Cerámica rota y remates destrozados como el de las fotografías son frecuentes en el recinto - KAKO RANGEL

La Plaza de España, de nuevo herida

Dos meses después de ser inaugurado, este majestuoso monumento en que se han invertido 9 millones de euros está degradándose. Sólo dos guardas la vigilan y además no tienen autoridad «ni para pedir el carné de identidad»

AMALIA F. LÉRIDA
SEVILLA Actualizado:

Elementos decorativos rotos, venta ambulante ilegal, la gran fuente central fuera de servicio, los aseos, también; la ría sin patos ni peces, no hay papeleras ni lugar para amarrar bicicletas; por la noche los jóvenes se agazapan en los edificios administrativos para hacer botellona; los titulares de los kioscos se quejan de que el cerramiento impide el paso de turistas e incluso hay una banda de rateros que se dedica a dar tirones de bolsos. Todo un panorama. Dos meses después de ser reinaugurada tras una inversión superior a los 9 millones de euros el monumento legado de Aníbal González está, de nuevo, herido.

Los dos guardas de seguridad que la vigilan de día y de noche, se muestran impotentes por su fragilidad, la de la cerámica y los flancos débiles que presenta un espacio tan grande para el vandalismo. No tienen autoridad ni siquiera para identificar a los vándalos.

«Yo soy como usted pero con uniforme», dice uno de estos trabajadores ilustrando con su aserto la nula autoridad que tiene para evitar conductas delictivas, por lo que el único recurso que les queda es llamar a la Policía. «¡Y ya vendrá cuando pueda!», indica.

Con solo dar un paseo por el entorno y sin esforzarse, saltan a la vista la cantidad de elementos que faltan, los destrozos y la ausencia de conservación del recinto rehabilitado, porque por el espacio perimetral a la ría que linda con los edificios administrativos —donde están los bancos de las provincias— parece que no ha pasado la mano restauradora a la que tanta publicidad se ha dado estos años atrás. En algunos tramos la balaustrada se cimbrea, los balaustres tiemblan a poco que los toquemos y las losas del suelo en algunas zonas se mueven como teclas de un piano.

En la ría, el agua ya se ha vuelto turbia y ni visos de los peces de colores y los patos que han conocido generaciones y generaciones de sevillanos. La fuente central no funciona. Ni chorros ni luces. La última vez, cuentan, lo que salió fue humo y hubo que llamar a los bomberos.

Tampoco hay papeleras por el muy concurrido recinto. Si queremos ser limpios y respetuosos debemos guardarnos las basuras en bolsos y bolsillos... y si aprieta la vejiga «¡Al bar Citroen!» como solución de urgencia más cercana, dicen los guardas, porque los servicios están clausurados.

La peocupación de los guardas no se limita a la conservación del espacio. También están alerta ante la presencia de una banda de descuideros que incluso ha dado ya algun tirón. Y eso que el monumento está flanqueado por la delegación y la subdelegación del Gobierno.

Venta ambulante

La reapertura no ha logrado tampoco erradicar del lugar la venta ambulante, con la mala imagen que ofrece. No faltan pañoletas, bufandas, abanicos y un sinfín de regalos típicos a precios de oferta que los vendedores ilegales exhiben en carteles hechos a la medida y hasta en un inglés de andar por casa y a los que ni la presencia de la Policía Nacional a caballo amilana. «¡Qué tenga un buen año agente!», saluda una vendedora que ha optado por un tendedero desplegable para colgar los mantoncillos «¡Igualmente, señora!», contesta el policía.

Menos familiaridad muestran con los que están fuera, en la avenida Isabel la Católica que son los que tienen todos los papeles y las bendiciones administrativas. Y los que pagan los impuestos. En total han habilitado diez kioscos con anclajes en el suelo y solo hay tres abiertos porque no venden un euro. El motivo no es otro que el impedimento que tienen los turistas para llegar a la avenida ya que las rejas que la flanquean impiden el paso de los autobuses, los cuales estacionan en un costado de la plaza por donde se bajan los extranjeros para acceder por la puerta más a mano para ellos que dan precisamente a la zona donde están los vendedores ambulantes. «Yo tengo este módulo de dos por uno —relata un vendedor autorizado— y pago al año 1.000 euros, más 251 euros al mes de autónomo, más 400 una vez de la licencia, más el dinero de la mercancía, del coche, del combustible y ¿para qué? ¿para que si ni siquiera quiten de allí a a aquella gente y abran esa cancela para que pasen por la avenida los autobuses como toda la vida de Dios? ¡Esto es una vergüenza!», se queja.

Cae la noche y se acerca el fin de semana. Los vigilantes temen la llegada de «niñatos» que se meten por los edificios administrativos y «tienen ahí un salón para ellos en los descansillos». «Usted me dice a mí con qué autoridad me enfrento yo a ellos si no tenemos ni un spray. Se saltan la verja o entran antes de que cerremos y se esconden y por la mañana se meten de recogida tras las noches de cogorza. Y eso que no ha llegado el verano y el buen tiempo. Verá, verá cuando llegue...»