Javier Gomá, durante la entrevista
Javier Gomá, durante la entrevista - IGNACIO GIL

Javier Gomá: «No soy un hombre de teatro, sino de literatura»

El pensador acaba de publicar una comedia, «Quiero cansarme contigo», su segunda experiencia dramática tras «Inconsolable»

MadridActualizado:

Filosofía, teatro y humor: son los tres pilares sobre los que descansa «Quiero cansarme contigo» (Pre-textos), una comedia que supone la segunda incursión en la escena de Javier Gomá (Bilbao, 1965) después del monólogo «Inconsolable», que Ernesto Caballero dirigió en el Teatro María Guerrero hace un par de temporadas, con Fernando Cayo como protagonista. Si aquel texto era un desahogo ante el dolor causado por la muerte de su padre, «Quiero cansarme contigo» supone un paso adelante del pensador en sus teorías sobre la ejemplaridad, uno de los leitmotivs de su pensamiento; lleva al extremo, como él mismo explica, una idea esbozada en un microensayo suyo, «Amor, lujo y buena conciencia»:«Definitivamente, el mal ejemplo nos absuelve, mientras que el bueno nos señala con el dedo acusador y nos condena». El horizonte de la puesta en escena ya se asoma, según reconoce el propio Gomá, y en él aparecen los nombres de Juan Carlos Rubio, María Adánez y Fernando Cayo.

Parece que le ha atrapado el veneno del teatro...

Ya estaba atrapado por la escena. En mis libros anteriores ya había reflexionado sobre lo que llamé «Un arte público»: la idea de la Grecia arcaica, por la que siento una gran fascinación y que he definido como la cultura de la ejemplaridad sin conciencia de serlo, era una cultura oral. La oralidad es un elemento en el que se hace buena la poética de Horacio: instruir deleitando. Cuando uno transmite oral y presencialmente unos conocimientos, se siente el apremio de devolver el préstamo de atención. Hasta el siglo XVIII, la oralidad fue la manera de transmitir la cultura;a partir de entoces, la cultura se hizo literaria y subjetiva. Una cierta vuelta a los valores de la oralidad podía hacer pedagogía en la cultura contemporánea. En «Ejemplaridad pública» y en «Filosofía mundana» ya reflexioné sobre estos aspectos. Estamos viviendo una segunda oralidad dentro de la cultura. Cuando presenté mi libro «Razón portería» le pedí a José Luis Gómez que leyera un fragmento, y me di cuenta de que mi literatura no es solo, y quizás ni siquiera principalmente, para ser leída, y sí para ser dicha. Forjé entonces un proyecto que llamé «Filosofía en escena», en la que quería recuperar el escenario para la filosofía y la cultura;una de sus partes era crear una función que planteara tres problemas típicamente filosóficos. A todo eso se suma mi experiencia como conferenciante:no es lo mismo que defender una tesis doctoral, no lo tienes que decir todo en cuarenta y cinco minutos. En una conferencia hay que tratar de que la gente lo pase bien;cuando das una conferencia sientes que hay una serie de personas que, además de tomarse la molestia de asistir, te están prestando lo más sagrado que tienen, que es su atención. Yla misión esencial de un conferenciante es tratar de retribuir el préstamo de su atención. Retribuirlo con belleza, con conocimiento, con información... He dado más de mil conferencias y, a base de darlas, he sentido mucho el escenario.

¿Y por qué decidió dar el salto?

Al morir mi padre escribí «Inconsolable», que no pertenece a ningún proyecto, más bien desbarató los que ya tenía. Fue mi alumbramiento como escritor para escena.

Ya lo pensó para ser representado?

Sí. Aunque yo creo que los escritores deben vivir una cierta ingenuidad. Escribir es, para mí, un proceso de enamoramiento que te lleva a tener un comportamiento bastante poco razonable, y dedicar las mejores horas, los mejores días y los mejores años de tu vida a algo que nadie te pide. Con «Inconsolable», se produjo un deslumbramiento y apliqué todas mis energías a algo que pensé que está destinado a la escena, pero no sabía ni cuándo, ni cómo, ni dónde... Ni siquiera era «Filosofía en escena», que tenía tres escenas: sobre la belleza, sobre la muerte y sobre la dignidad. Pero «Inconsolable» se coló.

Y «Quiero cansarme contigo», entiendo, es consecuencia de todo lo anterior. Pero, ¿ya se lo plantea como algo para ser representado, o ha querido simplemente escribirlo?

Hay planes ya para llevarlo a escena. Pero sí, mi idea era escribir, y ya veremos qué pasa. Me nace de dentro. Yo no soy un hombre de teatro, soy un hombre de literatura. Y los mismos pasos que seguí con «Inconsolable» los he seguido con la comedia y me ha ido bien: primero, la publicación -«Inconsolable» se publicó en un diario-. Es un procedimiento que a mí me va mucho, porque me desarrollo como autor, publico el texto y lo ofrezco, lo pongo a disposición de quien le interese. «Inconsolable» le interesó a Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional, y «Quiero cansarme contigo» le ha interesado al director Juan Carlos Rubio. El hecho de haber publicado el texto previamente a mí me serena;si no lo hubiera hecho seguramente tendría mucha ansiedad sobre la literalidad del texto. Soy de los que piensa que literatura es literalidad. En el «Quijote» lo que importa no es la idea ni la trama sino la secuencia exacta de palabras que Cervantes escogió para contar la historia. En el ámbito teatral, sin tener que claudicar, se comprende que la literatura es una pieza más de un espectáculo que trasciende el texto;la literatura ha de estar al servicio de ese hecho. En «Inconsolable» no se añadió una sola palabra, se cortaron algunos párrafos que quizá eran excesivos para la escena. Y en las primeras conversaciones que hemos tenido a propósito de «Quiero cansarme contigo» se han planteado pequeños ajustes que puedan mejorar su puesta en escena. Pero a mí me serena pensar que mi texto ya está establecido y fijado en un libro.

Juan Mayorga habla de que el teatro es palabra en acción.

Estoy de acuerdo. Es una palabra viva, y, como tal, sujeta a cambios. Tú representas a Molière o a Shakespeare, y cada representación es distinta;se hacen ajustes y a nadie le choca. Pero para mí, que me considero un literato e, insisto, la literalidad es muy importante, la publicación previa es fundamental.

Un antiguo refrán reza que «la letra con sangre entra», pero por lo que le estoy entendiendo se puede cambiar por «la filosofía con entretenimiento entra». ¿El teatro ha de ser siempre entretenido, incluso para contar una tragedia?

Exactamente. Pero eso a mí no me cuesta trabajo. Por inclinación personal, en primer lugar. Yo escribí un libro titulado «Todo a mil», en el que comprometía a recuperar, con mirada contemporánea, los grandes temas de la filosofía en mil palabras. En otro libro, «Razón portería», comparaba al filósofo con un portero. Y «Filosofía mundana» quiere ser tres veces mundana: habla del mundo, habla para todo el mundo y habla con un poco de mundo;con gracia, con amenidad, con entretenimiento. En segundo lugar, por convicción teórica. Estoy a favor de que las cosas sean entretenidas;lo son Homero, Herodoto, Sófocles, Platón... Cuando la filosofía, que es literatura, trata de emular a la ciencia, no solamente fracasa, sino que pervierte su designio original, porque no habla ya directamente del mundo, sino de otros libros de ciencia; no habla para todos, sino para iniciados, y habla sin ninguna gracia, sino con el rigor y la precisión propias de la ciencia. Cuando la filosofía se parece a la literatura recupera su verdadera esencia. Como la novela;un novelista no escribe para los demás novelistas, sino para todo el mundo, y ojalá lo haga con gracia, con belleza y con elegancia, Y cuando escribí la comedia me resultó una transición muy suave dotar a la filosofía de la aparente ligereza del humor. El teatro, para la filosofía, supone una renuncia a la brillantez. En el teatro no se puede aspirar a ser brillante ni exhaustivo. Al espectador solo le puedes comunicar lo que dicen los cuerpos con su gestualidad o lo que dice la boca. El mundo interior está vedado, y tienes que pasar además de la perfección conceptual a la imperfección dramática. Lo importante es que el conflicto y la acción avancen, no la lógica, la exactitud, la perfección y la exhaustividad de los argumentos. Todos estos elementos han de estar al servicio del hecho dramático. Para uno que viene de la literatura conceptual, de la filosofía, esto es sobre todo una pérdida de brillantez a favor de algo todavía superior, que es el dinamismo dramático y la fuerza emocional. Y la comedia es una doble pérdida de densidad;tiene una ligereza que puede ser malentendida. En este caso he tratado de hacer una aproximación ligera a algo que me ha ocupado durante veinte o treinta años, que es la «Tetralogía de la ejemplaridad», que admite un tratamiento severo y grave –le he dedicado cuatro libros–, pero admite una aproximación buenística. Es una mirada de autoironía, que creo muy sana, de un concepto que he desarrollado durante muchos años, y al mismo tiempo esa aparente ligereza que tiene la comedia es una vaselina para transmitir determinadas teorías.

Humanizar, bajar a la tierra algunos conceptos...

Es llevar algunas ideas del cielo de los conceptos a la imperfección dramática de lo terrestre, lo tangible y lo corporal.