Dos vecinos de Marroquíes, 6 hablan en una de las calles de la casa patio - FOTOS: VALERIO MERINO
MAYO FESTIVO

Patios de Córdoba 2019 | Marroquíes, 6, la pequeña aldea que resume la fiesta de los sentidos

Una veintena de vecinos y artesanos conviven en esta gran casa patio, que guarda la esencia de las redes de comunidad que dan sentido a la fiesta

CÓRDOBAActualizado:

En la calle Marroquíes hay una pequeña aldea. Sus habitantes no saben concretar cuándo se construyó ni quienes fueron sus primeros moradores, pero sí saben que la reforma que hizo de Marroquíes, 6 algo similar a lo que es ahora data de 1929. Antes de que el chino cordobés cubriera el suelo de este patio, allí había un huerto. Esa es una de las explicaciones que dan sus inquilinos cuando se les pregunta por el secreto de sus famosas buganvillas, las más fotografiadas de Córdoba, que estallan de color cada primavera. Hunden sus raíces en un suelo rico, no en macetas. Aunque tampoco les va mal a las miles de flores que crecen en los tiestos a su alrededor.

Dice «miles» porque Francisco Pérez no puede especificar cuántas son. La verdad es que nunca las han contado. Este inquilino, que este año se ha echado a los hombros el papel de coordinar los preparativos para el concurso de patios, recuerda que un año el Ayuntamiento les dio 150 maceteros, que para un recinto como el de Marroquíes es prácticamente lo mismo que no dar nada. «Cabían todas en una esquinita», afirma. A lo largo de sus calles blancas, en los porches de las casas y en los rincones de las zonas comunes penden gitanillas, alegrías, bacopas, pendientes de la reina, azucenas, rosas que forman, todas juntas, la paleta salpicada de acrílicos de un pintor puntillista. Las cuidan entre todos. Cada vecino se ocupa el tramo más cercano a la puerta de su casa o taller, porque Marroquíes, 6 es, además, un zoco de artesanos en miniatura.

Si en esta casa patio hay una fuente de sabiduría, esa es Pepa. Es a ella a la que hay que preguntarle por el que lleva más de medio siglo siendo su hogar. Se detiene en una planta que, según sus cálculos, debe de llevar allí más años que ella. Se la conoce como corona de Cristo por sus afiladas púas, rematadas con flores rojas. También son suyas varias plantas crasas de grandes dimensiones. Estas no tienen flores, ni falta que les hace. Aunque siempre deja al puerta entreabierta, como en los pueblos, la veterana de Marroquíes, 6 se recluye estos días porque no tiene ganas de jaleo. «He salido un momento para coger hierbabuena, con el delantal, y me han empezado a preguntar: ‘Señora, ¿eso qué es para el puchero?’. Yo me he vuelto a meter en casa. Que no, que ya no tengo ganas», lamenta.

De las 23 viviendas que la conforman, hay 19 habitadas. En una de ellas, una vecina ha recogido por la mañana la ropa que tenía tendida en el patio y, con las prisas, se ha olvidado allí una percha con dos prendas de ropa interior. Al percatarse, otra acude a avisarla, y sale de inmediato a apartarlas de la vista de los visitantes que desde las 11.00 de la mañana del lunes hacen cola para conocer el patio. Soluciona este pequeño entuerto con «mucho apuro», pero esas son las cosas que pasan cuando expones tu intimidad al público. Por suerte, han sido solo unos minutos. «No pasa nada, que se vea que aquí se está viviendo», dice. Es algo que no todos los visitantes entienden. De hecho, los vecinos lamentan que, cuando pasan las dos semanas del concurso, siguen llegando turistas a pedirles que les muestren el patio, uno de los más laureados de la historia de la fiesta.

Nada tiene que ver Marroquíes, 6 con los pequeños patios de las viviendas unifamiliares y por esta razón guarda el regusto de los orígenes de una fiesta basada en la cooperación vecinal. Sin embargo, no hay que idealizar esa circunstancia, advierte Mari Ángeles Arquero, que lleva allí desde el año 2000 y avisa de que lo que se gana en comunidad se pierde en intimidad. Señala que todos los vecinos viven en régimen de alquiler, y que las condiciones de las casas no son óptimas: «Los techos son aún de uralita. Se gasta mucha luz en verano porque las viviendas no están aisladas y hace mucho calor».

Es una enamorada de las plantas y se pasea por el patio revisando y apartando las flores secas. Las ha estudiado a fondo y en su taller realiza jabones artesanales y aceites que después pone a la venta. Unas casas más allá trabaja Antonio Rodríguez, que empezó fabricando muebles y ahora hace guitarras. Prefiere el término «guitarrero» a «luthier» y cuenta que hace 22 años, cuando llegó, había muchas viviendas vacías y el estado de conservación era pobre. «El concurso lo mantiene en pie», afirma. A él, que realiza una labor artística, trabajar en Marroquíes le aporta valor añadido, «aunque no todo es paz». En la nómina de artesanos también hay un personaje peculiar de Córdoba como es Juan el Sastre. El bohemio no asoma hoy por la puerta de su taller, pero ha dejado allí sus tarjetas por si alguno de los visitantes necesitara un modisto.

Marroquíes, 6 ganó el año pasado el primer premio en su categoría del Concurso de Patios. Con los 3.000 euros del galardón, los vecinos no han podido darse muchos homenajes. Más de la mitad del dinero se fue en pintar el inmueble, y el resto se invirtió en más macetas. Los vecinos abren la puerta de su hogar con alegría pero no disimulan el sacrificio que esta labor tiene detrás y las pocas manos dispuestas a hacerlo. Este año incluso valoraron la opción de no presentarse, porque la persona que tradicionalmente se encargaba de organizarlo todo se ha mudado. «Así que me he encargado yo», dice Francisco Pérez, que no vive en el patio sino que tiene allí una sala de reuniones que en su día fue sede de una asociación vecinal. La tarea, dice, le ha venido grande. Así que «el año que viene, veremos a ver».