AFP

La nueva vida de la Casa Batlló, el icono del modernismo barcelonés

La construcción de Gaudí recupera su esplendor de antaño con una nueva restauración y una nutrida programación para las noches de verano

Actualizado:

La mires como la mires, la Casa Batlló es siempre evocadora. Si hace sol, reverberan sus escamas polícromas; si llueve, nos invita a adentrarnos por azules submarinos. De noche parece albergar, con su tejado ondulante, a los personajes de nuestros cuentos infantiles.

Cuando en 1904 el industrial Josep Batlló encargó a Gaudí que reformara la casa del número 43 del paseo de Gracia —un edificio anodino y sin gracia— no sospechaba que estaba en el origen de uno de los iconos del modernismo barcelonés. La idea de Batlló era residir en el principal y alquilar el resto de los pisos. Gaudí no se limitó a una reforma al uso; como señaló en su día Joan Bassegoda, emprendió una «aventura constructiva» de tal radicalidad «que resultó casi más compleja que una nueva planta».

Tanto la parte baja del edificio como el piso principal ostentan una fachada con superficies curvilíneas de piedra de Montjuïc. Las columnas de aspecto óseo desbordaron la imaginación popular: la casa del señor Batlló fue conocida como la «Casa de los Huesos». La fachada transita hacia arriba con superficies onduladas de fragmentos de cristales y cerámicas polícromas. Los cristales, apuntaba Bassegoda, «fueron colocados formando manchas bajo las órdenes directas de Gaudí, que, de pie en la acera del paseo de Gracia, mandaba a los obreros tomar los fragmentos de los diversos cestos que contenían piezas de los diferentes tonos y colores».

Declarada Patrimonio Universal de la Unesco, la Casa Batlló saludó al siglo XXI con una primera restauración de la fachada en 2001 y, entre enero y mayo de 2019, se ha ido más lejos en los trabajos de mantenimiento que ha dirigido Xavier Villanueva. El arquitecto jefe explica que, para reparar una fachada, hay que «escucharla». Y eso se hace picando levemente sobre la superficie: «Si oyes un eco es que hay un problema; significa que el recubrimiento ondular se desprende de la fachada original». En estos cinco meses, se ha recuperado el estuco original de las paredes y techos de la planta en la que vivió la familia.

Entre los últimos «descubrimientos», podemos apreciar las incisiones con pan de oro en el antiguo despacho del señor Batlló; o la lámpara con tres mil lágrimas de vidrio que cuelga del centro de un caracol de mar esculpido en el techo de yeso. La bella luminaria de estilo imperial, olvidada durante décadas en una caja de cartón, puede admirarse en un itinerario que incluye el salón de la planta noble, el patio interior con su hipnótica luz submarina, los desvanes y la azotea.

Cuando Gaudí concluyó su genial reforma, Batlló invitó a Pedro Milà i Camps, a que la visitara. Le gustó tanto que le dijo al contratista, José Bayó: «La próxima obra la hará usted para mí». Aquel mismo año, Gaudí proyectó la Casa Milà. Inaugurada en 1910, pasaría a la posteridad como La Pedrera.

En las noches del verano que ya se intuye es recomendable visitarla en la hora bruja del crepúsculo. A partir del 3 de junio la programación «Noches mágicas» ofrece una policromía de géneros musicales: jazz, soul, blues, flamenco, rumba, pop… La entrada incluye una visita (de 20.00 a 21.00 h.), actuación y una copa a la luz de la luna. La nocturnidad le sienta bien a la Casa Batlló.