VIDAS EJEMPLARES

LA ESCUELA IMPASIBLE

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La última tendencia en el radicalismo español es decir barbaridades con ademán impertérrito

HAY actores que forjan una escuela que influye a toda su generación. Laurence Olivier fue uno de esos titanes. Un clásico de raigambre shakesperiana, que aunque puede resultar algo afectado, a ojos de muchos entendidos llegó a ser el mejor del siglo XX. Otro coloso que revolucionó el oficio fue Marlon Brando, justo desde el otro extremo, desde el naturalismo desatado y un poco histrión. Pero hoy siguen surgiendo innovaciones en el arte de la escena. La última es la que podríamos denominar La Escuela Impasible. Sus actores más señeros son los políticos radicales emergentes, que se han enseñoreado de algunas televisiones privadas de paradójico capital conservador. El mecanismo escénico de los impasibles es simplón, pero funciona: consiste en decir las mayores barrabasadas con absoluto sosiego zen. El padre putativo de esta escuela viene siendo Oriol Junqueras. Con un porte mansurrón, casi beatífico –que según algunos iniciados en poco se parece a su carácter real–, Oriol proclama a diario que va a saltarse todas las leyes democráticas, porque así lo exige su proyecto sedicioso. Barroso, Almunia, Juncker, Valls, la letra del tratado de la Unión… todos concuerdan en que una Cataluña separada de España se vería expulsada de la UE. Pero si se le pregunta a Oriol, con una placidez infinita y sin aportar un solo argumento responderá que «eso no es así, Cataluña seguirá en la UE». Si se esgrimen los informes económicos más variopintos, que concuerdan en que en caso de independencia la merma del PIB catalán rondaría los 20 puntos, Oriol elevará la mirada a algún punto perdido del espacio sideral, la bajará pausadamente, y con extremo sosiego apuntará: «Para nada. Será una separación cariñosa y amistosa. Cataluña será más rica y además no habrá paro». Si se le recuerda que su referéndum vulnera las leyes que nos hemos dado libremente y que el Gobierno democrático de España tiene la firme intención de evitar esa suerte de golpe de Estado civil, Oriol imitará la meditación del más pachorras de los budas y anunciará con su suave voz campanuda: «Cataluña votará el próximo 9 de noviembre y en el 2016, como tarde, proclamaremos la República catalana».

Oriol cuenta con un discípulo ducho, Pablo Iglesias, el tertuliano de los cinco escaños. Alumno de La Escuela Impasible, ha dicho sin inmutarse cosas estupendas, como oponerse al rescate de los bancos. Pablo olvida un detallín: si no se hubiese rescatado a las cajas con problemas, los impositores habrían perdido sus ahorros, y no solo los plutócratas, sino sobre todo los pequeños ahorradores. El país habría colapsado. Pablo opina también, sin alterar el tono, que las personas de derechas «son perros», lo que da fe de su respeto a la libertad ajena; o que debe derribarse toda valla fronteriza, salir de la ONU a la brava y okupar todos los pisos vacíos. Eso, como lo de Oriol, se llama simplemente la ley de la selva. Pero con un PSOE extraviado en su declive y un PP ensimismado en la economía y un tanto autista, los nuevos bárbaros colocan sus eslóganes sin que se escuchen argumentos robustos que destapen el teatro del absurdo. Si callas, otorgas. No hay cita más manida ni más incumplida.