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Granada / Polémica

¿Quién debería haber hablado antes del Príncipe?

Día 07/02/2014 - 14.00h
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La ausencia de la presidenta de la Junta de Andalucía en el acto de entrega del Premio Lorca de Poesía abre un debate sobre cuestiones protocolarias

La ceremonia de entrega del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca al escritor mexicano Eduardo Lizalde, a la que asistieron los Príncipes de Asturias, quedó ayer algo ensombrecida por la ausencia de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, al acto, y el posterior debate generado.

En palabras de la consejera de Igualdad, Salud y Políticas Sociales, María José Sánchez «el Ayuntamiento ha roto el protocolo establecido para este tipo de actos, con respecto a la máxima autoridad del Gobierno de Andalucía», mientras que desde el consistorio de la capital, el concejal de Cultura, Juan García Montero, ya zanjó ayer el tema, en el recinto de la Alhambra, asegurando que el protocolo «estaba muy claro en estos casos, y que se actuaba por deferencia a Casa Real».

Versiones de unos, versiones de otros, lo cierto es que el protocolo marca unas normas muy estrictas, que sin embargo, se someten a ciertas interpretaciones. Según el Real Decreto 2099/1983, de 4 de agosto, por el que se aprueba el Ordenamiento General de Precedencia en el Estado, el orden de intervención debería haber sido el siguiente: Su Alteza Real, el Príncipe de Asturias, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, y el alcalde de la ciudad, José Torres Hurtado, al tratarse de un acto de carácter local, organizado por el consistorio municipal.

Sin embargo, atendiendo a normas «protocolarias no establecidas» el alcalde cedió su turno de cierre del acto al Príncipe de Asturias. En este caso, la presidenta abriría el acto, a continuación le seguiría la intervención del primer edil, y clausuraría Don Felipe. ¿Podría haber una segunda cesión de turno de palabra? La respuesta de los expertos de protocolo es que sí, con lo cual Susana Díaz hubiera tenido la posibilidad de intervenir justo antes de Su Alteza Real.

Protocolos y cesiones aparte, la polémica está servida, y parece que todavía se hablará de ausencias y presencias, más que de la obra y figura de Lizalde.

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