El fenómeno Verdi

Actualizado:IL TROVADORETeatro Real. Madrid

Tiene razón Francesco Izzo cuando explica que «Il trovatore» encarna la ópera italiana con todas sus maravillas, clichés y paradojas. La representación que anoche se vio en el Teatro Real lo demostró con creces gracias a un público que aplaudió entusiasmado desde el «racconto» de Ferrando al sueño de Azucena.

Bravos, piropos y alguna que otra mano marcando la trepidación de los ritmos finales jalearon al primero de los tres repartos que los próximos días interpretarán la ópera de Verdi, consiguiendo reunir a algunos de los cantantes que, con más valentía, defiende actualmente el título por el mundo entero. Voces con peso y volumen, acentos desgarrados, exterminio de la finura… en el aire pesaba el pensamiento del propio Verdi cuando decía que había que cantar la obra con el diablo en el cuerpo.

Se ve que el maestro de Le Roncone lanzó a hablar sin darse cuenta que es precisamente el maligno quien carga las palabras y que la pasión, el arrebato, la entrega, la fiereza y la intensidad no deberían estar reñidas con un canto depurado. Sobre todo si se entiende que «Il trovatore» es hijo belcantista, como bien han demostrado muchas otras voces a lo largo de la historia. A partir de aquí, cuadra mal que Ludovic Tézier regule su chorro de voz con relativo respeto musical. «Il ballen del suo sorriso» vino a poner de manifiesto esa costumbre tan poco reconfortante que consiste en retardar el tiempo antes del agudo o la cadencia creando ficticios puntos culminantes que, a la postre rompen la lógica del arco melódico. Su virtud está en dibujar un conde Luna monólitico, en la generosidad y en el artificio.

El caso de Francesco Meli apunta hacia el desbordamiento de una saludable voz de mil colores, tan excesiva como poco elegante. Sabiendo que es capaz de alcanzar lo espectacular, la famosa cabaletta «Di quella pira» sonó impropia del intérprete, transportada y pasando por ella (y su agudo) sin detalle, entre ascuas. Meli es un cantante de comedida distinción al que se le han escuchado tardes menos borrascosas defendiendo al complejo, por momentos sutil y siempre expresivo Manrico.

Escuchándolo encajan mal palabras como suavidad o delicadeza. Pero también ellas participan, y mucho, de «Il trovatore», dando sentido al complejo y minucioso papel de Leonora del que Maria Agresta sabe entresacar su aspecto más dramático. En el plano lírico, la continuidad es irregular; frente a las agilidades se tropieza. «D’amor sull’ali rosee» pierde esencia elegíaca, encanto, porque la línea es de dientes de sierra.

Por contra, en el «duetto» final con el conde dejó detalles significativos, en un proceso de crecimiento del personaje que corrió casi en paralelo al que Ekaterina Semenchuk propuso para Azucena. El relato del primer acto fue plomizo, lento, grueso. La escena en la prisión sonó mucho más capaz y mucho más digna. Aunque, curiosamente, poco emocionante.

Aquí hay que fijarse en el trabajo del director musical Maurizio Benini y el escénico de Francisco Negrín. Atender al efecto antes que a la realidad dramática de la obra significa romper su prosodia convirtiendo la partitura en una turbulencia de dudosa efectividad. Benini demostró oficio, experiencia, logró ese punto de densidad orquestal que tanto favorece a la música de Verdi, si bien saturó en muchos momentos la obra, permitió demasiadas divagaciones métricas y prefirió alcanzar el final con precipitación y sin tensión de fondo. Con todo, fue el gran artífice de una versión mantenida con orgullo y privilegio, muy por encima de un escenario abstracto y rutinario.

Porque hay escasez y tópico en el trabajo de Negrín, quien decora con símbolos que nada enriquecen. Funciona mucho mejor la cruz de luces en la procesión con las monjas que la presencia del fantasma del hijo que con su hoz se pasea a lo largo de la obra. Hay en la escenografía muchos elementos manidos, viejunos, y una realización inmediata. A veces torpe, como la puntería de uno de los cañones que ayer iluminaron el escenario. A la postre, acabando de dar forma a una representación cuyo éxito popular viene a demostrar lo fácil que es congratularse con la evidencia dramática de «Il trovatore».