Un grupo de jóvenes en uno de los patios de Palmeras
Un grupo de jóvenes en uno de los patios de Palmeras - FOTOS: VALERIO MERINO
SOCIEDAD

Las Palmeras: la economía de la línea 8 que sustenta al barrio más castigado de Córdoba

Ante un mundo laboral que le da la espalda, la comunidad subsiste con pensiones bajas y el oxígeno del trabajo precario femenino

CÓRDOBAActualizado:

Los vecinos de las Palmeras, en Córdoba, aún recuerdan los tiempos en que la línea 8 de Aucorsa salía cada mañana en dirección al centro repleta de hombres, en su mayoría trabajadores del sector de la construcción. Allí la crisis llegó antes que al resto de la ciudad y la recuperación, lamentan, ni siquiera asoma. Ahora, quienes viajan en la línea 8 son mujeres. Trabajan como limpiadoras o cuidadoras para ganar un dinero en negro que salva la economía del hogar, sustentado por pensiones raquíticas y compartido por hasta tres generaciones familiares con todos sus miembros en paro.

El de esta economía sumergida de subsistencia es el dibujo que hacen dos portavoces vecinales del barrio, Eugenio Rosa y Amparo Rodríguez, de la realidad que subyace bajo los demoledores datos del estudio de Loyola que revela una situación crítica, con unos niveles de desempleo del 76 por ciento y una sensación general derrotista que contrasta, sin embargo, con la heroica labor de los colectivos sociales y el poder de resistencia de las propias familias, que hacen malabares para seguir llevando una comida al plato.

Un ejemplo de esa resistencia es Antonio Camacho, que trabajó en la construcción hasta que un accidente le invalidó. Aquel episodio le dejó una paga insuficiente para sacar adelante a su familia que ahora se ha convertido en una pensión escasa. Ya entonces tuvo que entrenar la imaginación para seguir llevando dinero a casa. Sobrevivió, dice, rifando aceite o lotería, y vendiendo los espárragos que recogía cada mañana de la Sierra, hacia donde partía en cuanto salía el sol. «Tengo tres hijos y tenía que ganar el pan», explica.

El arraigo que sienten los habitantes de las Palmeras con su barrio es potente, pero se topa de frente con la dura realidad. Por eso, quienes buscan un futuro, a menudo lo hacen más allá de las lindes donde nacieron y se criaron pese al esfuerzo personal que ello supone. Esta realidad la refleja bien el testimonio de Raúl, que a sus 37 años anda en plena búsqueda de trabajo «de celador, de vigilante, de albañil, de lo que sea». Vive con su padre, cuya pensión mantiene a dos hijos y da alivio a un tercero. «He nacido aquí y el barrio tira mucho», explica, pero admite que, si la única oportunidad de mejora está fuera, no le quedará más opción que irse.

Una marca negra

Los más jóvenes explican que uno de los principales problemas que encuentran a la hora de buscar empleo radica precisamente en su origen. Sencillamente, las empresas no quieren a la gente de las Palmeras, marcada por estereotipos generalistas y, critican, injustos. El diagnóstico de los vecinos lo comparte el párroco de la iglesia de San Antonio María Claret, José Ramón García, que apunta a que muchas mujeres están tirando de las familias en una situación de extrema complejidad -solo en las Palmeras Cáritas asiste a unos 150 hogares-, que además se topa con una circunstancia dolorosa: el estigma que arrastran los vecinos de un barrio tachado tradicionalmente como pobre, pero también con la etiqueta de conflictivo. «La parroquia intenta estar presente en el barrio, salir de la iglesia, pasear y hablar con la gente porque son pocos los vecinos que acuden a la misa. Tratamos de propagar el mensaje de que se puede vivir en amor y convivencia, pero se tiene la sensación de que la situación va a peor y que las Palmeras es un ‘gueto’ conflictivo y marginal», apunta.

Esos conflictos existen, pero tienen de fondo un problema de pobreza endémica y un rechazo social al que no es fácil hacer frente cuando se sale de las barreras del barrio. Esa realidad la constatan en Red XXI, una de las asociaciones que trabajan en el barrio junto a otras entidades como CIC Batá, Estrella Azahara o los propios servicios comunitarios, y que tiene entre sus proyectos el de guiar a los vecinos en la búsqueda de empleo. Pablo Arenas, uno de los jóvenes que empezó como voluntario en la entidad, afirma que «una de las principales preocupaciones a la hora de hacer el currículum es la dirección del domicilio. A menudo apostamos por poner simplemente el código postal», afirma.

La labor de esta asociación no acaba ahí. Inmaculada Romero y Marta Centella explican que entre sus trabajos en la zona están las escuelas de verano y convivencias, el proyecto de radio comunitaria Onda Palmeras, programas para el empoderamiento de la mujer e iniciativas de inserción sociolaboral para jóvenes como el Proyecto Puente, subvencionado por la Obra Social La Caixa. Pero su trabajo fundamental lo realizan con los más pequeños del barrio, que son permeables y agentes de cambio en potencia. Son los frutos más jóvenes de una pobreza genética, la que reproduce patrones de forma cíclica: escasa cualificación, trabajos precarios, baja autoestima, estigmatización y asistencialismo. Luchan para romper esa tendencia exponiéndoles a referentes positivos, con el objetivo de ir a la raíz de dos problemas que son, a su vez, causa y efecto: la difícil convivencia y el absentismo escolar.

Carencias educativas

Los problemas de convivencia de una microsociedad cerrada, compuesta por clanes y acosumbrada a vivir de puertas hacia adentro, están detrás de muchos casos de absentismo. La directora del CEIP Duque de Rivas. Auxiliadora Blasco, afirma que la situación ha mejorado en los últimos años pero que las consecuencias de ese absentismo que aún existe (el abandono escolar, la escasa formación y la imposibilidad de progresar en el mundo laboral) perpetúan la situación del barrio. En las Palmeras, además, la media de edad es joven porque las parejas empiezan a tener hijos muy jóvenes. Blasco considera que es una de las lacras que se deben combatir desde la educación, tanto en los centros como en las propias familias. No debe permitirse, señala, que niñas de 14 y 15 años sean madres cuando ni siquiera tienen la edad suficiente para haber aprendido a cuidarse a sí mismas. La única puerta que les abre esta situación es la de una subsistencia a duras penas, sin los estudios mínimos para un trabajo cualificado.

Blasco explica que el potente proyecto educativo que se lleva a cabo en el colegio, que atesora multitud de premios por su programa innovador, no siempre encuentra unos resultados a la altura. La escolarización es menor de lo que debería porque muchas familias optan por llevar a sus hijos a otros colegios, lo que cierra la puerta a una diversidad real (social, étnica, económica) entre los niños que comparten aula. El fracaso escolar es habitual entre los niños que se quedan en el barrio, en parte por la falta de apoyo que encuentran en las familias, ancladas en una forma de vida concreta y sin apenas referentes externos. De ahí que considere esencial trabajar también con los padres, construyendo una comunidad de aprendizaje amplia. Entre tanto, tratan de motivar a los alumnos de todas las formas que se les ocurren. Como forma de fomentar la lectura, impulsan un periódico y un programa de radio que empieza y acaba en los niños. «A veces la motivación pasa por darle un sentido práctico a las cosas. En la radio, tienen que leer el texto que locutan y después les gusta escucharse», cuenta la directora del centro.

Otra de las causas del abandono está en que los alumnos solo pueden cursar en el barrio hasta segundo de la ESO y después se ven obligados a trasladarse a institutos de otras zonas de la ciudad a los que llegan con el estigma de ser de las Palmeras y sin las redes de apoyo que tienen ya forjadas sus nuevos compañeros. Este tremendo choque a una edad tan compleja como la adolescencia hace que muchos abandonen su formación antes de tiempo, y lo mismo sucede a aquellos que quieren cursar una FP. Esto ha lastrado los caminos de muchos niños con potencial, y quienes superan esta fase, suelen dejar el barrio. «Y no se trata de que consigan salir, sino de que se queden aquí para que el barrio cambie», explica Blasco.

En la misma línea se expresa el director del Centro de Servicios Sociales Comunitarios La Foggara, Germán Moreno, que afirma que esa «fuga» de aquellos que logran prosperar impide que el barrio mejore. Admite que su labor de asistencia a los problemas de la comunidad -vivienda, empleo, familia- se limita a poner parches a una situación que requiere de un esfuerzo coordinado entre las administraciones y la sociedad misma. Con la limitación actual de recursos, «la situación nos desborda».