«El cordobés tiene 15 cosas que son Séneca puro y 200 que no»
Miguel Rodríguez Pantoja, en el patio acristalado de la Facultad de Letras
Miguel Rodríguez PantojaCatedrático de Latín y experto en Séneca

«El cordobés tiene 15 cosas que son Séneca puro y 200 que no»

Ahí lo tienen. El senequismo cordobés, ese arquetipo que hemos construido durante siglos en torno a la figura del escritor romano, reducido a la nada. Pantoja deshace éste y otros mitos de Séneca

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EMPECEMOS con un detalle aparentemente superfluo. En el despacho del profesor Rodríguez Pantoja hay, cómo no, un cartel con el busto de Séneca. Pues bien: no es Séneca. Es un error. Otro más de los innumerables equívocos que pueblan la biografía de este filósofo que forma parte del ADN de Córdoba. Estamos, por tanto, en el departamento de uno de los máximos expertos en la figura de este influyente personaje. Y nada más empezar, el catedrático ya nos corrige: «Séneca no era un filósofo». Otra confusión más. Veamos, entonces, qué hay de cierto en la obra de un escritor romano que aún hoy sigue asociado a la identidad común del cordobés.

—Séneca era un estoico un poco raro. Tenía una gran percepción de la filosofía, pero no era un pensador, sino que buscaba unas normas de vida adecuadas. No crea doctrina y aunque son cientos las sentencias que se le atribuyen muchas, en realidad, no son suyas. Llegó a ser uno de los más ricos del mundo porque su familia era propietaria agrícola, aunque siempre alertó que no se podía ser esclavo de la riqueza. Era un hombre de salud frágil y fue preceptor de Nerón.

—Un intelectual del régimen.

—Su padre era muy ambicioso en política y una tía suya era la mujer del gobernador de Egipto, que influyó para que en Roma desempeñara cargos públicos. Fue desterrado a Córcega por influencia de la primera mujer de Claudio y lo recuperó otra mujer, Agripina, para agraviar a Mesalina. Fue contratado como maestro de Nerón y mantuvo esa idea de moderación y de renuncia a los placeres superfluos. No iba ni a los baños públicos porque el agua caliente era demasiado placer.

—A las bacanales romanas ni caso.

—No debían de gustarle, no.

—¿Y qué es el senequismo cordobés: un cliché o una soberana estupidez?

—Si uno quiere meter una cosa en un molde siempre cabrá algo. Hay 15 cosas que son Séneca puro. Vale. Y doscientas que no. Séneca es de origen agricultor y mesetario, y Córdoba ha sido aglutinante de gente del campo. Eso condiciona mucho. Dependes del clima, de algo que no puedes controlar. Y eso es una filosofía estoica, de la moderación, de la resignación. No creas que por ser rico vas a vivir mejor. Por lo tanto, no te esfuerces mucho.

—Senequismo por resignación.

—Más bien por apatía. La falta de iniciativa es propia de Andalucía y Córdoba en particular. Se puede vivir bien con no demasiado. Si me meto en esta aventura, ¿voy a mejorar? Es una forma de vida planteada en ese sentido: cierta tranquilidad, cierto pasotismo.

—¿De qué nos salva la apatía?

—Del estrés, que es un gran mal.

—¿La apatía lleva al conservadurismo?

—A la inercia. Lo de conservador tiene connotaciones distintas. Yo vengo de una ciudad, Sevilla, donde un saludo normal es «tío, ¿has visto qué bonita está hoy la Giralda?». «Tío, igual que ayer». Córdoba no sabe valorar lo que tiene hasta que se le amenaza.

—¿Y Séneca tiene mucha culpa de eso?

—Creo que no. Entre otras cosas, ¿quién ha leído a Séneca hoy en día? Si ahora nos ponemos a buscar coincidencias de Séneca con los alemanes pues encontraremos también.

—¿Qué tópicos sobre él no soporta?

—Es una figura poliédrica y compleja. El único de los grandes escritores latinos que cultivó con pericia prosa y verso.

—Dice la Wikipedia: «Séneca vivió en una sociedad decadente que había perdido sus valores y se trastocó al buscar el placer de lo material». ¿Le suena?

—El mundo está siempre en ruptura. Le tocó vivir el salto del régimen republicano, paradigma de buen gobierno. Para ser cónsul había que haber demostrado competencia previa en funciones de gobierno: edil, militar, pretor y cuestor. Si eso se le pide hoy a un político nos quedamos solos.

—¿Nos gobierna la incompetencia?

—Parte de incompetencia hay. Es verdad que entonces había una crisis moral. Pero crisis moral ha habido siempre. Séneca era un hombre con gran cabeza y pies en el suelo y hablaba de corrupción, de falta de honestidad.

—Nada nuevo bajo el sol.

-Nada nuevo.

—Faltan «sénecas» en este mundo confuso?

—Probablemente, sí. Gente que piense y trate de influir. Séneca se vació tratando de meter en vereda a Nerón y se la jugó. Hasta el punto de que fue obligado a suicidarse. Fue todo lo honesto que puede ser un político, que no siempre es mucho.

Miguel Rodríguez Pantoja (Madrid, 1945) es un defensor sin concesiones del latín. Justamente hoy que las humanísticas se baten en retirada arrolladas por las carreras técnicas. Quizás por eso lanza por delante un experimento muy ilustrativo, que consistió en meter a chicos negros y blancos en un mismo curso. Los negros estudiaban latín dos años y luego informática. «Y observaron, con gran sorpresa, que el peor negro era mejor que el mejor blanco. Hay una lógica creativa que encaja muy bien con la informática», sostiene Pantoja.

—¿Y para qué sirve el latín?

—Yo diría que para nada. Pero hasta las culturas más primitivas llevan algo inútil en el cuerpo. Es lo que hace que el hombre sea algo más que una máquina. Yo estoy convencido de que la derrota del castellano, que va en picado, es en parte porque se ha perdido el estudio del latín.

—Es una lengua en expansión.

—Es una paradoja. Es el patrimonio más importante que tenemos y se está degradando. También hay esta obsesión por el inglés.

—¿Y qué culpa tienen los docentes?

—Bastante. Ahora mismo en el Rectorado hay dos becas para estudiantes que corrigen el estilo de los escritos que se generan. Ya eso dice mucho.

—¿Qué se aprende de lo inútil?

—Lo que parece más inútil es lo que uno se toma como algo propio. Lo aprendo porque quiero no porque me obligan.

—Usted reivindica lo inútil.

-Lo inútil entre comillas. Aparte de que el latín me da de comer, me ha dado una parte de felicidad.

—¿Todo está en los clásicos?

—Casi. El ser humano no ha cambiado.

—El arqueólogo Desiderio Vaquerizo declaró: «Hemos destrozado mucho y seremos terriblemente juzgados». ¿Quien ignora la historia está condenado a repetirla?

—Y quien no también. Eso es lo malo.

—Somos incapaces de aprender.

—Se puede aprender, pero se olvida.

—¿La Córdoba romana es la damnificada del mito de las tres culturas?

—Sí. Lo de las tres culturas es una verdad muy relativa. Siempre hay una que manda. Al Andalus no hubiera sido posible sin la cultura grecorromana. Fueron los primeros del mundo occidental, pero no por ser musulmanes sino por ser andalusíes, que no es lo mismo. Tenían una tolerancia, una capacidad para asumir lo que de bueno había en otras culturas. Esa es la clave.

—¿Y qué nos queda de todo aquello?

—Mucho menos de lo que debiera. De Andalucía nunca se ha echado a nadie. Todos han dejado cosas buenas: romanos, fenicios, griegos, musulmanes, castellanos. Pero no se nota.

—En este mundo utilitario, ¿lo que no se mide en dividendos no sirve?

—Eso es verdad. Y ha llegado hasta un ministro de Educación que ha dicho que la gente estudie lo que le va a dar de comer y no lo que le gusta, lo cual me parece un gravísimo error.

—Vivimos bajo la tiranía de la técnica.

—Porque queremos. Hay cosas, por ejemplo la medicina, donde mientras más técnica mejor. Pero nos estamos haciendo esclavos de la tecnología. Ya hay un mando que hasta te abre las persianas. ¿Para qué quiero yo eso?

—¿Hacia dónde va la UCO?

—No va por mal camino. Hay una calidad media aceptable y sigue habiendo varios centros punteros.

—¿Y qué nos dejaron los romanos?

—Nos dejaron una cultura. Una forma de entender el mundo tan fuerte que consiguió impregnar a los musulmanes y que tras ocho siglos de dominación siguiéramos hablando una lengua latina.