El día que Colón remontó el Guadalquivir
Tumba de Cristóbal Colón en la Catedral de Sevilla - ROCÍO RUZ

El día que Colón remontó el Guadalquivir

Hace 115 años, un 19 de enero, los restos del Almirante recalaron en Sevilla para su entierro definitivo en el túmulo de la Catedral: su sexto enterramiento conocido

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Cristóbal Colón, el almirante de la mar océana, nunca remontó en vida el Guadalquivir desde Sanlúcar hasta los muelles fluviales de la ciudad que fue metrópolis de la carrera de Indias. O al menos no queda ninguna evidencia de que un navío a su mando lo hiciera. Sí lo hizo casi a los cuatro siglos de su muerte, tal día como hoy 19 de enero hace 115 años, a bordo del yate «Giralda».

No era la primera vez que los restos de Colón venían a Sevilla. A un primer enterramiento en Valladolid en 1506, le siguió la primera exhumación del cadáver a los tres años por decisión de su hijo, el de la fabulosa biblioteca que legó a la ciudad donde se afincó. Aquí, el descubridor de América reposó en la isla de la Cartuja donde la leyenda identifica el ombú plantado por Hernando Colón como el sitio de su enterramiento, que fue de todo menos definitivo por los siglos de los siglos.

Colón había expresado en vida el deseo de que su tumba estuviera en la isla de La Española, la tierra americana que más amó de cuantas tocó en sus viajes descubridores, hoy repartida entre los estados de la República Dominicana y Haití. Y allá que envió su nuera María de Toledo los huesos de Colón hasta Santo Domingo, en cuya catedral reposaron desde 1537 hasta 1795 en que sufren una nueva exhumación ante la inminencia del traspaso de la isla a dominio francés en cumplimiento del tratado de Basilea que había puesto fin a la ocupación francesa de Cataluña y las Vascongadas.

De Santo Domingo, los restos mortales de Colón viajaron a La Habana, donde estuvieron algo más de un siglo hasta que la independencia cubana de 1898 obligó a pensar en otro destino para el esqueleto del Almirante.

Rumbo a Sevilla

En Sevilla se había quedado también el túmulo que el escultor Antonio Mélida había iniciado en 1891 con destino a la catedral habanera a fin de conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América honrando a su artífice con un monumento funerario digno de tal honor. Pero la emancipación de la Perla del Caribe dejó en tierra el catafalco de piedra y bronce, que el cabildo catedral mandó instalar en el brazo sur del crucero, justo por delante de la puerta del Príncipe o de San Cristóbal, por el gigantón pintado al fresco por Mateo Pérez de Alesio en 1584.

Se dispuso todo para el que es hasta ahora última morada de Colón. El 19 de enero de 1899, el crucero Conde del Venadito trajo el féretro que contenía los despojos del «virrey de las nuevas tierras que se conquistaran», traspasado al aviso Giralda para que hiciera éste su entrada en la ciudad.

Antes de la hora prevista para la arribada del barco, una muchedumbre -«abigarrada», que era el epíteto de las crónicas de la época como ahora lo es el «marco incomparable»- ocupaba el embarcadero justo delante del palacio de San Telmo, donde se habían erigido dos pabellones efímeros profusamente adornados con gallardetes, escudos y grímpolas para las autoridades.

Cañonazo de saludo

«A las diez y veinte minutos apareció por el primer tramo del río el gallardo buque, el cual saludó con un cañonazo, viéndosele aproximar al muelle hasta quedar atracado al borde de la escalinata donde se habían adelantado las autoridades con el señor duque de Veragua y con el notario que había de dar fe de la entrega», relataba José Gestoso en el número 892 de «La Ilustración Artísitca».

El duque de Veragua como descendiente directo del Almirante de la Mar Océana y el notario Rodríguez Palacios para levantar acta de la entrega de la caja de hierro, «dorada a sisa o con purpurina». con unos ligeros adornos negros y una inscripción en la tapa: «Aquí yacen los huesos de D. Cristóbal Colón, primer almirante descubridor del Nuevo Mundo. R.I.P.A.»

Cuatro marineros sostuvieron la caja mientras el deán, revestido de capa pluvial, entonaba las preces de rigor antes de depositar el ataúd sobre un armón de artillería para su traslado a la Catedral. La comitiva se puso en marcha con una sección de la Guardia Civil a caballo abriendo paso, seguida de una batería de cuatro piezas, el regimiento de infantería Granada, frailes carmelitas y franciscanos, el clero parroquial con cruces y el cabildo catedral presidido por el deán.

Las cintas del armón las llevaban los generales conde de Peñaflor e Iriarte y los coroneles Parra e Iriarte. Detrás, las comisiones civiles y militares con el duque de Veragua de doliente a la cabecera del duelo como representante del Gobierno, junto al marqués de Villapanes en representación del Rey; el arzobispo Marcelo Spínola; el capitán general Ochando; el gobernador civil Lasa; el alcalde Heraso; el comandante de Marina y el regimiento de caballería Alfonso XII.

En la Catedral se ofició una solemne misa de réquiem compuesta por Hilarión Eslava «que resultó ser de una imponente grandeza» tras la cual la caja fúnebre fue depositada en la cripta panteón de los arzobispos de Sevilla, donde quedó hasta su último traslado al túmulo.

En busca del ADN

Pero aun habrían de sufrir un trasiego más los huesos de Cristóbal Colón, a los que se practicó la prueba del ADN mitocondrial para averiguar cuáles de los restos -los de Sevilla, los de La Habana o los de Santo Domingo- eran auténticos en vista de que las tres ciudades reclamaban albergar la tumba del descubridor. Finalmente, un equipo del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada certificó en 2006 que «definitivamente» los huesos del templo hispalense correspondían a Cristóbal Colón tras compararlos con los de su hijo Hernando y su hermano Diego, enterrado en la capilla de Santa Ana del monasterio cartujo.

Lo que queda en Sevilla del gran marino es apenas un 15% del esqueleto y en muy mal estado de conservación por la humedad del subsuelo de la Catedral. Tendría que ver que todavía ése no fuera el lugar de descanso eterno de Colón. Durante algún tiempo, autoridades civiles y del Consejo de Cofradías acariciaron la idea de mover el monumento mortuorio para permitir la entrada de pasos por la puerta de San Cristóbal para aumentar el trayecto de la carrera oficial. Sería el último viaje de Cristóbal Colón, que hace 115 años remontó el Guadalquivir.