La muerte madrugó en Carlos III
Lugar donde explotó la bomba aquella mañana del 20 de mayo de 1996 - abc
ATENTADO

La muerte madrugó en Carlos III

Hace 18 años, una bomba de ETA mató en Córdoba al sargento Miguel Ángel Ayllón

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La ciudad se desperezaba sin saber que aquella mañana la habían llamado a ser heroica, aunque a su pesar. Muy a su pesar. Era mayo. El día de antes habían terminado los Patios, entonces no tan masificados como ahora, y la Feria de Nuestra Señora de la Salud se atisbaba en el horizonte. Córdoba parecía feliz en su mes, pero había visitantes no deseados que habían llegado para llenarla de horror y miedo. De muerte incomprensible y de una vida joven segada.

La ciudad se desperazaba el lunes 20 de mayo de 1996, hoy hace 18 años. Faltaban veinte minutos para las ocho de la mañana, y aunque el sol había salido, se ocultó simbólicamente y no apareció en muchos días. A esa hora, un grupo de terroristas de ETA accionó con un mando a distancia un artefacto explosivo que habían preparado para sembrar la muerte y el dolor en Córdoba.  Fue en la avenida de Carlos III, ya llena de coches de ciudadanos camino del trabajo. No fue tan cruel como ellos querían, pero fue suficiente para matar al sargento Miguel Ángel Ayllón, que esperaba el autocar que le tenía que llevar a Cerro Muriano a aquellas horas de una mañana que no llegó a amanecer del todo.

La olla con amosal y elementos metálicos a modo de metralla estaba en un contenedor de basura y explotó al paso del autobús militar que tenía que llevar a los soldados a la base. El sargento Miguel Ángel Ayllón, natural de Málaga, murió en el acto. Tenía 27 años. Hay muchas historias de aquel día de hace 18 años, como la de Silvia Oliva, la novia de la víctima, que se despertó con una llamada de la madre de Miguel, asustada. No creyó que les tocase, pero encendió la radio y escuchó el nombre que no quería: «sargento Ayllón». La apagó de golpe. ETA pegaba por primera vez desde la llegada de José María Aznar al Gobierno, y todavía quedaban muchos otros golpes duros para España.

La bomba hirió al alférez Antonio Granado y al capitán de Artillería Antonio Duque, que también esperaban el autobús cerca del contenedor. Dos civiles, el matrimonio de Manuel Espino y Antonia Lara, pasaban en su coche durante la detonación y también sufrieron daños.  Pudo ser peor, porque la Policía se dio cuenta de que había dos coches con matrículas falsas. La zona se desalojó, los vehículos se abrieron, y ante los ojos de los agentes quedó una sobrecogedora estampa mortal fallida: 200 kilos de amosal dentro de dos ollas con metralla. Tenían que haber estallado y haber multiplicado por tres el efecto mortal de las bombas. Los artificieros de Madrid los explosionaron más tarde.

Desde entonces hay cientos de cordobeses que recuerdan lo que estaban haciendo aquel día y a aquella hora, cuando escucharon la explosión que hizo retumbar a media Córdoba y lanzó trozos de coches hasta la no demasiado próxima calle Sagunto. Hubo gente con cristales en la cara y personas atrapadas en las viviendas afectadas por la explosión, aunque la peor parte se la llevó el sargento Ayllón, por quien no se pudo hacer nada. La bomba iba destinada a los soldados, una de las víctimas predilectas de la banda, pero estaba en un barrio popular, lleno de bloques de pisos.

Casi una década después, Asier Ormazábal, el terrorista que accionó aquel explosivo que tendría que haber sido el triple de mortífero, fue condenado a 351 años de prisión junto a Mikel Azurmendi y Maite Pedrosa, sus compañeros en el «Comando Andalucía». La Policía temía un atentado, pero en Madrid y pocos días antes del de Córdoba. La sorpresa quedó en Córdoba como una macabra firma. La glorieta de Chinales se rebautizó después con el nombre del sargento Miguel Ángel Ayllón, al que las bombas de la barbarie robaron la vida aquella mañana.