CRÓNICAS DE PEGOLAND

LAS PERSIANAS ECHADAS

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Vivir en el Centro se ha convertido en un acto de heroísmo contra la moda de la periferia y la presión política

UN reportaje de Marta Villaseca para este diario que tienen entre las manos ha descubierto, oh sorpresa, que en Cruz Conde y las Tendillas todavía reside gente. Son los rockeros, en algunos casos viejos y en otros de lozana juventud, que se atreven a residir en el centro de Córdoba, los últimos héroes que le hacen la peineta a la moda periférica de estar lejos de todo. Me descubro ante esa raza de gente —entre la que me encuentro— que entiende que lo mejor de las ciudades se encuentra en sus barrios tradicionales frente a esas promociones tan chulas donde todo está listo para que a uno lo entierren en vida con su piscina colectiva. Con todo el respeto para quien elija eso.

Cuentan en el reportaje, y se puede comprobar de forma fehaciente, que residir en el centro ya no es tan caro como parece o como lo era hace años. Y lo es porque los edificios de viviendas se han depreciado a un ritmo similar al del decaimiento de unas zonas que, en el pasado, fueron barrios estupendos, llenos de vida durante toda las horas del día.

El centro de Córdoba es, en estos momentos, un mar de persianas echadas. Y eso me da, que soy vecino, una pena monumental. Las calles señeras de Córdoba fueron ocupadas por las oficinas pero como ya ni empresas quedan lo que quedan es una cantidad tremenda de espacio libre del que la gente parece huir. Vivir intramuros, a día de hoy, es quedarse solo cuando cae la tarde y cierran los comercios. Repasen los testimonios del reportaje. Personas que viven solas en sus edificios. Dos o tres familias a lo sumo. Porque la gente prefiere Noreña o esos barrios nuevos donde todo parece recién colocado, reluciente. Y ante eso nuestras autoridades asisten con cara de pasmo y quitando más que poniendo. Tomando las decisiones justamente contrarias de las que se deberían. Despoblando en vez de generando actividad. Llevándose lejos los lugares oficiales, los edificios de servicio público. Cargándose los negocios que estaban alrededor y que vivían, por ejemplo, de la asistencia sanitaria de la avenida de América, del antiguo Ayuntamiento del Bulevar. De todas esas cosas que estándo dejando una parte de la ciudad tan relevante hecha un páramo.

Todos los barrios cercanos a la Mezquita cayeron hace mucho tiempo y contra eso poco cabe hacer ya más que abrir bares para guiris. Lo siguiente es el Centro, el montón de gente que vive en esa cuadrícula imaginaria que va desde las Tendillas hasta la Puerta de Gallegos; desde los Patos hasta Colón. Y encima no nos lo ponen fácil. Con limitaciones de tráfico, exigencias, una gestión del espacio público pensada para la venta, para el comercio, pero no para una ciudad vivida durante las 24 horas que tiene un día. Mal asunto que ni siquiera se hable de ello, que se muera todo de esta manera.