Inauguración del Palacio de Congresos con la Feria Biocórdoba
Inauguración del Palacio de Congresos con la Feria Biocórdoba - RAFAEL CARMONA
El estilita

Inaugurando a medias

El Palacio de Congresos se abrió sin wifi, con los baños por señalizar y sin un lugar donde tomarse una caña

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COMO antaño, las señoras iban por parejas para protegerse. Mientras, los caballeros se aguantaban las ganas, no fuera que se equivocaran y acabaran denunciados por acoso. Puede que Ambrosio se vistiera de jenízaro para minimizar consecuencias ante la probable confusión. Son los pequeños inconvenientes de inaugurar las cosas a medias. Aunque, en el caso de los baños sin las señales convenidas, el olvido o imprevisión pudiera entenderse como un avance de la ideología de género, en su apuesta clara por la igualdad y la superación de los condicionantes discriminatorios. Hasta es posible -cuentan- que alguien, con ironía o sin ella, diera al paso una efusiva enhorabuena a algún sorprendido responsable de la orgánica por tan progresista omisión.

No se si otras deficiencias de la inauguración parcial fueron toleradas con igual optimismo. Lo de las ventanas que no se abren produciría cierta claustrofobia que en política suele traducirse en clave de totalitarismo. Pero peor aún fue la ausencia de wifi. En la actualidad se perdona todo menos que nos quiten la red de la que pendemos. Permitir que se ponga en marcha un recinto, con ínfulas de modernidad, ayuno de la tecnología que sostiene la sociedad de la información en que vivimos, parece un agravio voluntario más que una prisa negligente. Después de años de retraso, lo menos que cabía esperar es que el tradicional protocolo de la cinta cortada diera paso simbólico a un sistema inalámbrico que procurara el adecuado funcionamiento del engendro. El pueblerino Ruiz y la iletrada Ambrosio compartieron el corte -nunca mejor dicho- bajo la atenta mirada del delegado de Empleo, cargo que conlleva en Córdoba el paradigma de la obsolescencia.

Ningún infortunio, sin embargo, comparable a la imposibilidad de tomarse un café o una cañita en aquel insólito lugar. Fue el remate, la gota que rebosa el vaso de la frustración. ¡Un centro de congresos sin cafetería! O sin taberna, que sería lo oportuno aquí. ¿A quién se le ocurre tamaño despropósito? Los congresos se nutren de ponencias vacías y de bares llenos. Es en estos donde se fijan los criterios y se cierran los tratos. Es al trasiego hostelero, junto a las piedras milenarias, al que debemos que el turismo de alto nivel nos mire con aprecio.

Las crónicas del día, incluso las más adustas y solemnes, no podían evitar el sesgo cómico de los acontecimientos. Tampoco parecían explicar que la veintitantas edición de BioCórdoba -que ya se ha encargado por si misma de hacer el ridículo con la cata de agua del grifo- fuera coartada suficiente para el adelantado estreno.

Todo era en realidad más sencillo y perentóreo. Susana andaba por aquí dando premios a los aceites y los vinos que constituyen el orgullo identitario de Andalucía. Y casi en periodo electoral. Había que buscar un continente digno al contenido, según sus propias palabras. Pero hacía aguas por todas partes.