Manuel Pimentel
Manuel Pimentel - ABC
Nuevo libro del escritor

Manuel Pimentel, a la caza de la inasible alma de Córdoba

El escritor y editor reúne en su obra «Teoría de Córdoba» los escritos y reflexiones dedicados a la ciudad

CórdobaActualizado:

Manuel Pimentel Siles nació en Algodonales, un pueblito blanco de la sierra de Cádiz, en 1961. Llegó a Córdoba en su etapa universitaria y aquí se quedó. Fue ministro en los años de José María Aznar en La Moncloa y ahora es novelista, ensayista y editor del sello Almuzara. Apasionado de la arqueología y de la Historia y persona activa y curiosa, no se ha sustraído tampoco de teorizar sobre la ciudad en la que vive, un «deporte» muy cordobés. Pimentel acaba de publicar «Teoría de Córdoba a través de sus fiestas», ensayo en el que se recogen las reflexiones y textos que le ha dedicado a lo largo de los años a la ciudad y a tradiciones tan características como la Semana Santa o el Mayo Festivo. Su teoría es que Córdoba tiene un alma «especial», pero que no se deja ver tan fácil como en otras ciudades. Aun así, según explica el escritor, está en mil rincones, en todos los detalles y en las manifestaciones populares.

Pimentel reconoce que eso del alma no es cosa solo cordobesa, sino que «cada ciudad tiene alma» y que «el alma es algo que se percibe, que se siente, pero que no se alcanza por la razón aunque sí que se pueda razonar sobre ella una vez percibida». De su experiencia viajera saca la conclusión de que hay ciudades que tienen «un alma muy marcada, más evidente», mientras que la de Córdoba resulta distinta porque «es mucho más inasible, se esconde, es más prudente, algo así como la luz, que no se ve sino que se refleja». «Mi teoría es que Córdoba tiene un alma muy hermosa pero un alma que no se ve tan fácil como en otras ciudades, un alma que nunca se enseña del todo», reflexiona el escritor, que también considera que esa esencia entrevista puede resultar más reveladora sobre la ciudad que la realidad aparente que sí vemos.

-Un gaditano teorizando sobre Córdoba. ¿En qué momento se enamoró tanto de la ciudad para hacer algo tan cordobés como es filosofar sobre ella?

-Pues ocurrió cuando me vine a estudiar Ingeniería de Montes y residí en los Colegios Mayores. Al inicio de curso eran habituales las novatadas y tenías que hacer el tonto por las calles. Por entonces los estudiantes todavía iban de tabernas por la Judería, algo que más tarde se perdió. Y fue allí, entre taberna y taberna, cuando percibí por vez primera lo bonita que era esta ciudad en sus calles, en sus plazas, en sus paredes encaladas… Me di cuenta pronto de que me gustaba vivir aquí y pude cumplir mi sueño y quedarme. Y todavía sigo enamorado de la ciudad. Aunque soy consciente de que tiene cosas buenas y cosas malas, ese amor sigue como el primer día.

-El libro incluye el discurso que usted pronunció en el 75 aniversario de la Agrupación de Cofradías. Hace apenas una semanas hemos vuelto a ver cómo la Semana Santa sigue tan viva como siempre y logra sacar a miles de personas a la calle. ¿Qué aporta la Semana Santa a ese alma de Córdoba del que usted habla y dónde está clave de su resistencia al paso del tiempo?

-La Semana Santa es evidente que tiene varias dimensiones. Por supuesto, la religiosa, la católica, en la que se celebra la Resurrección de Jesucristo. Pero hay también un importante componente cultural e histórico. Córdoba, desde siempre, expresa su fe en grandes actos colectivos. Aquí, en general, no buscamos para nuestra fe la intimidad, sino espacios públicos, salir a la calle. Eso ya digo que no es algo nuevo sino que procede de la antigüedad. Hay nociones de ello incluso en la época turdetana. Es un aspecto antropológico e histórico muy llamativo, pero ahí está desde antiguo nuestro gusto por procesionar. Eso es general en toda Andalucía, pero hay una estética que hace que cada Semana Santa sea diferente. La de Córdoba no es igual a la de Granada o la de Sevilla. Cada una tiene detalles que la hacen distinta.

Añade Pimentel que a él le gusta toda la Semana Santa cordobesa. Pero también hay que tener claro que «cuando estamos viendo todo eso que vemos es algo más». «Vemos en realidad ese alma de Córdoba de la que hablamos, y ese alma está tanto en el bullicio como en la intimidad; detrás de cada procesión hay una hermandad, una junta de gobierno y una serie de valores sociales y religiosos que lo impregnan todo», explica. Según el autor, «hay ahí una coherencia muy interesante que atraviesa los siglos», por lo que «cuando vemos una procesión no vemos sólo eso, sino también una manifestación de ese alma de Córdoba de la que hablamos».

La «Teoría de Córdoba» de Pimentel tampoco es ajena al Mayo cordobés, su mes por excelencia y del que el editor y escritor fue pregonero en 2015. Hay por ello en el libro muchas reflexiones sobre esa ciudad que, con la primavera, se vuelve «callejera y sensual». Una paradoja, pues si durante el resto del año el alma de Córdoba es serena en estas fechas se vuelve festiva y se echa a bailar.

-¿Cómo se explica esa paradoja?

-Córdoba es una ciudad muy discreta, pero es verdad que en primavera tiene una especie de exceso puntual. El alma de Córdoba yo creo que por norma se esconde, no se deja ver del todo, pero en estas fechas en las que estamos ahora se muestra, se pone bonita y sale a la calle. Baila en las Cruces, la Feria, los Patios y las romerías… Yo quiero entender que lo que nos dice esto es que el alma de Córdoba es muy alegre, pero durante buena parte del año guarda esa alegría.

No faltan tampoco en el ensayo las reflexiones sobre la evolución de Córdoba o sobre el traído y llevado senequismo. Habla Pimentel de que la ciudad ha asumido su paso de un papel protagonista a un papel secundario y ha sobrellevado esa decadencia con dignidad.

-Córdoba lo fue todo -explica el escritor-, la ciudad más importante de Occidente, del Mediterráneo. Y además con algo muy especial: que en el imaginario colectivo es una ciudad-mito. Llegar a esa categoría, que muy pocas ciudades tienen en el mundo, es muy difícil, pero el pulso de la historia es el que es. A partir de ese momento tan brillante la ciudad siente que se queda ya orillada. Y es cierto que esa circunstancia se puede llevar de muchas maneras posibles y Córdoba lo lleva de una forma peculiar: como con una dulce melancolía. Con sabiduría y coherencia, diría yo. Sin rencor ni amargura. Y es muy curioso que ese alma serena de Córdoba aparece de forma coherente por todas partes. Lees a sus poetas y te das cuenta. Quizá es que haberlo sido todo te da eso. Hay elegancia y eso es porque se asume que las cosas son así, que la historia y su pulso son como son, y es ahí donde ese senequismo del que a menudo se habla como tópico se convierte en algo rigurosamente cierto.

Concluye Pimentel diciendo que hay «una forma cordobesa y serena de estar en el mundo, una forma de ver las cosas que es netamente nuestra». Y en el libro cierra su búsqueda declarándose buscador paciente, «hambriento siempre de más Córdoba, pero desposeído de ansiedad alguna» pues es consciente de que «el alma de Córdoba jamás por nadie se dejará poseer».