DESDE SIMBLIA

El Cerro de la Merced

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Lo que parecía un puesto de vigilancia en este enclave de Cabra ha resultado ser un recinto palatino tardoibérico. Ahora llega lo más difícil, consolidar lo que ya se sabe

Decía el pensador argentino José Ingenieros que cada generación debería repensar la historia. No es una frase construida para que suene bien ni tiene un componente revisionista en el sentido negativo del término. Ingenieros consideraba que la Historia no era algo muerto, sino algo en continua efervescencia que ha de ser repensado para actualizar conceptos, a la luz de nuevas aportaciones y hacer frente a los tópicos, que alejan cada vez más la realidad.

Si lo que acabamos de señalar es una necesidad en el campo de Historia, lo es más aún en el de la protohistoria y no digamos en el de la prehistoria. En esta última disciplina el hallazgo de las pinturas de Altamira —tan increíble en el momento de su descubrimiento que muchos lo consideraron una falsificación—, obligó a reescribir numerosos conceptos sobre el hombre prehistórico al que no se consideraba con capacidad para realizar una obra como la que había en la bóveda de la cueva de Santillana del Mar.

Esa necesidad de reescribir se ha producido como consecuencia de lo que ha aflorado en la última campaña de excavaciones, que desde hace varios años vienen realizándose en el Cerro de la Merced —término municipal de Cabra, junto a la carretera A-339 que une Estepa con Alcalá la Real—, concluida hace unos días, por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid, dirigido por el catedrático de Arqueología, Fernando Quesada. Lo que durante un tiempo se tuvo como un puesto de vigilancia establecido por los íberos para controlar una parte del territorio que se extiende en la zona que en el término egabrense marca el paso de la campiña a las primeras estribaciones de las Subbéticas, y al que se le asignaba una cronología aproximada del siglo IV a. de C., ha resultado ser una construcción de mucha más entidad: un recinto palatino tardoibérico que debía estar en su plenitud cuando los romanos se instalaban en la zona, a principios del siglo II a. de C.

El conjunto consta de dos plantas y una serie de estancias perfectamente compartimentadas donde se han hallado numerosos utensilios. En su construcción se emplearon grandes bloques de piedra caliza, muy abundante en la zona, donde la explotación de canteras es una actividad secular. Todavía hay más, pero es pronto, en el estado actual de las excavaciones, para hacer afirmaciones. Ahora viene la parte más complicada del proceso, seguir descubriendo. Consolidar lo que ya se conoce y ejecutar las obras necesarias para hacerlo visitable.

Lo que hasta hace pocos años era un cerro, cubierto en gran parte por la vegetación y en el que se podían encontrar algunos restos de cerámica, ha resultado ser una construcción de notable entidad perteneciente a una etapa de nuestro pasado —la íbera— mucho menos puesta en valor que la romana y la musulmana. Ese recinto palatino nos habla de las formas de vida de nuestros antepasados: como se adornaban, como se armaban o como elaboraban alimentos. La labor de varios años, que nos ha desvelado un girón —mucho más importante de lo que se pensaba en un principio— no debe quedar como una aventura pasajera. El Ayuntamiento de Cabra, al que se le abren otros retos en este terreno, ha de dar respuesta a lo que nos ha mostrado el Cerro de la Merced que permitirá reescribir la historia de nuestras raíces y conocerla mejor que hasta ahora.