus famosos regates: «Son fáciles. Los defensas se descuidan y yo paso». En Chile, antes de jugar, preguntó: «¿Hoy es la final? Con razón hay tanta gente». Ni se había enterado... Al acabar, le pidieron «dos palabras para la radio». Las dijo: «Adiós, micrófono».

Lo adoraba la gente: desfilaba en el carnaval, se mezclaba, como uno más, en las tabernas, en los estadios... En Maracaná, dos vestuarios están dedicados a Pelé y a él. Le llamaron «La alegría del pueblo», «El Chaplin del fútbol». Su biografía, «Estrella solitaria», es libro de cabecera del Presidente Lula. (Sus descendientes demandaron al autor porque afirma que tenía un pene de 25 centímetros: el juez dictaminó que eso no era una injuria sino todo lo contrario).

El poeta modernista Carlos Drummond de Andrade lo ve como símbolo nacional: «Fue un pobre y pequeño mortal que ayudó a un país entero a suspender las tristezas. Lo peor es que las tristezas vuelven y que no hay otro Garrincha disponible. Se necesita un Garrincha que nos alimente el sueño».

Eduardo Galeano describe su juego: «Garrincha saltaba sobre la pelota, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella le corría. En el camino, los rivales chocaban entre sí».

Vinicius de Moraes, el autor de la «Garota de Ipanema», canta al «Ángel de piernas torcidas»: «Garrincha, el ángel, escucha y oye: ¡Goooool! / Es pura imagen: una G que chuta un O / dentro de la meta, una L. Es pura danza».

Cuando querían reformar sus costumbres, replicaba: «Yo no vivo la vida: la vida me vive a mí». Murió— dice Galeano— de su propia muerte: «pobre, borracho y solo». En los armarios de su casa encontraron viejos billetes que se pudrían... Su féretro, encima de un coche de bomberos, recorrió Río, en una manifestación multitudinaria.

Su epitafio reza así: «Aquí descansa en paz el hombre que fue la alegría del pueblo, Mané Garrincha». Pero nadie se ocupa, hoy, de cuidar su tumba.

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