Procesión de María Auxiliadora en 1939 con banderas nazis en los balcones de una calle malagueña
Procesión de María Auxiliadora en 1939 con banderas nazis en los balcones de una calle malagueña - ABC
HISTORIA

El periplo andaluz del yerno del «Duce»

Con Europa al borde del abismo de la Guerra, el conde Ciano visitó Sevilla y Málaga entre vítores populares

CIRSTÓBAL VILLALOBOS
MÁLAGAActualizado:

Abril de 1939. Cautivo y desarmado el ejército Rojo, Franco da por terminada la Guerra Civil y se presenta en Málaga, con su séquito de acólitos civiles y militares, a proclamar, desde el balcón del Ayuntamiento, la unidad del recién creado Movimiento Nacional. La forzada unión entre carlistas, falangistas y el resto de fuerzas de la derecha.

Una calle Larios abarrotada se adorna con retratos del Caudillo, en un culto al líder plagiado de los totalitarismos de moda en esos momentos en Europa, mientras ondean en los balcones banderas extrañas: la Italia fascista, la Alemania nazi y el Japón imperial presidían la céntrica calle malagueña.

Y es que Franco acababa de firmar la adhesión al Pacto anti-Komintern, que habían suscrito anteriormente estos tres países, situándose en la esfera internacional frente a la Unión Soviética. Al día siguiente de firmar el pacto España abandonaría la Sociedad de Naciones, lo que situaría definitivamente al régimen franquista junto a las potencias del Eje y frente a las democracias de Francia e Inglaterra.

En este contexto, en mayo de 1939, Franco envía a su cuñado, Ramón Serrano Súñer, por entonces ministro de la Gobernación, a Italia, donde estrecharía los lazos con el régimen fascista italiano. Allí se convertiría en el hombre de Mussolini en España, entablando amistad y camaradería con el yerno del Duce, el conde Galeazzo Ciano, que a su vez era el ministro de Asuntos Exteriores de Italia.

En julio, llegado el verano, Europa hervía ante una guerra que parecía ya casi inevitable. A escasos dos meses de que Alemania invadiera Polonia, Ciano llega a España para devolverle la visita a Serrano Súñer, con el objetivo de ahondar en ese frente común que parecía iba a llevar a nuestro país a tomar partido por el Eje en la futura guerra que se avecinaba.

Recorrería la Península, visitando lugares en las que las tropas italianas tuvieron algún protagonismo durante la Guerra Civil: Barcelona, Tarragona, Vitoria, San Sebastián, donde se entrevistaría con Franco, Santander, Bilbao, Madrid, Toledo, Sevilla, donde sería recibido por el general Queipo de Llano, y Málaga, desde donde regresaría en barco a Italia.

El conde llegaría a la base aérea de Málaga procedente de Sevilla. Desde allí se dirigiría hasta el centro de la ciudad, acompañado por todo el boato del nuevo Estado franquista: honores militares, bandas de música, una comitiva de autoridades civiles y militares y los miembros de las distintas organizaciones de Falange, que guardaban el recorrido del conde fascista.

La muchedumbre, bien instruida por las autoridades a través de los periódicos, acompañaba el paso del enviado del Duce mientras aplaudía y pronunciaba el triple grito de «¡Duce! ¡Duce! ¡Duce! y ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!» El conde correspondía desde el coche, brazo en alto con el saludo romano, a las simpatías de los malagueños.

La ciudad se engalanó para recibir al aliado preferido del franquismo. La comitiva penetró en el puerto tras cruzar un arco triunfal con la leyenda «Franco Duce Franco», mientras las salvas de los buques de guerra italianos que esperaban al conde se mezclaban en el aire con los himnos y los vítores. Apenas unas horas bastaron para convertir a la ciudad en el paradigma de un momento histórico, el de un verano que acabaría en la guerra más cruel y bárbara de la historia de la humanidad. Una España fascista que se asomaba al abismo.