Rosalía durante su actuación en Córdoba - VALERIO MERINO
NOCHE BLANCA DEL FLAMENCO 2019

Rosalía en Córdoba: no es flamenca, pero hay que verla

La artista catalana arrasó con un apabullante espectáculo con el que se metió al público en el bolsillo desde el principio

CÓRDOBAActualizado:

Tenían razón los flamencos: Rosalía no es de los suyos. Tenían razón los fans, esas víctimas del «mainstream», los vendidos de la industria: lo de Rosalía es, en términos modernos, «otro rollo». La artista catalana demostró en la Noche Blanca del Flamenco de Córdoba estar más cerca de ser nuestra Beyoncé patria que una reencarnación de la Niña de la Puebla. Pero consciente de dónde actuaba, en su repertorio incluyó concesiones al flamenco y a sus matices. Trenzó sus hits discotequeros con los cantes que empezaron a hacerla conocida, como su versión de los tangos de «Catalina». Ahí, sin vocoder ni cuerpo de baile, cantó como entonces, cuando nadie imaginaba lo que estaba por venir y sin embargo Rosalía Vila era la misma. La que miraba hacia Andalucía con envidia, admiración y ansias de aprendizaje.

Así lo afirmó ella misma sobre el escenario de la Plaza de Toros. La artista cuestionada por apropiación cultural se subía al escenario admitiendo la diferencia, celebrando las sinergias, reconociendo el flamenco andaluz como origen de sus andanzas.

El caos que precedió al concierto de Rosalía en Córdoba se disipó, más por dejadez o inabarcabilidad que por el correcto funcionamiento de las cosas. Hubo flagrantes suplantaciones de identidad, DNI mediante, por parte de aquellos que se vieron privados de una de las 10.000 invitaciones al evento y rogaron el favor a quien había decidido quedarse en casa. Eso que advirtieron que no se permitiría hacer, se hizo. Del mercado negro no hay datos. Nunca los hay.

El concierto Rosalía arrancó con una puntualidad inusitada. Hacia la medianoche salían al escenario sus bailarinas, meritorias de gran parte del éxito del espectáculo. Poco después llegaba ella, brillante toda, para cantar «Pienso en tu mirá». Con un look prestado de la Christina Aguilera de 2002 (después lo aderezaría con una chaqueta de la firma cordobesa Matilde Cano; un guiño a la ciudad que la acogía), desató la euforia con coreografías estéticas y estudiadas, más cercanas al reggaeton que a los tablaos, cosechando con ellas admiraciones y detractores. ¿Reggaeton en la Noche Blanca? Por qué no. En esto de la música no hay árbitro ni VAR.

A Rosalía le brillaban las uñas y hasta los inears. Estuvo escoltada por una pantalla luminosa de leds, recurso estético para lo que surja, desde el videoarte hasta el filtro de Snapchat más artesanal. También la escoltó El Guincho, un hombre orquesta de nuestros tiempos, que, armado con su teclado y junto a sus palmeros y coristas, conformó el total de su banda. Ni guitarras ni baterías. Los tiempos, señor Dylan, han cambiado.

De «Malamente» a «Brillo» pasando por «Con altura» y la recientemente lanzada «Aute cuture», con J. Balvin ausente y presente al mismo tiempo, al que se escuchaba sin estar, Rosalía no tuvo reparos a la hora de sacar la artillería para complacer a su público. No escatimó en recursos de sonido. Un vocoder bien usado es, indudablemente, un buen recurso aún cuando la voz privilegiada de la artista no lo necesita para brillar. Se despidió Rosalía cantando «Volver» a capella. Como si fuera una amenaza o un consuelo. Según si se le pregunta a los flamencos o a los del «mainstream».