Un grupo de turistas se refresca en el Patio de los Naranjos durante la última ola de calor
Un grupo de turistas se refresca en el Patio de los Naranjos durante la última ola de calor - Valerio Merino
Puerta giratoria

Privilegio sostenible

El problema del casco no reside sólo en su despoblación por el turismo; es fruto de muchas permisividades acumuladas

CórdobaActualizado:

En el casco histórico de Córdoba la edad media es muy elevada. Hay pocos niños porque las familias jóvenes desean lugares de esparcimiento y dotadas de servicios más allá del embeleso estético que deparan las calles y plazas históricas de la ciudad. Cualquiera que haga cuentas debe saber que para una familia media, la rutinaria compra semanal requiere un desembolso extra porque rara vez los edificios comunitarios están provistos de ascensores comunicados con los garajes y, como no está permitido estacionar en la puerta, no hay más remedio que abonar ese servicio. Si sumáramos a lo largo de una vida, es un gasto curioso. Más allá de las costumbres de consumo doméstico, la vida en el casco favorece la vida peatonal y en bicicleta pero para eso las facilidades son pocas. Como ciclistas carecemos de carriles y como peatones somos potenciales víctimas de atropellos porque, ya saben, nada hay más soberbio que una bicicleta esgrimiendo ecologismo. De los planes de tráfico, hablamos otro día.

En los parques del entorno del casco sucede lo mismo, algunas normas no son del todo respetadas porque ante la población dispersa y poco influyente, se permiten licencias como no amarrar al perro o no bajarse de la moto para cruzarlos. Ante la falta de vigilancia, los vecinos adoptan una complacencia con lo incívico que los acaba apartando de estos espacios. Sumamos inconvenientes y tampoco los servicios de autobuses ayudan, en algunas épocas del año escasos e impuntuales.

Las viviendas ocupadas son la otra novedad para los residentes, sorprendidos con la presencia de inquilinos de casas solariegas y singulares ahora convertidas en solares, donde caducan los siglos sin mantenimiento. Así, el afecto al casco se funda en otras cosas, distintas a las que tienen planificación municipal. El apego a las piedras y los espacios cuajados de historia están en la interioridad de cada uno: se prefiere la brega diaria con los inconvenientes a disponer de cierto bienestar.

Por eso, cuando la gentrificación se convierte en desvelo, los que vivimos en esta zona de Córdoba pensamos en el origen de un problema diferente, que no reside solo en la despoblación del casco a favor de los turistas; es más bien la consecuencia de muchas permisividades acumuladas, ahora inconvenientes difíciles de sortear. Si la resistencia es ganar, los vecinos del casco son campeones absolutos por su paciencia ante la equidistancia de algunos partidos que, ante cálculos electorales, han preferido primar a otras zonas de la ciudad.

La vida en una ciudad Patrimonio de la Humanidad es un privilegio que debe ser compartido. El equilibrio entre sostenibilidad turística y vida urbana no es fácil de resolver, al menos por quienes antes de detectar amenazas foráneas desprecian las que el vecindario autóctono lleva tiempo asumiendo. Porque se trata, a veces, de un poco de vigilancia en el parque, un poco de orden en las bicicletas y cierta preocupación por los okupas.