José Manuel de Bernardo Ares: «Estamos desnortados»
José Manuel de Bernardo Ares, catedrático de Historia Moderna - valerio merino
Catedrático de Historia Moderna

José Manuel de Bernardo Ares: «Estamos desnortados»

La historia, sostiene el profesor De Bernardo Ares, es el estudio del pasado para comprender el presente y prever el futuro. ¿Qué futuro? A su juicio, un porvenir sombrío marcado por la ausencia de valores

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Cómo será de metódico este catedrático de Historia Moderna que nada más adentrarnos en su impoluto despacho ya nos pidió disculpas por el desorden. ¿Qué desorden? Los libros, los documentos, los bolígrafos, las carpetas, todo guarda una escrupulosa disposición en el departamento que ha ocupado durante décadas. «No somos expertos en sociología, ni en economía, ni en política, ni en cultura», reflexiona nada más comenzar la entrevista, «pero tenemos que saber de todo eso». «El derecho me gustaba mucho por la precisión», abunda, «y, como soy un poco idealista, la razón de hacer historia es que me daba una mayor visión de la persona humana en su devenir histórico».

-¿Qué es un idealista?

-El idealista es el que sabe que la vida es tremendamente conflictiva pero piensa que siempre hay una luz que te permite orientar el futuro.

-¿Se puede ser idealista con la que está cayendo?

-Yo creo que sí. Ser idealista es tener coraje para luchar por intentar salir de los conflictos.

-¿Y cuál es el reto del ser humano hoy?

-Las ciencias sociales tratan del ser humano y de cómo resuelve sus problemas. Hoy están muy descuidadas y ahí es donde está la salud cívica. La crisis bancaria es un problema gravísimo pero para un historiador es «pecata minuta». Con un buen reglamento y una buena actuación judicial se resuelve en un santiamén. Lo que no se resuelve en un santiamén son los valores. El mundo axiológico. Si no tienes responsabilidad, cultura del trabajo y ética no hay manera de resolver los problemas.

-¿De eso cómo andamos?

-Muy mal. Para mí, la crisis de nuestro tiempo es una crisis de valores. Estamos desnortados, todo vale, no hay respeto, no hay capacidad de diálogo, no hay esfuerzo personal.

-¿Y qué nos enseña la historia?

-La historia nos enseña el disparate del género humano en el pasado.

-La del hombre es la historia del disparate.

-Yo creo que sí. Por poner un caso: se utiliza que unos pobres niños han sido gaseados en Siria para resolver problemas de industria militar o estrategias de zona. Si los dirigentes tuvieran ética no harían esos disparates. Poder y corrupción son cara y cruz de una misma moneda.

-Para ser un idealista tiene una visión devastadora de la sociedad.

-No es devastadora, es una visión realista. El historiador conoce lo negativo y lo positivo, y tiene armas para poder buscar una salida.

-Para un idealista, ¿cualquier tiempo pasado fue peor?

-Lo que hay que vivir es el presente. Ahora que estoy cerca de los 70, le puedo decir que tengo las mismas ilusiones que cuando tenía 20 años.

-El paso del tiempo no le intimida.

-En absoluto. Dentro de poco me jubilaré y tendré la misma ilusión. Desde el punto de vista académico he alcanzado el cénit: ser catedrático. Antes y ahora he tenido la misma característica: trabajo, trabajo y responsabilidad.

Así, con esta vitalidad desbordante, arma un discurso a caballo entre la esperanza y una mirada particularmente severa sobre la historia del ser humano. Quizás porque la biografía de José Manuel de Bernardo Ares (Puentedeume, La Coruña, 1945) se cimentó sobre una familia de labradores que cultivaron su carácter con los valores del sacrificio personal. «Cuando manifesté que quería estudiar, mis padres objetaron que no tenían dinero. Entonces llegó una tía mía y dijo: «Este niño va a estudiar porque vamos a ayudar toda la familia». Eso ha sido para mí impagable. Me fui a Santiago a hacer el bachillerato y el primer año costaba 6.000 pesetas, pero a partir de los 14 tuve siempre beca. Yo tenía que devolverle a mis padres su enorme esfuerzo», sostiene. Y agrega: «En mi casa nunca vi una polémica. Toda la familia venía a contar sus problemas y aquí siempre encontraban diálogo. Eso lo he mamado desde los 4 años. Yo no entiendo la vida sin diálogo, sin afecto y sin respeto».

Posteriormente estudió en Salamanca y finalmente completó sus estudios de historia en Valencia, donde se concentraban los discípulos de Jaume Vicens Vives, uno de los grandes especialistas de los sesenta. Fue entonces cuando el profesor José Manuel Cuenca Toribio le sugiere que con sus condiciones académicas se adentre por el terreno de la investigación. En 1975 logra plaza en la Universidad de Córdoba, donde desde entonces ejerce de andaluz adoptivo con indisimulado orgullo. «Me gustó la capacidad poética del andaluz, su espontaneidad y su creatividad», declara.

-Dice usted que la historia es el análisis del pasado para comprender el presente y prever el futuro. ¿Qué nos espera, pues?

-El futuro ha tocado fondo en valores. El desconcierto es generalizado. Los que creen en Dios no entienden lo que es la caridad. Los que son inmanentistas no entienden la alteridad. En este mundo hay yo, después yo y siempre yo. Eso es una antropología suicida. Tenemos que cambiar la antropología del egocentrismo por una antropología del otro.

-El egocentrismo es un mal de siempre.

-De siempre. Por eso digo que tenemos que hacer una revolución antropológica. Ya está bien que yo me preocupe de mi ombligo.

-¿Qué dirá la historia de nosotros?

-Será una historia muy negativa. Estamos absolutamente desnortados: las instituciones, la política, la sociedad, todo. Tenemos que dar un viraje de 180 grados sin echarle la culpa al otro.

-Una percepción muy negativa de nosotros mismos en la España más democrática y acomodada de la historia.

-Primero: no hay tal democracia. Hay una especie de clientela partitocrática. A los políticos les interesa el oficio, no el servicio.

-¿El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra de la historia?

-Tres y cuatro. La conciencia cívica no es posible sin conciencia histórica.

-Usted ha estudiado la corrupción política en la Córdoba de Carlos II. Díganos, por favor, que hemos mejorado algo.

-En absoluto. Nada. Tan grave era la corrupción entonces que fuimos intervenidos por la chancillería de Granada. Mandaron a dos letrados y cancelaron toda la organización política.

-A ese nivel no hemos llegado todavía, ¿no?

-Sí, sí. Antes el servicio público era patrimonializado. El concejal compraba el oficio y estaba justificado que de alguna manera se beneficiara. Eso no existe ahora, por eso está menos justificado.

-Usted ha declarado que la Córdoba de hoy ha cambiado poco con respecto a la agraria y elitista de hace cuatro siglos.

-Muy poco. Sigue siendo una ciudad ruralizada. Los elementos básicos que implicarían una transformación sería una industrialización con aplicación de las nuevas tecnologías y Córdoba está a años luz.

-También ha dicho: «Tenemos mentalidad de señorío». Menudo repaso.

-Aquí entiendo el señorío no como una cosa negativa sino como realidad histórica. Dos tercios de Córdoba era tierra señorial. Ahora se ha vulgarizado negativamente: señorito, el que vive de rentas sin trabajar. Y desgraciadamente se encuentran señoritos hasta debajo de la manta de tu cama.

-El profesor de la UCO Enrique Aguilar declaró: «El senequismo cordobés es un mito». ¿Está usted seguro?

-La filosofía de Séneca era de aceptación del contrario pero no para cruzarte de brazos. No podemos decir esto es lo que hay y me conformo.

Sin educación

Está convencido del poder transformador de la educación. De su importancia vital para alcanzar una sociedad democrática plena. «Cuando Rousseau escribió el Contrato Social, le preguntaron si creía que podría aplicarse algún día. «No», contestó el filósofo francés. «Yo he escrito una utopía. Para que se exprese la voluntad general y haya democracia la gente tiene que estar educada», agregó Rousseau. «Y no lo está», puntualiza De Bernardo. «Aquí estamos en un ámbito universitario y la gente bien educada no supera el 5 por ciento. Incluyendo a profesores y alumnos. De qué me sirve saber mucha física si humanamente soy una piltrafa», se pregunta secamente.

-¿Nos gobiernan los mejores?

-En absoluto. Salvando excepciones, que las hay, a veces nos gobiernan los peores y me atrevería a decir que en un porcentaje del 80 por ciento.

-¿La democracia es el menos malo de los sistemas?

-Es el único que tenemos. El sistema educativo es la salud de un pueblo y es lo que menos se cuida.

-¿Qué es un buen sistema educativo?

-Los cuatro elementos del sistema educativo no funcionan: alumnos, profesores, sociedad y material de trabajo. No tenemos ni dinero para una botella de agua. El profesorado es un desastre: hay excelentes pero son los menos. Profesores que se van al médico en horario lectivo o no se preparan las clases. Generalizado. El alumnado no tiene cultura de trabajo ninguna. No escucha y poco. Y la sociedad dice que no es problema suyo: que es del profesorado. ¿Quién tiene más culpa? No sé.

-Por cierto, ¿los políticos mandan?

-Son intermediarios entre fuerzas poderosas que no dan la cara. El mundo económico es básico, absolutamente condicionante.