Alejnadro tumbado en sofá donde pasa 14 horas al día
Alejnadro tumbado en sofá donde pasa 14 horas al día - Francis Silva
Solidaridad

Alejandro, un joven encerrado a 20 peldaños de la felicidad

La familia pide un piso con ascensor o un bajo para tener acceso a la calle y que el chico no esté encerrado en una pequeña habitación

MálagaActualizado:

Por la ventana del salón de su casa un leve rayo de sol rocía a Alejandro Navarro tendido en un sofá, ese mismo que por las noches es la cama de sus padres para no alejarse por si surge alguna complicación. Es lo más cerca que puede estar de la calle y desde donde escucha el trasiego de vecinos en el patio de la comunidad. Una frontera insalvable de 20 peldaños hace imposible reunirse con ellos. Alejandro tiene parálisis cerebral desde pequeño y pasa ahí tendido unas 14 horas al día. En un salón minúsculo, de unos 4 metros cuadrados en un primer piso sin ascensor.

En ese mismo habitáculo toda la familia hace su vida. Solo se mueve de ese sillón frente a la televisión cuando su padre le hace la rehabilitación, su madre le encaja los huesos que se le dislocan o toca baño, que se le practica en días alternos en su cama, que está junto al sofá, porque es imposible subirlo a la bañera. Otra maldita escalera impide al chico ir a su habitación o hacer sus necesidades en el servicio de la planta superior.

El joven nació en una familia de pocos recursos, para colmo su madre, Inmaculada Sarmiento, en el último tiempo está en diálisis tres veces por semana. Su padre, Juan José Navarro, ha tenido que dejarlo todo para cuidar a la familia. No trabaja desde hace dos años, aunque le siguen llegando ofertas que se ve obligado a rechazar de los puestos de trabajo que tuvo en otra época. Los únicos ingresos que tienen son los que cobra el progenitor por la Ley de Dependencia –algo más de 400 euros por cuidar al niño–.

En el humilde barrio de la Trinidad de Málaga todos conocen su historia. Es la asociación de vecinos Trinidad-Perchel la que le paga algunas facturas, como la luz. «Algunas amigas me ayudan a pagar las cremas o la comida», afirma Inmaculada. Alejandro lleva dos años sin salir periódicamente a la calle, justo desde que dejó el colegio. Va cumplir 19 años y su sueño es poder ir con su silla con sus amigos a «tomar un whisky». Inalcanzable mientras vivan donde lo están haciendo.

«Intentamos poner un montacargas, pero la escalera es demasiada estrecha y un ascensor tampoco hay hueco para meterlo»

Su cara cambia cuando habla con su abuelo, la persona que más le mima. A Paco le dice «chulito», mientras le pide que le haga puchero, ensaladilla, arroz con tomate o callos. Son pequeños soplos de aire en un encierro sin remedio por una escalera insalvable. «Intentamos poner un montacargas, pero es demasiada estrecha y un ascensor tampoco hay hueco para meterlo», recuerda su padre, que tienen encerrado en la cocina al pequeño e inquieto «Coco». Un perro que es el compañero de aventuras y travesuras de Alejandro a cambio de cariño y unas galletas.

El chico tiene reconstruido el fémur y la cadera, operaciones de todo tipo por más de medio cuerpo y una resistencia al dolor que demuestra que su corta vida ha estado llena de sufrimiento físico. No tiene tratamiento de fisioterapia, ni tampoco logopeda. «No tenemos dinero para pagarlo», señala Inmaculada.

Es su padre quien le hace unos ejercicios rutinarios y le pone las lociones necesarias para evitar escaras, siempre con sumo cuidado. «No podemos pagar sus tratamientos», remarca su padre, que explica que el hecho de coger al niño para bajarlo a la calle le puede crear fracturas de huesos, mientras su madre le encaja la rótula que se le ha salido en un mal gesto sin que Alejandro muestre dolor.

Los portadores de Dolores del Puente se salieron del varal para acercar a la Virgen esta Semana Santa

Sin embargo, todo eso se olvida cuando Juan José, con mucho esfuerzo, consigue sacarlo a la calle, como aquella vez que fue a ver una fragata de guerra al puerto. También esta Semana Santa, cuando salió a ver pasar a Dolores del Puente –su cofradía– y los portadores se salieron de varal para recibirlo bajo el manto de la Virgen. En su foto de comunión, sobre el sofá donde está postrado, mira a los ojos al Cristo de la Humillación esperando a que se vuelva a abrir la puerta de salida.

Es por esto que sus padres piden una vivienda social con ascensor o un bajo con acceso a la calle y que les permita no estar encerrados en casa con el niño. Lo hacen desesperadamente desde hace años, pero predican en el desierto. Ninguna administración se ha dado por aludida, mientras se agrava la situación del chico. Hubo un particular que sí trató de ayudarlos. Era un misterioso empresario de Ibiza que llegó tras conocer el caso y les prometió que los cambiaría de casa para que Alejandro pudiera normalizar su vida.

Este hombre fue quien compró la cama de hospital al niño, le dio dinero para ropa y hasta le celebró una gran fiesta para verle sonreír. Sin embargo, tres años después de todo esto ha comunicado a los padres que no puede pagarles la casa. Ellos ya lo tenían todo empaquetado para la mudanza y esa pequeña habitación en la que están recluidos se les ha derrumbado encima. «Hemos perdido tres años», lamenta su madre entre lágrimas, cuando vuelve a hacer llamamientos a las administraciones pidiendo un lugar que no tenga barreras para la felicidad de Alejandro.