Julio Bravo

Plácido Domingo, el seductor

El cantante reaparece mañana en Salzburgo tras el escándalo de las acusaciones de acoso sexual

Julio Bravo
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Es difícil resistirse a Plácido Domingo. Su figura imponente, su indiscutible y atractivo carisma personal, su hablar terso y satinado, su acento cantarín... resultan poderosamente seductores para cualquier ser humano, sea hombre o mujer, y lo son al margen de su condición de ser uno de los más grandes cantantes de ópera de la historia –lo que es ya, de por sí, tremendamente seductor–. Pero Plácido Domingo tiene algo más; cuando conversa con alguien, mira a su interlocutor a los ojos y durante esos instantes no existe nadie más para él. Da igual que sean apenas unos segundos; en ese tiempo no presta atención a otra persona que no sea la que tiene enfrente.

Nadie discute ahora la talla artística de Plácido Domingo. Pero no eran pocos los que a finales de los años setenta, cuando el tenor madrileño se estaba encaramando al estrellato internacional, auguraban para él una carrera muy corta. Se hablaba de que era un cantante con una voz notable pero de una técnica limitada, que tenía un repertorio caótico y que no podría aguantar más que unos diez años en los escenarios. Se burlaban de él, y le llamaban «Placimingo», porque decían que no tenía el «Do» (el «Do» de pecho, la nota aguda por antonomasia, el culmen de la particella de un tenor).

En 2019, y con 78 años, Plácido Domingo sigue cantando –ahora de barítono, con resultados artísticos evidentemente menos notables que los que ofreció en el pasado– y por su garganta han pasado ya ciento cincuenta personajes de una y otra cuerda. Y por ahora no tiene intención de bajarse del escenario. Hace tan solo unas semanas, en la puerta de artistas del Teatro Real tras la última función de «Giovanna d’Arco», y con las maletas ya preparadas para dejar Madrid, a Plácido Domingo se le iluminaba la cara al pensar en el futuro reencuentro con su ciudad, el año que viene, en que celebrará el cincuentenario de su primera actuación en la capital.

Los cantantes, lo mismo que los actores o los bailarines, trabajan con algo tan sensible e inasible como son las emociones, y seguro que Plácido Domingo, mañana, tendrá que embridar las suyas al pisar el escenario del Grosses Festspielhaus de Salzburgo. La carga de profundidad que supusieron las acusaciones de acoso sexual denunciadas en un reportaje de la agencia Associated Press ha tenido que hacer mella en su ánimo, pero también, y con efectos contrarios, las numerosas muestras de apoyo (en público y en privado) que ha recibido desde la publicación de las denuncias.

Han pasado los días, y el escándalo se ha ido disolviendo. Solo dos instituciones (las dos de Estados Unidos) han cancelado las actuaciones de Plácido Domingo. No han aparecido, hasta ahora, nuevas denuncias –ninguna, por otra parte, ha llegado a los juzgados–. La investigación encargada por la Ópera de Los Ángeles ya se ha puesto en marcha, pero a la espera de sus resultados cada vez cobra más fuerza la idea de que las acusaciones sean una campaña vengativa y que sus complicadas relaciones con la iglesia de la Cienciología tengan que ver con ello.

El tiempo –y si fuera el caso, la Justicia– tendrá la última palabra en un asunto demasiado serio como para frivolizar con él. Está en juego, entre otras cosas, la honorabilidad de un hombre, Plácido Domingo, muy respetado y querido en todo el mundo y que, mientras no se demuestre lo contrario, es inocente. Además de ser –y eso no variará en ningún caso– uno de los más grandes cantantes de ópera de la historia y uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo.

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