El almirante Pascual Cervera y Topete en una imagen de 1894, después de abandonar su cargo de ministro de Marina. Falleció en 1909 - ABC / Vídeo: Este es el almitante Cervera

El relato de Cervera sobre el desastre de Cuba: «Ha sido horroroso, como yo había previsto»

ABC accede en exclusiva a la única copia manuscrita del parte de guerra original de la batalla naval de Santiago de Cuba, que cumple hoy 120 años

MADRIDActualizado:

«La jornada del 3 de julio ha sido un desastre horroroso, como yo había previsto», escribe el almirante Pascual Cervera y Topete en el parte de guerra de la batalla naval de Santiago de Cuba, en 1898, a una de cuyas versiones originales, escrita a pluma y lápiz, ha tenido acceso ABC en exclusiva. Ha permanecido oculta durante estos 120 años en la casa gaditana del bisnieto de Alejandro Lallemand, primer médico de la Armada y testigo del combate —también víctima mortal de él, tiempo después, como consecuencia de una herida del mismo— junto al famoso almirante. Todo apunta a que fue el galeno quien transcribió el diario durante los dos meses de cautiverio que ambos pasaron en Estados Unidos, con el objetivo de tener una copia de seguridad para cuando regresaran a España.

Primera página del parte de Guerra del almirante Cervera, de la batalla naval de Santiago de Cuba, en 1898
Primera página del parte de Guerra del almirante Cervera, de la batalla naval de Santiago de Cuba, en 1898- ABC

«La patria ha sido defendida con honor. La satisfacción del deber cumplido deja nuestras conciencias tranquilas, con solo la amargura de lamentar la pérdida de nuestros queridos compañeros y las desdichas de la patria», subraya después el almirante sobre el episodio final de esta guerra entre Estados Unidos y España, que consagró a la nación americana como potencia mundial. La misma que representó para la nuestra un golpe moral de demoledoras consecuencias históricas, con la pérdida de nuestras últimas colonias de ultramar y el intenso debate de los intelectuales de la «Generación del 98».

El episodio que se relata de primera mano y con todo detalle en estas viejas páginas —la crónica de la batalla, los incendios de cada buque, la muerte de los marinos, el rescate de los supervivientes o el hundimiento de los navíos— comenzó en la mañana del 3 de julio de 1898. El almirante Cervera reunió a su escuadra en el puerto de Santiago de Cuba y le comunicó: «Ha llegado el momento solemne de lanzarse a la pelea. Así nos lo exige el sagrado nombre de España». Ante la evidente superioridad de la flota estadounidense, que había bloqueado su plaza más de un mes antes, los marinos de los cuatro cruceros (Infanta María Teresa, Vizcaya, Cristóbal Colón y Oquendo) y de los dos destructores (Furor y Plutón) se extrañaron de la orden. «El enemigo codicia nuestros viejos y gloriosos cascos. Para ello ha enviado contra nosotros todo el poderío de su joven escuadra. Pero solo las astillas de nuestras naves podrá tomar, solo conseguirá arrebatarnos nuestras armas cuando, cadáveres ya, flotemos sobre estas aguas que han sido y son de España ¡Hijos míos! El enemigo nos aventaja en fuerzas, pero no nos iguala en valor. ¡Clavad las banderas y ni un solo navío prisionero!», dijo al lanzarse a la mar.

El crucero español Almirante Oquendo arde tras la batalla, en esta imagen tomada pocas horas después de que los supervivientes huyeran
El crucero español Almirante Oquendo arde tras la batalla, en esta imagen tomada pocas horas después de que los supervivientes huyeran - ABC

A la pregunta de por qué salió del puerto el almirante si las posibilidades de escapar eran escasas, la respuesta en los apasionados debates producidos sobre la batalla a lo largo del siglo pasado siempre fueron la misma: porque se lo ordenaron. Así lo refleja él mismo al comienzo del parte: «En cumplimiento de las órdenes de vuestra excelencia ilustrísima, con la evidencia de lo que había de suceder y tantas veces había anunciado, salí de Santiago de Cuba con toda la escuadra». Ya había escrito al ministro de Marina un mes y medio antes, cuando las fuerzas estadounidenses les bloquearon en el puerto, calificando de «desastrosa» la decisión de ir allí. También escribió a su hermano, advirtiéndole: «Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil; y si en él muero, como parece seguro, cuida de mi mujer y de mis hijos».

El parte del buque Colón, en la batalla naval de Santiago de Cuba
El parte del buque Colón, en la batalla naval de Santiago de Cuba- ABC

«Nuestros buques salieron del puerto (a las 9.30 horas) con una precisión tan grande que sorprendió a nuestros enemigos, quienes nos han hecho muchos y entusiastas cumplimientos sobre el particular», explica Cervera al capitán general de Cuba, Ramón Blanco, en el diario. Según detalla, el Infanta María Teresa abrió fuego sobre un acorazado norteamericano cinco minutos después, con la intención de dirigirse luego «a toda fuerza de máquina» sobre el Brooklyn, el navío más rápido del enemigo. Pero el buque insignia del almirante «recibió un proyectil de los primeros que le rompió un tubo de vapor auxiliar que nos hizo perder velocidad y, al mismo tiempo, otro que rompió un tubo de la red de contraincendios. El buque se defendía valientemente del nutrido y certero fuego enemigo, pero no tardó mucho en caer herido el valiente capitán Concas». «Realizada la salida —continúa—, el combate se generalizó con la desventaja, no solo del número, sino del estado de nuestra artillería y municiones de 14 centímetros que usted conoce por el telegrama que le puse».

Cuatro horas duró aquella histórica batalla naval antes de que la escuadra española resultara aniquilada, con 332 muertos y 197 heridos en su haber. En el bando estadounidenses solo una víctima mortal y unos pocos heridos. Los daños que sufrieron sus navíos fueron también escasos. A lo largo del parte de Cervera y de los transmitidos desde el resto de los cruceros y destructores, las escenas se suceden con detallada crudeza. Primero el ya mencionado Infanta María Teresa, donde iba el almirante, que acabó llegando a nado a tierra con ayuda de su hijo, el teniente Ángel Cervera: «El aspecto del buque era imponente, porque se sucedían las explosiones y estaba para aterrar a las almas mejor templadas. Nada absolutamente creo que pueda salvarse. Nosotros lo hemos perdido todo, llegando la mayoría absolutamente desnudos a la playa», reconoce. Y después el Colón, el Furor, el Plutón, el Vizcaya y el Oquendo, todos con sus respectivas desdichas y sus muestras de valor: «Cuando el valiente comandante vio que no podía dominar el incendio y no tenía ningún cañón en estado de servicio —puede leerse sobre este último—, decidió embarrancar, mandando previamente disparar todos los torpedos por si se acercaba algún buque enemigo (...) El rescate de los supervivientes fue organizado por su comandante, que ha perdido la vida por salvar la de sus subordinados».

Muchas toneladas de papel se han impreso en los últimos 120 años para tratar de explicar lo sucedido aquel día. Y aquí está ante nuestros ojos, el relato de la tragedia que marcó la historia de España del siglo XX: «Sé que os extraña esta ropa de gala —comentaba en su arenga Cervera antes de salir—, porque es impropia en combate, pero es la que vestimos los marinos de España en las grandes solemnidades, y no creo que haya momento más solemne en la vida de un soldado que aquel en que se muere por la patria».