Diego Martínez Torrón, durante una entrevista con ABC Córdoba
Diego Martínez Torrón, durante una entrevista con ABC Córdoba - VALERIO MERINO
ENSAYO

El amor de Cervantes, del idealismo a la realidad

El profesor cordobés Diego Martínez Torrón relata en un libro cómo se acerca el autor a este sentimiento

LUIS MIRANDA
CÓRDOBAActualizado:

Risa, aventuras, crítica social más o menos explícita... y amor. Hay de todo eso en la obra de Cervantes, y mucho más en varios niveles. Diego Martínez Torrón, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Córdoba, ha dedicado su última obra a hablar de uno de esos aspectos. «Cervantes y el amor», que ha publicado la editorial Alfar y que acaba de salir a la luz, no es un estudio, sino más bien un ensayo, que intenta hablar de cómo es el concepto del amor que maneja el autor y cuáles son las fuentes en las que bebe.

El escritor e investigador, aunque es especialista en la literatura española de los siglos XIX y XX, también estudia a Cervantes desde 1982, y en esta obra se basa no sólo en «Don Quijote de La Mancha», sino también en «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», su última obra, «en la que está luchando contra la muerte».Martínez Torrón contrapone en «El Quijote» dos tipos de amor. Uno, el de raíz neoplatónica, que Cervantes conoce a través de autores italianos. Señalarlo en la obra no es difícil, porque es el amor idealista y espiritual que Don Quijote siente por Dulcinea del Toboso.

Personajes

Según el profesor, la raíz hay que buscarla en los grandes autores que habían mostrado este tipo de amor en sus obras, desde la pasión de Dante por Beatriz hasta Garcilaso, «a quien Cervantes ha leído mucho». Lo contrapone entonces al realismo que se exhibe en la novela, y que encarna Sancho Panza, «y eso se muestra muy bien cuando inventa la carta a Dulcinea». Es el de Cervantes «un amor que busca la armonía cósmica, no panteísta, pero sí próximo al franciscanismo, ya que incluso pidió que el enterraran con el sayo franciscano».

Pero además hay otros personajes que hacen de ejemplo, como la pastora Marcela, protagonista de una historia paralela en la primera parte, y a la que Martínez Torrón señala como encarnación de un «amor que quiere ser libre». No en vano, tal y como dice el propio autor en el libro, Cervantes aparece «como un hombre de progreso, con un temperamento en cierto modo bohemio y libre, pero con la capacidad y la inteligencia suficientes para burlar la censura eclesiástica».