Ana Orantes, en el programa de Canal Sur al que acudió
Ana Orantes, en el programa de Canal Sur al que acudió - CANAL SUR
VIOLENCIA MACHISTA

Dos décadas del asesinato de Ana Orantes, que cambió cómo España se enfrentó al maltrato

Quemada viva tras contar en televisión que su marido llevaba 40 años dándole palizas, su final sirvió para concienciar de un problema hasta entonces silenciado

SEVILLAActualizado:

A Ana Orantes la mató hace 20 años su marido, quien la maltrató toda su vida y acabó quemándola viva en el patio de su casa de Cúllar Vega (Granada). Ana Orantes vivió el final de su vida a manos de su esposo, José Parejo Avivar, pero su muerte sirvió como el principio de un tiempo nuevo. Su horrible final fue el que por fin levantó el velo sobre una realidad silenciada: el maltrato a las mujeres, la violencia machista.

Esta mujer granadina selló su destino el 4 de diciembre de 1997. Entonces acudió a un programa de Canal Sur a contar cómo su marido le pegó desde el primer día y no paró en 40 años. Cómo le tiraba de los pelos, cómo la chocaba contra las paredes. Cómo en una ocasión le dio puñetazos en la cabeza hasta dejarla inconsciente y cómo la reanimó haciéndole el boca a boca solo para poder seguir pegándole, haciéndole daño. Tras una vida entera maltratada, con 15 denuncias a sus espaldas, ocho hijos, once partos y un loco por marido, se atrevió a ir a la tele. Si tenía que aguantar las palizas, por lo menos que el mundo lo supiese.

Los restos de Ana Orantes
Los restos de Ana Orantes- EFE

Ana tenía 60 años cuando acudió a Canal Sur. Se había casado con 19. «A mi padre no le gustaba. "Ese hombre a ti no te conviene, déjalo que no me gusta ese hombre para ti"», le dijo. No le hizo caso, explicó, y se casó amenazada. Pasó la primera noche en casa de su marido llorando, sin dormir. Le siguieron muchas noches así.

Recordaba perfectamente con todo detalle la primera vez que la bestia de su marido le pegó, al poco de convivir con él en casa de sus suegros. Le largó un bofetón que, pensó, le había partido la cara. «Chillé y llegó mi suegro». La defendió, pero la madre de su marido puso fin a esa ayuda. «Mi suegra le dijo a su marido que no se tenía que meter si me pegaba o me daba besos. Y ahí llegaron las palizas».

«He tenido once hijos. En la cuarentena él venía borracho y me daba una paliza. Porque estaba el vaso así, porque donde estaba la silla...». No acababa ahí el maltrato, que se extendía a sus hijas. «Él era salir de trabajar y meterse en el bar y jugar a las cartas -explicaba- y le gustaban las niñas de ocho años para arriba». Ana contaba que a sus hijas las tocaba y que una incluso intentó suicidarse por eso.

«Esto no es vida»

«A mi me daba una paliza y luego empezaba a llorar: "Anitilla, no va a pasar más, esto no es vida..." Yo lo creía porque tenía 11 hijos y no tenía dónde irme y tenía que aguantarlo. Me daba paliza sobre paliza», narraba en televisión. El marido, del que se separó, le pegó a ella, a sus hijos, tocaba a sus hijas... Ana sin embargo se había repuesto dentro de lo posible y, ya sola, quería ir a la escuela de adultos. Se alegraba de dar el paso de contar su drama. «Lo único que me pesa es no haber hecho esto antes».

Su testimonio, además de liberar a Ana del peso de una historia de años de palizas, sirvió para que España se pusiera de frente a un problema hasta entonces velado. Para que los malos tratos no fueran una historia del matrimonio que se vivía de puertas para dentro sino una vergüenza de la que se tiene que hacer responsable la sociedad y pagar el maltratador. Gracias a historias como la de Ana hoy hay una red de ayudas, pisos refugio, recursos para las mujeres maltratadas, un teléfono de denuncia (el 016) que no deja huella en la factura para que el maltratador no puede saber que la mujer pide ayuda. Ana murió quince días de la emisión de ese programa de televisión, pero al menos su vida sirvió para despertar conciencias.