«Ana de Austria, reina de Francia», de Rubens. Detalle
«Ana de Austria, reina de Francia», de Rubens. Detalle - MUSEO DEL PRADO
EL AUTOR Y SU PERSONAJE

Ana de Austria, Infanta de España y Reina de Francia

Casada con el Rey Luis XIII, fue una mujer culta, entusiasmada por el teatro, la música y por su legado español, que trasmitió con vigor a sus hijos, Luis y Felipe

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Hija de Felipe III y de Margarita de Austria, Ana María Mauricia de Austria nació en Valladolid el veintidós de septiembre de 1601, y creció en un hogar feliz los esplendores del Imperio español, admirado y temido en toda Europa. Sus tercios eran considerados invencibles, las cortes europeas ansiaban aquellos productos novísimos, que llegaban de las fabulosas Indias, y el teatro y la literatura florecían en un siglo que recibió años más tarde el nombre de Siglo de Oro. Era solo una niña, tenía trece años, cuando llegó a Fuenterrabía para pasar a la Isla de los Faisanes en el río Bidasoa, y salir hacia su nuevo país. Su ya cuñada, Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII, que se encaminaba hacia Madrid a desposarse con el hermano de Ana, el Infante Felipe, no pudo contener las lágrimas en la despedida y el embajador español, Íñigo de Cárdenas, le reprendió: ¡Vamos, vamos, Princesa de España! Ana de Austria se encaminó valiente hacia su destino. En las afueras de Burdeos, donde se celebrarían los esponsales el veinticinco de noviembre, pudo vislumbrar a su esposo. Un joven delgado, moreno, le gritó desde la portezuela de su carroza: ¡Estoy de incógnito! Y desapareció. Era tan joven como ella, huidizo e inseguro. La noche de bodas se desarrolló en el inhóspito y húmedo palacio arzobispal de dicha ciudad.

No fue un matrimonio feliz, ni de entendimiento. Ana llegó a un París minado por las intrigas de los poderosos personajes de la corte, o de aquellos que críen serlo, como el Mariscal de Ancre, que pagó con su vida su mal juicio. Sin embargo, fue el ajusticiamiento de la esposa de éste, Leonora Galigaï, acusada de brujería, lo que marcaría la memoria de aquella adolescente. Privada de todo poder y decisión, se limitó a observar su entorno, lo que será de suma utilidad cuando llegue a la regencia en 1643.

Desamor

El desamor en su matrimonio le hace sentirse amenazada, sobre todo cuando pierde el hijo que esperaba, el ansiado heredero, el Delfín de Francia, en un desdichado accidente el catorce de marzo de 1622. Sufrió con dolor otros abortos, en medio de una Francia convulsa por las guerras de religión, con el temido recuerdo de la Noche de San Bartolomé; la rebelión de su amigo Montmorency, y las conspiraciones del conde de Chalais y del marqués de Cinq-Mars contra el poder omnímodo del primer ministro, el gélido y astuto cardenal Richelieu.

En 1625, el duque de Buckingham es nombrado embajador extraordinario para los esponsales de Enriqueta, hermana de Luis XIII, con el monarca inglés Carlos I. Era Georges Villiers el hombre más seductor de Europa, y su magnificencia asombraba en todas las cortes. Y se enamoró perdidamente de la mujer más bella, la Reina de Francia, lo que convulsionó la triste vida de Ana. El escándalo y el rencor del Rey, debidamente aprovechado por Richelieu, persiguió a Ana durante años.

Entre las maquinaciones sufridas por la Reina, una de las más peligrosas es el llamado Asunto de las Cartas. Desde su retiro del monasterio de Val-de-Grâce, que goza de su protección, escribe cartas a su familia, que se convierten en correspondencia con el enemigo. Ana es juzgada y se le acusa de traición.

En una noche de tormenta, Luis le pide refugio en sus apartamentos, pues los del Rey no estaban preparados. Al poco tiempo, Ana comprueba que está embarazada. Y se prepara para Renacer como el Sol. (Nota Baltasar Gracián, El Arte de la Prudencia, Aforismo 81) siguiendo el consejo de su compatriota Gracián. Al nacimiento del Delfín en 1638, seguirá dos años más tarde el del segundo varón, Felipe, que garantizan la sucesión de la corona.

Ambiciones

En los días anteriores a la muerte de Luis XIII en 1643, Ana, que era considerada indolente y escasa de luces por su marido y por la corte, desarrolla una campaña de promesas y compromisos con los poderosos, utilizando sus ambiciones para entablar acuerdos que le permitan una regencia sin cortapisas. Un brillante personaje entra en la escena de la política europea, Giulio Mazarino. Actuaba ya en el entorno del Rey, pues Luis XIII le había nombrado padrino de bautismo del Delfín, inquieto el monarca ante la inminente orfandad de su hijo. Ana, ante el asombro de unos y la cólera de aquellos que aspiraban al puesto, le designa primer ministro. La habilidad, astucia y finezza de Mazarino guiarán a la regente, que se revela una magnífica alumna.

El 19 de mayo, Francia obtiene en Rocroi una estruendosa victoria frente a las, hasta entonces, invencibles tropas españolas. La memoria de los franceses guardará la imagen de los soldados españoles que luchan hasta el fin parapetados detras de un cuadro de picas. (El ejército hispano había perdido dos años antes a un gran capitán, el Cardenal-Infante don Fernando).

Arduo fue el camino de la regente para salvaguardar la corona, pero el convencimiento de que ese era su deber y la razón de su existencia, le hará atrevesar uno de los conflictos más turbulentos de la historia de Francia, La Fronda. Y durante un largo periodo deberá hacerle frente sola, pues la situación política le fuerza a enviar a su primer ministro al exilio.

Ana fue una mujer culta, entusiasmada por el teatro, la música y por su legado español que trasmitió con vigor a sus hijos. Fue tambien una educadora atenta e innovadora, en una época en la que las personas de la realeza delegaban esta instrucción en tutores y damas de palacio. Ella observó las consecuencias en la política gala de la mala relación de su esposo, Luis XIII, con su madre María de Médici, que acabó huyendo y buscando protección en tierras españolas, Flandes. Por tanto, decidió desde los primeros meses de vida de los príncipes, ocuparse directamente de ellos. Y de su formación.

Amor por el teatro

Su hermano Felipe IV, el Rey Planeta, comenzó la construcción de un palacio, El Buen Retiro, que albergaría la pintura de los artistas más relevantes de su época, Maíno, Zurbarán y Velázquez; y unos jardines de raigambre española que inspirarán a Luis XIV.

Iniciada en el amor al teatro en la corte de Madrid, siempre favoreció el arte de Talía. Fue admiradora, y protectora, de Corneille, sobre todo de El Cid, y acudió a sus representaciones con asiduidad. Amó las primeras obras de Molière, que su hijo Luis adoraba, pero cuando inició en su obra Tartufo sus aceradas críticas hacia el Partido Devoto, en el que ella contaba con tantos amigos, Ana desaprobó que Molière se burlara de la virtud y la honradez.

En 1660, con la boda de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de su hermano Felipe IV, Ana culminó dos de sus más anhelados objetivos: el matrimonio de su hijo con una Infanta española y la ansiada paz, la Paz de los Pirineos, que acabó con las hostilidades entre sus dos amados países. Esta Infanta de España y Reina de Francia, que tuvo la regencia en sus manos y se retiró con innegable discreción, muere de cáncer el veinte de enero de 1666, dejando un país en paz y encaminado hacia la grandeza. Luis XIV, ante el lecho de muerte de su madre, profirió una frase que la define: «El vigor con el que esta princesa luchó por mi corona en los años en los que todavía yo no podía actuar por mí mismo fueron para mí la prueba de su amor y de su virtud».