Moreno, Marín y Serrano, en la noche electoral el pasado 2D
Moreno, Marín y Serrano, en la noche electoral el pasado 2D - ABC
Nuevo Gobierno en Andalucía

El cambio inevitable en la Junta de Andalucía

Vox se ha presentado como un escollo, pero el partido de Abascal no puede ser la barrera para la formación del Gobierno alternativo al PSOE

SevillaActualizado:

El cambio político en Andalucía quedó esta semana virtualmente amenazado por la intransigencia de Vox, la bipolaridad de Ciudadanos y la cachaza del PP. Nadie dijo que fuera fácil, pero tampoco parece que a alguno de los tres tenores le venga bien desafinar ahora. Más parece que Vox reclama un solo efectista con tempo molto allegro en la partitura a estas alturas del concierto antes del colofón trompetero que anunciará el nuevo Gobierno.

Solo una catástrofe puede cambiar el guión para que el final no sea el que han marcado los andaluces en las urnas: un arrebato megalómano de los dirigentes de Vox estimando que les conviene la repetición de las elecciones, una incapacidad manifiesta del PP para convocar al sentido común, o un sorpresivo giro de Ciudadanos abriendo la gatera a las expectativas imposibles del PSOE podrían acabar con la ilusión del cambio. Pero no parece probable.

Al acecho está Susana Díaz, cuyas credenciales presentará el PSOE para aspirar a renovar en la presidencia de la Junta con 33 escaños, tirando de la última página del manual de supervivencia. A Sánchez le valió, pensará Díaz en su encrucijada entre San Telmo y el cadalso político que le preparan en la calle Ferraz de Madrid.

El coste político que tendría para PP, Cs y Vox que el PSOE continuara en el poder en Andalucía sería letal para sus futuras aspiraciones y lo pagarían probablemente en bloque. Por eso nadie apuesta por el suicidio frente a tanto rédito por aprovechar. Los tiempos están marcados y todo indica que la próxima semana se avanzarán detalles sobre la composición del nuevo Gobierno mientras se atemperan los ánimos de Vox, otorgándole el papel que ya tiene ganado en todo el proceso: colgarse la medalla de ser la llave del cambio en Andalucía. Un premio cuya importancia es tan apabullante que no va a desdeñar un partido relativamente nuevo, cuyas expectativas reales están en las elecciones generales y que tiene que demostrar cuánto de equivocado estaba el PP cuando en la campaña advertía de la inutilidad de los votos de Vox.

Fuera del Gobierno

Vox, con perspectiva, decidió voluntariamente no estar en el nuevo Gobierno andaluz y solo prestar su apoyo a la investidura para asegurar el cambio. Por tanto, rehusó a participar en la elaboración del programa de Gobierno que en Navidad pactaron PP y Ciudadanos. Intentar ahora reelaborar lo acordado no parece lógico.

Ahora Vox reclama un pacto específico a cambio de sus votos. Y lo hace tras acordar con PP y Cs su puesto en la Mesa del Parlamento, lo que demuestra que sus lamentos por el trato recibido no responden del todo a la realidad. Resulta extraño que Vox aceptara el acuerdo para que Ciudadanos presidiera la mesa y rechazara ahora la investidura de un presidente del PP, partido con el que ha mantenido un continuo contacto tras las elecciones y que asume ahora le peso de la negociación. Esta circunstancia hace sospechar de que Vox esté sopesando otros intereses, como generar desgaste a su principal competidor en las urnas, el PP. Intereses de cara a futuros procesos electorales de ámbito nacional ajenos a lo que es la gobernabilidad de Andalucía y su cambio político.

La llamada de atención de Vox amagando con no apoyar la investidura le ha valido como altavoz para difundir sus planteamientos sobre materias tan sensibles como la violencia de género. Ha generado debate y remarcado el hecho diferencial de su programa de cara a sus simpatizantes y potenciales electores. Es sintomático que lo haya hecho sobre los aspectos en los que choca directamente con el pacto de Gobierno y no sobre otros que vienen ampliamente recogidos en el acuerdo PP- Cs como la rebaja fiscal o el adelgazamiento de la administración. Vox necesita desmarcarse del futuro Gobierno incluso antes de que esté constituido, a pesar de que lo apoye, para destacar sus diferencias de marca.

Por eso va a alargar el proceso. No solo está colocando su mensaje, también está marcando el paso a los partidos de izquierda generando airadas reacciones. Incluso esta estrategia está abriendo discusiones internas en el PSOE donde algún sector empieza a dudar de la rentabilidad electoral que tiene dar tanta visibilidad a Vox después de lo ocurrido en las elecciones andaluzas. La controversia sobre aspectos de las leyes de violencia de género y el feminismo subvencionado solo ha sido el principio. La inmigración se atisba como su próximo caballo de batalla. Vox considera que está rompiendo el tabú sobre distintos temas sobre los que parecía haber un irreal consenso político y social.

Pero esa estrategia no condicionará el cambio. PP y Cs avanzarán el día 8 en la estructura de Gobierno. El 10 Moreno será propuesto como presidente. En manos de Vox, que seguirá negociando con el PP sus votos en la investidura, queda aguar la fiesta o sumarse a ella. En última instancia, podría incluso forzar una segunda votación, para terminar apoyando con todo o parte de su grupo «solo los votos necesarios» la investidura. De esta forma escenificaría sus diferencias con PP y Cs pero evitaría que le acusen de ser el colaborador necesario para que el PSOE mantenga el poder en Andalucía.

Lo trascendente

Mientras, el ruido de fondo sobre la negociación del pacto, que avanza al ritmo previsto, está soslayando la verdadera trascendencia del cambio andaluz. Resulta difícil sostener, como ha declarado el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, que es preferible repetir las elecciones que contribuir al «fraude» de un gobierno con «apariencia de cambio». Está claro que Ortega Smith no es de aquí. Solo el cambio de siglas en la gestión del poder andaluz después de cuatro décadas de monocolor socialista da a la palabra cambio un significado superlativo. El mérito será de los tres partidos que lo hagan posible. También el fracaso.