El dueño de un patio del Alcázar Viejo baja unas escaleras
El dueño de un patio del Alcázar Viejo baja unas escaleras - VALERIO MERINO
REPORTAJE

Patios de Córdoba | La crisis generacional y las pocas ayudas municipales obligan a revisar el modelo

Los expertos en la fiesta reconocida por la Unesco apremian al Ayuntamiento a hacer cambios y a reforzar el apoyo

CÓRDOBAActualizado:

¿QUÉ les pasa a los Patios de Córdoba? ¿Por qué aflora de un modo recurrente el debate acerca de su supervivencia, o de la crisis en la que está sumida esta tradición popular que la Unesco reconoció como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2012? La última polémica la ha servido, nada más y nada menos, que la casa número 6 de la calle Marroquíes, en el corazón de Santa Marina, y que es el inmueble que más premios ha alcanzado en las nueve décadas de vigencia de esta cita amparada por el Ayuntamiento.

La autoridad municipal ha tenido que salir al socorro de esta comunidad de vecinos y convencerla de que lo monte pese a sus reticencias por la falta de manos expertas y con tiempo para embellecer el enclave. Casi a la vez, el I Congreso Patios de Córdoba ha dejado una conclusión clara: que esta fiesta necesita de un soporte más firme de las administraciones y de un compromiso cerrado de los dueños de las estancias sin las que nadie entiende la celebración central del mes de Mayo.

El diagnóstico del problema es complejo, si bien los expertos consultados por este periódico coinciden en que los patios han perdido gran parte de su esencia. Por varios motivos. Algunos son inevitables: por ejemplo, el cambio de los modos de vida, porque ya no existe apenas esa forma de compartir las cosas diarias -desde la comida o los lavabos- que cristalizó en el engalanamiento de los espacios comunes en torno a los que se ordenaban las viviendas de las clases con escasos recursos económicos. Otros factores tienen que ver con la pérdida de interés -tanto público como privado- por una manifestación popular que asombra a quien la contempla. O dicho de otro modo: con una cierta incapacidad para conseguir que sea un reflejo fiel de lo que significó en sus orígenes.

José Campos: «Guardo un recuerdo maravilloso la estampa de los patios populares que conocí de niño»

Lo explica muy bien el paisajista José Campos. «Guardo como un recuerdo maravilloso la estampa de los patios populares, de concurso o sin él, que conocí de niño, allá por los primeros años sesenta. Por suerte se conservan tarjetas postales y fotografías de aquella época , y contemplándolas veo que mi memoria no exagera en admiración. Lo mismo me pasa con las Cruces de Mayo. Desde entonces algunas cosas han cambiado, y muchas, afortunadamente, para bien. Pero modestamente creo que ambos, cruces y patios, se han convertido en algo bien distinto, que no acabo de reconocer, la verdad», defiende Campos.

Un milagro del buen gusto

Y añade: «Las fotografías de entonces ni exageran ni mienten: los patios eran un milagro de buen gusto, la expresión de un anhelo de belleza y sensualidad innato en esta ciudad tan antigua, a pesar de que escondían en ocasiones una trastienda bien difícil, de dificultades económicas y hasta de hacinamiento. Toda una lección de saber sacarle partido a la vida».

Coincide en este punto el arquitecto Antonio Ramírez Laguna, buen conocedor también del fenómeno de los patios y de su historia. «Los problemas de pervivencia del espíritu original de las casas de vecinos vienen de antiguo: los Patios tienen una historia interesantísima porque eran una manera de alegrar las infraviviendas desde el punto de vista popular. Y es evidente que hoy en día la gente no tiene tanto interés por hacerse un jardín propio, como sí lo había hace no tantas décadas». Para este especialista el prodigio era que «la gente, a pesar de vivir hacinada, cuidaba todo mucho: la cocina común, las flores, los tiestos, porque sabían que podían vivir alegres aunque hacinados, como demuestra la emblemática casa de la calle Marroquíes».

Arturo Ramírez: «Hoy en día la gente no tiene tanto interés por hacerse un jardín propio como antes»

En esta depauperación estética tiene que ver la evolución de la vida misma, con el desarrollo de los tiempos. Dice José Campos: «La producción industrial de plantas, muy lejos de aquí, con laboratorios que tocan a su antojo los colores de sus flores -y casi me atrevería a decir que su resistencia- ha matado la armonía del colorido de nuestros patios, siendo ahora casi en su mayoría colores muy fuertes, estridentes. Por su parte, la oferta de plantas nuevas o exóticas -petunias, sulfinias, pensamientos, tagetes y otras especies de colores químicos- han ido arrinconando a las nuestras. Los contrastes son brutales, y ya no resultan armoniosos como antes, a pesar de que las vecinas las combinaban entonces al tun tún».

Manuela, la dueña de Guzmanas, 4, en su domicilio
Manuela, la dueña de Guzmanas, 4, en su domicilio - VALERIO MERINO

Esas vecinas -y vecinos- han desaparecido en gran parte. «Ahora, las personas mayores que estaban a cargo de los patios hace décadas ya no tienen fuerza, o no están en el mundo, y los jóvenes están en otras cosas y no tienen tiempo para éstas», recuerda Ramírez Laguna.

Un punto de vista también autorizado es de la profesora Rosa Colmenarejo, que es la autora de la tesis «Fundamentos para la Gestión Turística Sostenible de la Fiesta de los Patios de Córdoba» (publicada por Utopía en colaboración con el Ayuntamiento), y que obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad de Córdoba ( UCO). «El empeño por cristalizar una expresión cultural como la fiesta de los patios, y entiendo por cristalizar como un empeño por detener el paso del tiempo, ha llevado a una inacción de la fiesta, de la que considero que son responsables todos y cada uno de los actores involucrados, desde el Ayuntamiento, y meto a la oposición y a los técnicos, a las asociaciones de propietarios», sostiene esta especialista.

Rosa Colmenarejo: «La idea de una fundación impulsada por el Ayuntamiento es fundamental»

Colmenarejo rescata una idea barajada hace una década pero que nunca cuajó: la puesta en marcha de una fundación que aunara criterios y esfuerzos en favor de los patios. «A mí siempre me ha parecido interesante la idea de una fundación y ahora la considero fundamental. Porque el Ayuntamiento, como gestor cultural, está ante un dilema desde hace años, y que es conservar lo que tiene o dejar que otros inventen soluciones nuevas para los patios. Desde luego, la solución no es musealizar algo que está vivo, como es la manifestación cultural de la que estamos hablando». Colmenarejo es de la opinión de que sea el Ayuntamiento el que impulse la fundación y que luego «la deje crecer» con la intervención de otros actores hasta que sea autónoma.

Para José Campos son importantes los detalles. Los colores, por ejemplo. «Cuando nos preparábamos para la Capitalidad Europea del 2016, Carlota [Álvarez Basso], la gerente, introdujo con su mejor fe en Córdoba un azul muy intenso, atlántico, porque ella era gallega, que ha cundido como la espuma por toda la ciudad, desbancando al humilde azulillo, tan bonito. Nos quitaron la Capitalidad, pero mira por donde nos quedó ese azul -azul Carlota, lo llaman-, que está siendo el colmo ya para la exageradísima policromía artificial de nuestros patios», apostilla el paisajista, que tacha de «improvisado» algunos aspectos de la fiesta.

Improvisación

«Con los Patios se improvisa sobre la marcha, algo muy frecuente en nuestra ciudad. No se hizo sobre ellos ningún estudio serio antes de publicitarlos a bombo y platillo en los medios, y dan la impresión de ir a la deriva, desbordados de éxito. Creo que se merecen al menos una reflexión», manifiesta Campos.

Rosa Colmenarejo concluye con una queja: «Es importante ser consciente de que a pesar de que cada vez que se aproximan los Patios escuchemos los mismos lamentos por la pérdida de una forma de vida hay inciativas que la promueven, como está haciendo Vimcorsa por ejemplo». Evidente es que el modelo merece una reflexión.