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Taron Egerton encarna a Elton John en «Rocketman» - ABC

El Netflix para ricos: 3.000 dólares por ver una película en casa

Los estudios empiezan a ceder control sobre cómo se proyectan las películas: un servicio de lujo permite verlas en casa al mismo tiempo que se estrenan

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

El llamado Circuito Bel-Air es el club más exclusivo del mundo del cine y alrededores. Tiene décadas de antigüedad y está formado por un puñado de mandamases de los estudios, actores y directores de renombre y algunos famosos de la música o de la televisión. El beneficio que procura la membresía es un lujo que no lo compra el dinero: ver en casa las películas al mismo tiempo que se estrenan en el cine. Los estudios les proporcionan copias de las cintas para disfrutar en las salas de proyección que las elites de Hollywood instalan en sus mansiones.

Dos veteranos de la industria del cine, Fred Rosen y Dan Fellman, pretenden ahora hacer negocio con algo similar con Red Carpet Home Cinema. «Democratizar» el acceso al cine de estreno sería una exageración para un proyecto solo apto para gente con bolsillos profundos: las películas se alquilan por un precio que oscila entre los 1.500 y los 3.000 dólares (se pueden proyectar dos veces en un periodo de 36 horas). Pero sí abrirá ese lujo a quienes tienen mucho dinero mas no cuentan con una conexión con Hollywood como para formar parte del Circuito Bel-Air.

«Cualquier producto que te puedas imaginar tiene una versión de lujo», dijo recientemente Rosen a «The New York Times». «Eso me hizo pensar, ¿por qué no las películas?» La idea, sin embargo, no es nueva. En 2013, intentó algo similar Prima, una «startup» con el respaldo de Best Buy, que requería la instalación de un equipo que cuesta 35.000 dólares y alquilaba las películas a 500 dólares por un día. También probó suerte Sean Parker, el creador de Napster, que después de haber transformado la industria discográfica trató de hacer algo similar con el cine: Screening Room buscaba alquilar las películas por 50 dólares, pero el proyecto no logró despegar.

Estos intentos no fructificaron sobre todo por la oposición de los estudios, muy reacios a ceder el control de cómo se distribuyen las películas: deben pasar por un periodo de exclusividad en los cines -normalmente tres meses- antes de explotarse en otros canales.

Yara Shahidi y Charles Melton
Yara Shahidi y Charles Melton - ABC

La ventaja de Rosen y Fellman es que están trabajando mano a mano con los estudios. De momento, tienen acuerdos con Warner Bros, Paramount, Lionsgate, Annapurna, 20h Century Fox y Fox Searchlight, lo que permitirá a sus suscriptores tener acceso a unas cuarenta películas al año.

Es indudable que el historial de Rosen y Fellman en la industria del entretenimiento ha sido clave para ganarse la confianza de Hollywood: Rosen es el visionario que convirtió a Ticketmaster en el gigante de las entradas para espectáculos que controla hoy en día buena parte de este sector; Fellman es uno de los mayores expertos en distribución de Hollywood, después de haber comandado este apartado durante décadas en Warner, donde trabajó 37 años.

También es posible que Red Carpet Home Cinema se beneficie de aparecer en un momento más maduro para la industria, con sacudidas en la forma en la que se va (y se ve) al cine, que demuestran que el modelo tradicional no permanecerá invariable. El éxito de Netflix, que este año ha entrado en la Academia del Cine, ha provocado que estudios tradicionales -como Disney- también preparen sus plataformas de vídeo bajo demanda. «Roma», producida por Netflix, ha ganado tres Oscar sin apenas haber pasado por las salas de proyección, y Steven Spielberg le ha declarado la guerra para salvar a los cines: o sus películas pasan un mes por los exhibidores o no deberían concurrir a los premios de la academia.

Mientras tanto, los servicios de suscripción como MoviePass o Sinemia -que permiten ver varias películas por mes en la mayoría de los cines por una cantidad fija- han sido imitados por algunas cadenas de cine, como AMC, Cinemark o Alamo, que ofrecen sus propias membresías.

Quizá lo más decisivo para la viabilidad de Red Carpet Home Cinema es que, al contrario de estos ejemplos, no pretenden cambiar el modelo de negocio del cine, sino atender al nicho de los más ricos, al llamado «uno por ciento». Sus proyecciones apuntan a tener unos pocos miles de suscriptores en todo el país. «No estoy interesado en un negocio que rompa la experiencia de ir al cine. Quizá consigamos entrar en cuatrocientas casas en Nueva York y en Los Ángeles. Quizá otras cien en cada una de las 30 mayores ciudades de EE.UU.», aseguró Fellman al diario neoyorquino.

Cada uno de esos suscriptores tendrá que pasar un proceso de ingreso al club riguroso y demostrar que tiene un tarjeta de crédito con un límite de al menos 50.000 dólares. Además, tendrá que pagar 15.000 dólares por el sistema que se instalará en su sala de proyección para ver las películas, diseñado para evitar el pirateo de las cintas.

Es decir, en el primer año de uso, si un socio alquila diez estrenos de cine podría gastarse entre 30.000 y 40.000 dólares en un año. Para quienes se permiten un gasto de unos 400.000 dólares en una sala de proyección de lujo en el sótano de su casa, es apenas la guinda del pastel.