El dolor de la Dama más alta
La Virgen de los Dolores en el siglo XIX - ABC

El dolor de la Dama más alta

El autor de «La Virgen de luto» recorre las muestras que el atuendo creado en 1575 dejó en las Dolorosas cordobesas

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Las imágenes que salen en Semana Santa viven inmersas en el tiempo y a medida que van pasando los ciclos litúrgicos cambian de forma de vestir, un proceso en los que no son ajenas las modas ni los usos. Por eso para hablar del origen habría primero que ir a un momento en que el tiempo se congele, a un cuadro. Está en la capilla de San Simón y San Judas de la Catedral y muestra a una Virgen de la Soledad en su iconografía más clásica, con los dedos entrelazados y vestida de blanco y negro. Esta es una de las imágenes que pueden marcar el origen, el primer punto en la evolución de la forma de vestir a las imágenes marianas, porque con toda propiedad, es una Virgen de luto.

Eduardo Fernández Merino ha atraído la atención de miles de cofrades de toda España con un libro que se titula precisamente así, «La Virgen de luto», y en el que analiza la forma de vestir a las dolorosas de la Corona de Castilla (donde también estaba entonces Andalucía) en el siglo XVI. La obra, que se puede adquirir por internet a través de un interesante perfil de Facebook, analiza numerosos ejemplos cordobeses, entre ellos esta Virgen de la Soledad que sirve de paradigma de una forma que es tronco de la que salen todas las demás.

La historia de ataviar a la Dolorosa arranca casi al mismo tiempo que la propia celebración de la Semana Santa, en el año 1575, cuando el escultor Gaspar Becerra realizó una Dolorosa arrodillada a los pies de la cruz por encargo de Isabel de Valois, tercera esposa del rey Felipe II. «Hasta entonces lo frecuente era mostrarla de azul y carmesí, el que llevaban las casadas hebreas», pero para entonces se quiso poner a la Virgen de luto, para mostrar su dolor por la muerte de Jesús.

Fue entonces cuando la camarera mayor de la Reina, María de la Cueva y Álvarez de Toledo, tuvo la idea de vestirla a la manera de las viudas nobles de la corte, porque en cierto modo, pensó que también podía guardar el luto de toda la Humanidad por Cristo. La ropa era un manto negro, una saya del mismo color y un tocado blanco, que cayese sobre la saya. Es el vestido conocido como «monjil». Desde aquel momento, ahí estaba la norma para vestir a las Dolorosas, como cuenta Fernández Merino, y así se ve en el cuadro de la Catedral de Córdoba, en que la Virgen está arrodillada y con las puntas del manto unidas en un lazo.

A través de grabados y estampas se difundió casi instantáneamente y llegóa todos los territorios de la Corona de Castilla. Eduardo Fernández Merino ha analizado varios ejemplos cordobeses, pasados y futuros. En la iglesia del convento de las Capuchinas se conserva un cuadro de la Virgen de las Angustias, seguramente del siglo XVII, y donde la imagen aparece con esta forma de vestir. «Ya hay algunas variantes, como los encajes y plisados», afirma Eduardo Fernández Merino, que se detiene además en el manto bordado, con rica greca y estrellas, y hoy perdido. La Virgen lleva además una prenda, dos cintas que caen desde el cuello y que se ha identificado tradicionalmente con la estola sacerdotal. Incluso la autoridad diocesana llegó a prohibirlas, pero el autor ve un error: «Era una prenda femenina que entonces se utilizaba mucho».

En esta línea está también la Dolorosa del Señor de la Caridad, que luce a la perfección el atuendo. ¿El color azul del manto? «Puede ser una alteración por el paso del tiempo», dice mientras repara en las ligas negras en las muñecas para sujetar la toca.

La forma de vestir a la Virgen cambió con la llegada de los Borbones en el siglo XVIII, pero el tronco seguía ahí. Eduardo Fernández Merino se detiene después en algo casi inmutable: el atuendo de la Virgen de los Dolores, configurado ya a partir de esos años, pero que conserva todavía algo de la época anterior.

Fernández Merino ha estudiado los grabados antiguos, en los que la Señora de Córdoba viste así, y todavía conserva el recuerdo del monjil en la forma de colocar el manto y el jubón en punta. El rostrillo enjoyado, apunta, es la evolución de los antiguos tocados blancos, según una investigación que fructificó también en conferencias, una de ellas en Córdoba el pasado otoño.

La Virgen de las Tristezas y la de Todos los Santos de la Trinidad también conservan parte del estilo, con una toca de blanco encaje cayendo sobre la saya. Los siglos pasaron, pero de aquel luto del siglo XVI quedó en Córdoba un poco más que una moda.