Yacimiento de Medina Azahara
Yacimiento de Medina Azahara - ABC
OPINIÓN

Mirar a Medina Azahara

Los cordobeses somos los primeros que no conocemos en plenitud el valor de Medina Azahara

CÓRDOBAActualizado:

Nada mejor que los ojos que nos miran para ayudarnos, muchas veces, a vernos por dentro. La mejor noticia que podemos destacar en este resumen de 2018 es el reconocimiento de la Unesco al conjunto arqueológico de Medina Azahara como «Patrimonio de la Humanidad». Podríamos decir sin pecar de soberbia que ya lo era. Que lo fue desde el primer momento en que se concibió, se planificó y se levantó a finales del siglo X con semejante singularidad para la posteridad, sólo mermada por los severos expolios que ha sufrido desde que con apenas ochenta años de vida su luz fue devastada hasta nuestros días.

Este tipo de sellos de los que Córdoba se ha convertido en un auténtico coleccionista de primera magnitud (Mezquita-Catedral, casco histórico, Fiesta de los Patios y por extensión el flamenco, la dieta mediterránea y hasta el tambor de Baena hace pocas fechas) sirven para colocarnos en la escena turística internacional y para autoexigirnos mucho más. Esos ojos que nos han escrutado nos dicen que los cordobeses debemos mirar más a Medina Azahara -aún hay un alto porcentaje que, tristemente, no la conoce-, encontrarnos con su presente y su pasado y pedir que se le dote de los instrumentos, los cuidados y las herramientas necesarias para que se una a los grandes activos monumentales de una Córdoba universal.

Algunos consumados expertos opinan que en torno a la Ciudad Califal podrían convivir dos motores de actividad de modo compatible: el turismo y la investigación. El conocimiento y la divulgación. El disfrute y la búsqueda. Sólo se ha conseguido que aflore un diez por ciento de lo que representa la urbe administrativa ideada por Abderramán III -piensen, por un fácil símil, lo que sería unir Zarzuela, Moncloa y sus ministerios en un mismo espacio de poder-.

Hasta la fecha, la Junta de Andalucía, la responsable directa del complejo, ha vivido de perfil hacia las ambiciones que pudieran proyectarse sobre el piedemonte de Sierra Morena (aunque hayan convertido el conjunto arqueológico en el escenario de su partidismo). Unas veces la política -ya no nos acordamos de cómo se escoraba al yacimiento para dar paso a los Dólmenes de Antequera, justamente reconocidos-, otras veces la crisis y los recortes presupuestarios y, otras, tal vez las menos, los egos técnicos, han impedido dibujar una senda estratégica, una idea nítida y un compromiso común para poner en su verdadero sitio a esta joya.

Es igual de posible atraer a miles de personas para que la visiten -con el impacto que eso supone para una ciudad de servicios- como crear un cluster de investigación internacional en torno a la arqueología en un inmejorable laboratorio. Todo dependerá siempre de la voluntad de quienes toman las decisiones y del nivel de requerimiento que tengamos los cordobeses, los andaluces y todos los que quieran cumplir el sentido estricto de las etiquetas patrimoniales y sean sensibles a estas circunstancias.

Queda mucho, pues, por hacer. Lo primero, poner en marcha el plan estratégico que la Junta de Andalucía prometió para invertir y establecer las bases de ese trabajo y mejora. Lo que la propia candidatura recogía desde la gestión a la difusión y conservación. Es cierto que cuesta mucho esfuerzo que se entienda en la calle que todo gasto en esta empresa cultural no pueda tener una mejor contrapartida, pero es nuestra obligación moral hacerlo, y máxime en Córdoba. Si llegan nuevos gobernantes a San Telmo tienen aquí una magnífica oportunidad de cumplir con el «agravio» constante hacia esta tierra que el PSOE -aunque ahora haya quien se envuelva en la bandera del victimismo- ha desplegado. Pero no se trata tampoco de actuar de la misma manera cicatera y corta de miras. El peso histórico del yacimiento y las posibilidades que arroja para toda Andalucía huelga explicarlas.