PASAR EL RATO

Salmo del columnista

Los articulistas de este periódico tenemos la voluntad de estar juntos, con humor y buenas maneras. Con eso hay para construir una nación

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El director de este periódico es clemente y misericordioso, es bueno con sus columnistas. En bares amenos nos hace repostar, nos prepara una mesa y repara nuestras fuerzas. Nos conduce hacia digestiones tranquilas. ¡Ved qué hermoso y qué dulce convivir los de las columnas todos juntos! Todos los años, ya es una costumbre, el director de este periódico invita a los de las columnas a una comida y varias bebidas. Con ocasión de la Navidad. Pero los columnistas de este periódico tienen una idea libertaria de la Navidad, y la celebran cuando a ellos les parece oportuno y no cuando dispone el calendario. Son rebeldes con causa. Este año, la comida navideña fue el pasado 30 de abril. El año que viene quizá caiga en septiembre. Y quién sabe cuándo en el futuro. Libertad de conmemoración. Ni Pablo Iglesias se atrevería a tanto. Por lo menos una vez al año, uno le pone cara a sus colegas; y lo más importante, le pone corazón. Qué más da lo que opinemos, si estamos unidos por lo fundamental: la voluntad de estar juntos, con humor y buenas maneras. Con eso hay para construir una nación. Nos vemos poco, pero nos conocemos mucho. Porque nos leemos cada semana, y esa es una forma superior del conocimiento. Que permite ir a lo fundamental, sorteando las menudencias del carácter, las zonas oscuras de la personalidad que aparecen en el trato en corto. Ningún hombre es grande para su compañero de taberna, de oficina o de partido. Alguien podría pensar que no tiene mérito que nos llevemos bien si nos tratamos tan poco.

El caso es que nos reunimos para comer y beber y charlar de esto y aquello. Nadie tuvo la pretensión de enriquecer el paisaje del ameno bar Vicente con profundos pensamientos, que tanto entorpecen el metabolismo. Uno ha conocido ambientes donde la pedantería es un requisito profesional; buscadores de gloria que necesitan cien páginas para decir lo que se puede decir, y mejor dicho, en una; amantes de sí, sin otro argumento que su engreída persona. Por eso me llamó la atención que, no obstante ser todos intelectuales y artistas, ninguno de los columnistas de este periódico hiciera durante la comida apología de sí y de sus obras. Y todos tienen voz, oído y sentimiento, que son tres cosas que se exigían antes a los que cantaban. Inteligencia y estilo, ese parece ser el secreto. Quizá por eso le sentó a uno tan bien la comida. Une lo que se digiere. Comimos y bebimos y vivimos para contarlo. Habíamos acudido a la llamada del estómago. -Señora marquesa, han llegado los periodistas. -Pues que les echen algo de comer. Allí estaban, citados por orden de salida semanal, todos los que no pertenecen a la redacción del periódico, que tan brillantes columnistas da también: Mario Flores, Rafael González, José Luque, José Calvo, Aristóteles Moreno, Natividad Gavira, Francisco Poyato, Javier Tafur, Juan José Primo. Y resumiéndonos a todos, sublime casi sin interrupción, Vic, el de las viñetas, un hombre que vive a trazos, autor de columnas memorables de una línea, el que dice más con menos palabras. Al disolvernos, cuando todos los estómagos quedaron conformes, se notaba en el aire una vaga nostalgia de despedida. Los más audaces propusieron que celebremos la Navidad varias veces al año. La idea es interesante, aunque resulta un poco confesional. ¿Honores, fama, inmortalidad, alcaldía de Córdoba? Lo que importa es hacer bien la digestión y aprender a pasar el rato.