Usuarios durante un baño en una de las pilas habilitadas
Usuarios durante un baño en una de las pilas habilitadas - ABC
VERANO

Las salinas sitúan a Isla Cristina como destino de salud

Las únicas salinas de produccion artesanal de España ofrecen baños en piscinas con elevada concentración de sal y minerales esenciales

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En pleno Paraje Natural Marismas de Isla Cristina, las únicas salinas marinas del país que han mantenido la producción artesanal pese a las tentaciones de la industrialización han situado a este rincón marinero de la provincia de Huelva en un destino de salud en alza.

Aquí, en la margen izquierda de la carretera de Pozo del Camino que conduce al pueblo, las conocidas como «Salinas del Alemán» reservan al visitante un espacio de relajación con múltiples beneficios corporales, una especie de mar Muerto de dimensiones reducidas, de aguas repletas de minerales esenciales y una elevada concentración salina (aun lejos de las aguas jordanas).

Entre las 100 pilas que estas salinas tienen en explotación para sacar sal de forma artesanal, bajo gestión de Manuela Gómez, dos de ellas (de momento) están destinadas al baño. Descubrir las piscinas de magnesio es todo un descubrimiento a los ojos que la piel y el cuerpo te recuerdan en los días siguientes a la inmersión.

Así lo cuentan los clientes. «Vine el año pasado con mi marido por primera vez y he vuelto este verano. Me doy baños casi todos los días, tiene muchas propiedades y se nota cuando acudes con cierta frecuencia», afirma una de las usuarias que hoy flotan en la piscina, a veces entre risas, porque eso de darse la vuelta o mantenerse en equilibrio no resulta fácil en este agua hasta que se le coge el truco.

Risas aparte, los ruidos más comunes son los del viento cuando le da por soplar, los cantos de los pájaros y otras aves que viven en el entorno o pasan por la zona, y la música que suele poner el marido de Manuela para contribuir a una experiencia más relajante para sus clientes.

Las piscinas de magnesio son la última incorporación de las salinas y forman parte de la diversificación del negocio que ha tenido en mente Manuela, la primera mujer que cogió las riendas del negocio directamente de manos de su padre, Manuel Gómez, hace unos 16 años.

Las salinas le deben su nombre a Hans Burghard, al que le llamaban Juan El Alemán», un nombre envuelto en historias de espionaje, que a mediados del siglo pasado aterrizó en Isla Cristina y comenzó a construir las salinas con la ayuda del padre de Manuela y a exportar a Alemania toda la producción.

Manuel Gómez se la quedó en 1981 y de él, pasó a su hija. La travesía no ha sido fácil, de forma especial en los primeros años, cuando buena parte de los clientes le dejaron de comprar y tuvo que llamar a muchas puertas, primero, y arriesgarse en nuevos retos después.

En este camino desde entonces, conoció la flor de sal, una especie de paño de capas finas de cristales que recubren las pilas de las salinas y que su padre retiraba, desechándola, sin que se conociera entonces su valor.

Manuela se empeñó en trabajar con la flor de sal, con las escamas y comenzó a trabajar el magnesio como lo había hecho su padre durante años. A nivel de producción, está lejos de competir con la fabricación industrial pero ella ha hecho una apuesta por la calidad, aprovechando todos los recursos que las salinas ponen a su alcance. «Mi padre me lo puso todo en la mano», dice con orgullo.

Este año, la producción de sal marina rondará las 300 toneladas, unas 4 toneladas serán de flor de sal y otras tantas de escamas. Incorpora en sus sales aromas naturales y ha embotellado el agua de magnesio para que sus clientes lo puedan llevar a casa y gozar de sus beneficios.