El alminar de San Juan
El alminar de San Juan - V.M.
TRIBUNA LIBRE

El barrio más chico de Córdoba

La poca extensión del barrio de San Juan de los Caballeros pudo deberse a la existencia de «Casas del Rey» y al hecho de que pudiese disponer de algún tipo de recinto amurallado

CÓRDOBAActualizado:

Recuerdo la primera vez que observé el viejo alminar de la plaza de San Juan de los Caballeros. Tendría unos quince o dieciséis años y era la época en la que al salir de clase, algunos alumnos del colegio Cervantes nos dirigíamos veloces en nuestros vespinos a la que nosotros llamábamos «plaza de las Esclavas». Sin embargo, la «quedada» nada tenía que ver con aquella torre del periodo califal, sino que nuestro objetivo primordial era ver y compartir algunas miradas con las alumnas de ese centro. En aquellos felices años, poco conocía de la historia de aquella torre, exponente durante siglos del barrio histórico más pequeño de Córdoba. Fue en 1240 cuando el rey Fernando III, respetando la tradicional división de la ciudad en medina o villa y axerquía, crea una serie de collaciones o barrios presididos por las antiguas mezquitas reconvertidas en iglesias. Lo cierto es que el monarca, al crear las catorce collaciones (siete situadas en la Villa y otras siete en la Axerquía) no guardó homogeneidad en la extensión de las mismas, surgiendo desde la más grande, la de Santa María (nombre de la entonces mezquita-aljama), hasta las más pequeña, San Juan de los Caballeros.

En efecto, el de San Juan, ocupando el centro neurálgico de la Villa, ha sido el barrio más pequeño de la ciudad y tras la conquista, los primeros cristianos que se adentraron por sus calles pudieron vislumbrar el mismo alminar que hoy vuelve a lucir en todo su esplendor tras su reciente restauración. La mezquita de aquel barrio musulmán, cuyo nombre no nos ha llegado, fue purificada y consagrada como iglesia cristiana bajo la advocación de San Juan Bautista en los primeros años. Pero ya hemos visto que éste no es el barrio de San Juan Bautista, sino el de San Juan «de los Caballeros», que no es un santo distinto, sino que sencillamente hace referencia a los caballeros de la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén. Estos frailes hospitalarios y guerreros , junto a otras órdenes militares, como la de Calatrava, el Temple o Santiago, prestaron una gran ayuda militar a Fernando III en la conquista de Córdoba, siendo recompensados sus servicios con generosas donaciones. De esta forma, los hospitalarios recibieron un donadío que incluía, aparte de otros bienes, «dos pares de casas en la collación de San Juan».

Pero, ¿cuál fue el motivo de que el monarca y la iglesia proyectaran este barrio tan pequeño, que perfectamente podría haber quedado englobado en otro? Es sorprendente el dato de que la parroquia de «Ómnium Sanctorum» se levantaba a unos escasos cien metros, en la hoy llamada plaza Ramón y Cajal, situada frente al Gobierno Militar. ¿Fue simple casualidad? O, por el contrario, ¿fue una decisión consciente basada en razones de peso?

«Los primeros cristianos que se adentraron por sus calles pudieron vislumbrar el mismo alminar que hoy vuelve a lucir en todo su esplendor»

Todo parece indicar que al tiempo de la conquista en el barrio existió, no lejos de la primitiva mezquita, lo que sería un maravilloso y viejo palacio musulmán perteneciente a la última realeza de la Qurtuba recién conquistada. Tal aseveración parece deducirse de diversas escrituras de compraventa fechadas en torno al año 1260, de las que claramente se infiere la existencia en el barrio de las «Casas del Rey», nombradas pocos años después como «Casas de la Reina». Aquella cronología nos traslada a los tiempos del reinado de Alfonso X el Sabio y su esposa, la reina Violante. ¿Acaso los monarcas vivieron temporadas en este barrio mientras reformaban los viejos y deteriorados Alcázares? ¿Dónde estaban aquellas Casas Reales? De momento, no creo que se pueda responder a ninguna de las dos cuestiones con absoluta seguridad. No obstante, respecto a su ubicación, algún autor refiere la posibilidad de situarlas justo frente al alminar, en el solar y manzana que ocupa hoy la llamada casa de la condesa de Gramedo. Se basan en el hecho de que en aquellas casas hubo un artesonado de época mudéjar (hoy en el Museo Arqueológico Nacional) con escudetes reales como decoración pictórica.

Sea como fuere, en mi opinión, la poca extensión del barrio pudo deberse a la existencia de aquellas «Casas de Rey» y al hecho de que aquel palacio -al igual que en el Alcázar -pudiese disponer de algún tipo de recinto amurallado que condicionó los límites del barrio. Siendo pues un enclave real, los monarcas avecindaron en él a personas pertenecientes a personas de su total confianza y de su más estrecho círculo. Ese carácter aristocrático se mantuvo intacto durante siglos, como lo demuestra n sus casas blasonadas y ciertas calles, como la de Argote, Pineda o Sarabia, cuyos nombres evocan la sangre hidalga de muchos de sus moradores y sucesores.

Un barrio de contrastes

Aún hay más. Deben saber que en el interior de esta pequeña collación existió como embutido otro barrio, el llamado Barrio de los Castellanos, que se ha identificado con una de las calles más bonitas y tranquilas de Córdoba, la calle Leiva Aguilar. Al parecer, la denominación de este sector -que nunca tuvo consideración administrativa de collación- da a entender que allí quedaron avecindados las gentes procedentes de Castilla que acudieron a poblar Córdoba tras la conquista.

Pero el de San Juan de los Caballeros también fue un barrio de contrastes desde el principio, con pequeñas callejas que nos hablan, no ya de los rancios linajes de Córdoba, sino también de modestos vecinos y de sus apodos. Así, conservamos la calleja de «Abrazamonas», la de «Pan y Conejo» e incluso la llamada Calle de los Moros, que une la plaza Emilio Luque con la calle Jesús y María. Durante un tiempo, esta calle funcionó como una suerte de morería similar a la que existió detrás de los grandes almacenes en la vecina parroquia de San Nicolás.

Sigan un consejo: visiten el barrio de San Juan de los Caballeros, su iglesia y alminar, sus callejas, sus plazuelas y sus bellos rincones. Saboreen la sorprendente paz y tranquilidad que irradia este barrio enclavado en pleno Centro igual de histórico y auténtico que lo que llaman Judería.

En memoria del don Antonio Manzano Solano, Registrador de la Propiedad residente hasta su fallecimiento en el barrio de San Juan de los Caballeros e incondicional del mismo. DEP.