Pintura de José Aparicio que escenifica el efecto de la fiebre amarilla a principios del siglo XIX
Pintura de José Aparicio que escenifica el efecto de la fiebre amarilla a principios del siglo XIX - ARCHIVO
FIEBRE AMARILLA

La epidemia que mató a 1.500 cordobeses en dos meses

Entre septiembre y noviembre de 1804 se levantaron muros en muchas calles para aislar a los enfermos

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La fiebre amarilla acabó en apenas dos meses y medio con más de 1.500 cordobeses. Un episodio de la historia contemporánea de la ciudad del que se cumplen ahora 210 años y que supuso todo un varapalo para muchos vecinos de la zona de la Axerquía, donde se detectó el foco de la infección el 4 de septiembre de 1804.

La fiebre amarilla, o vómito negro (también llamada la plaga americana), es una enfermedad viral aguda e infecciosa. Es una causa importante de enfermedad hemorrágica en muchos países de África y la zona norte de Sudamérica. La palabra amarillo del nombre se refiere a los signos de ictericia (palidez amarillenta) que afectan a algunos pacientes.

Cuentan algunos historiadores que el origen de esta peste letal estuvo en los puertos de Cádiz y Málaga, donde atracaban cargamentos de las Américas con alimentos o materias básicas. La concentración de población en urbes costeras y la presencia de los mosquitos transmisores de este virus hacían el resto.

Las larvas con crías de los insectos se formaban en muchas ocasiones dentro de las orzas donde las clases más humildes guardaban sus alimentos. Envases que se rellenaban de agua para su mantenimiento.

Así, en 1803 ya hay un primer brote de dimensiones importantes en Málaga que acaba con 7.000 muertes, y que en el verano de 1804 se vuelve a repetir con más defunciones aún: 11.486. Este descalabro pronto saltará a Córdoba, afectando a la capital y a varios municipios del entorno como Espejo, Montilla o La Rambla.

Una casa de la calle Almonas (hoy Gutiérrez de los Ríos en el callejero de Córdoba) fue el primer foco en Córdoba, y no se sabe a ciencia cierta si fue un cargamento de lino que entró al recinto amurallado o la acción de los mosquitos portadores del virus el causante.

Lo cierto es que para el 4 de septiembre de 1804 ya habían enfermado los miembros de esa casa, propagándose rápidamente hacia todo el barrio de San Andrés y de ahí a otras partes de la ciudad. Como primera medida disuasoria, las autoridades decretaron el aislamiento de esta parte del Casco.

En calles como Almonas, Huerto de San Andrés y Carretera se levantaron muros para que no hubiera tránsito de personas, quedando aislada la parte de Espartería, Realejo y la plaza de la Almagra. Se cerraron todas las puertas de la ciudad exceptuando las del Rincón y Puerta Nueva, donde se colocaron alguaciles y un médico para determinar si entraban o no enfermos.

Final de la epidemia

Los equipajes de los visitantes de Córdoba entonces eran fumigados y las personas a las que se les detectaba la fiebre amarilla eran enviadas a conventos, centros religiosos o lugares retirados en la Arruzafa, El Carmen, San Cayetano o La Victoria.

El 26 de noviembre de 1804 se hizo público el fin de la epidemia, lo que se celebró con fiestas y ofrendas parroquilaes. Y echando abajo los tabiques que aislaron muchas zonas de Córdoba. La fiebre amarilla se había cobrado 1.500 víctimas, y hasta hubo un amago de construir un cementerio donde años después José Bonaparte mandaría construir el camposanto de la Salud.