El filósofo francés Rémi Brague
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Rémi Brague: «Los que se llaman socialistas ya no se preocupan por la justicia social»

Profesor de Filosofía árabe y medieval en La Sorbona, el pensador francés ha estado en España para hablar de «La fuerza del bien»

MadridActualizado:

Rémi Brague es el ejemplo de un europeo de nuestro tiempo a la altura de nuestro tiempo. Profesor emérito de Filosofía árabe y medieval en La Sorbona de París, ha sido titular de la prestigiosa «Cátedra Guardini» en la Universidad Ludwig Maximilians de Múnich, además de docente visitante en Pensilvania, Colonia, Lausana y Boston. Con una numerosa obra escrita tanto de historia de las ideas como de pensamiento árabe, medieval y moderno, en 2012 recibió el premio Nobel de Teología, el premio «Ratzinger». Ahora está metido de lleno en movilizar la conciencia europea a través de la Plataforma de intelectuales «One of us», de la que es el referente primero. Una iniciativa novedosa, y prepolítica, del español Jaime Mayor Oreja.

Profesor, en su libro «Moderadamente moderno» usted plantea, dentro de su perspectiva de la historia de las ideas, que el siglo XIX fue un siglo volcado en la cuestión del bien, el siglo XX en la de la verdad, y se preguntaba si el XXI lo será en la cuestión del ser en la medida en que nos preguntamos si merece la pena existir. ¿Es así?

El siglo XIX se preguntaba cómo se podía salvar la cuestión social, la cuestión de la justicia social, la integración del proletariado en la sociedad. Ahora ese problema en nuestros países está resuelto, parcialmente resuelto. La injusticia es menos escandalosa que en el siglo XIX. El siglo XX fue la época de la pregunta por la verdad, por lo verdadero o por lo falso. Fue la época de las grandes ideologías políticas, sociales, económicas, según las cuales la realidad debía ser negada y reemplazada por una realidad que nunca existía, la ideología. La gente tenía que «creer» -si se puede decir así-, «creer» en la ideología. Tenía que hacer como si hubiese una sociedad, por ejemplo una sociedad «socialista» en el sentido leninista de esa palabra. Nunca ha existido tal sociedad. La gente tenía que mentir, frente a una realidad de pobreza y de explotación, y decir que existía una sociedad ideal, una sociedad justa. Era una mentira. Sin esa mentira, por ejemplo, no se podía sobrevivir en la sociedad que propugnaba el socialismo.

Y ahora, ¿cuál es el problema respecto a la realidad de lo que vivimos en nuestras sociedades?

Ahora, el problema para nuestras sociedades es el problema de saber si queremos seguir viviendo, seguir existiendo. Y por eso es preciso que tengamos una respuesta clara. Esta es la razón por la que, en mi conferencia de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas planteé el título de «La fuerza del bien». ¿Qué tipo de bien necesitamos? No necesitamos un bien débil, como por ejemplo el que representan determinados conceptos americanos, que ahora son globales: fun, nice, ok, cool. Con este tipo de bien se puede vivir, pero no se puede llamar a la vida a lo que aún no existe. Para que se dé una adecuada actividad de reproducción de la especie humana es preciso que tengamos una concepción fuerte de lo que es el bien. Un bien fuerte que sería, según la doctrina medieval de los trascendentales, idéntico con el ser. Lo que existe de verdad debe de ser fundamentalmente, hondamente, un bien.

«El populismo es el calificativo que utilizan las élites para referirse a la gente que no piensa como ellos. Cuando no están satisfechos con el pueblo, con la gente concreta, con la gente de carne y hueso, dicen que son unos populistas»

¿Estaría de acuerdo con la afirmación de Karl Jaspers de que por primera vez en la historia el hombre se ha hecho plena y hondamente problemático?

En la historia de la humanidad se han dado una larguísima serie de problemas que se tenían que resolver y que se han resuelto. Pero ahora el problema más grave, al que también se refiere el señor Jaspers en su libro sobre la bomba atómica, nos obliga a preguntarnos por la existencia misma de la humanidad, puesto que podemos acabar, de varias maneras, con la humanidad. No solo con la bomba atómica, también a través de la contaminación medioambiental, y de la contracepción química, que hace posible, y también agradable, lo que en los siglos pasados era percibido como malo. Nos estamos planteando la cuestión más radical. No el problema de cómo se debe vivir, el problema moral; no el problema a través de qué medios se debe seguir viviendo, el problema de la técnica, el problema de qué vamos a comer. Lo que está en juego es el problema de la existencia misma, si vale la pena existir. Ese problema fue planteado por primera vez, de forma consciente, por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Y su respuesta fue la misma que la de los pensadores gnósticos del siglo II después de Cristo. La existencia material del hombre es básicamente mala. Y por eso tenemos que abandonar la reproducción de la especie humana. Eso lo decía también la secta gnóstica de los encratitas. Dejemos de tener hijos, afirmaban. En el medioevo también los cátaros. Estaban a favor de la «libertad sexual», decididos a oponerse a toda práctica sexual que pudiera conducir al nacimiento de una nueva vida. Es interesante ver que esa actitud ahora resulta tremendamente moderna.

La caída del Muro del Berlín plantea la crisis del comunismo y del socialismo, el abandono del criterio de la igualdad material para abordar otros criterios de igual antropológica, la igualdad, por ejemplo, que plantea la ideología de género. ¿En qué consiste ahora el socialismo?

Me pregunto si ahora existe de verdad el socialismo. No hablo de los países en vías de desarrollo. Hablo de los países desarrollados. La gente que se llama socialista ha abandonado la preocupación por el cuidado de la justicia social, la igualdad en las condiciones de vida. Se preocupa más por las cuestiones sociales de carácter antropológico. Lo que está ahora en cuestión es la definición misma de lo que es humano. Esta nueva situación es un desafío para la filosofía, puesto que se trata de cuestiones de carácter precisamente filosófico, cuestiones del ser y del no ser del hombre, cuestiones de la verdad o de la falsedad, cuestiones del bien y del mal, y la definición misma de lo que entendemos por persona.

«El hombre es fundamentalmente libre, es un ser misterioso. Toda persona es un misterio, somos esencialmente seres escondidos»

Parece una paradoja que, a estas alturas de la historia, tengamos dificultades para definir qué es el hombre, la persona. Fenómeno al que responde el manifiesto intelectual de «One of us».

No podemos contestar a la pregunta sobre la naturaleza del hombre con una definición. Voy a citar un pasaje de la obra de Gregorio de Nisa sobre la creación del hombre. Una obra en la cual dice que el hombre fue creado a imagen de Dios, y puesto que a Dios no se le puede conocer en su totalidad, el hombre tampoco se puede definir. El hombre es fundamentalmente libre, es un ser misterioso. Toda persona es un misterio. Tenía la costumbre de decir a mis alumnos en la Universidad que el concepto de misterio no tiene nada de misterioso en un aula en la cual yo tengo clases. Aquí hay 30-40 misterios, puesto que no se puede saber lo que hay en la cabeza de la gente. Hay solo un medio: preguntar lo que piensan. Somos esencialmente seres escondidos. Ahora leo muchos ensayos de gente que trata de decir que es lo humano y que no es.

Usted ha dicho que ahora Europa, en su situación actual, no es capaz de proponer un humanismo creíble. ¿Qué papel ocupan en esa pérdida de credibilidad del humanismo europeo los populismos y los nacionalismos?

El populismo es el calificativo que utilizan las élites para referirse a la gente que no piensa como ellos. Cuando no están satisfechos con el pueblo, con la gente concreta, con la gente de carne y hueso, dicen que son unos populistas. Y añaden: «No son bastante listos. No tenemos que escuchar lo que dicen. Son unos populistas». Las reacciones que presenciamos ahora en Francia y en otros países, probablemente en España también, aunque el fenómeno tome formas diferentes en España, no son tan distintas. La cuestión que debe plantearse es saber si debemos escuchar lo que dice esa gente a la que califican de populistas. Puede ser que lo digan de un modo torpe, demasiado sencillo, simplista. Pero hay que escucharles. Populismo, no existe hay tal cosa. No hay populismo. Hay un nombre que está ayudando a nuestras élites a no atender a lo que dice la gente.

«No entiendo cómo funciona este papa. De vez en cuando dice cosas maravillosas, como cuando habla de espiritualidad. Es ahí un verdadero hijo de San Francisco. Sin embargo, de vez en cuando, se permite afirmaciones que encuentro irrelevantes»

¿Y el nacionalismo?

En lo que se refiere al nacionalismo, yo distinguiría entre patriotismo y nacionalismo. El patriotismo es la actitud de la gente que siente que su país está en peligro y que quieren defenderlo. Esa actitud me parece totalmente legítima, si hay de verdad un peligro. El nacionalismo consiste en decir que nuestro país es el mejor del mundo. Ocurre lo mismo con los niños. Es normal que un niño ame a su madre, pero solo los niños pequeños piensan que su madre es la más hermosa de la humanidad. Y eso no es verdad. El nacionalista piensa como un niño pequeño, mientras que el patriota quiere a su país con razón y con moderación.

¿Me permite, dado que usted ha recibido el premio Ratzinger de teología, una pregunta por el pontificado del Papa Francisco? ¿Qué le parece?

Tiene gracia. Es una pregunta que me hicieron antes de ayer en Portugal. Tuve que contestar que no comprendo, no entiendo cómo funciona este papa. De vez en cuando dice cosas maravillosas, como cuando habla de espiritualidad. Es ahí un verdadero hijo de San Francisco. Sin embargo, de vez en cuando, se permite afirmaciones que encuentro irrelevantes. Un solo ejemplo: ha dicho que el verdadero Islam excluye toda violencia. Yo era profesor de Filosofía árabe, y por eso me intereso más por el Islam que otras personas. Cuando ha dicho eso, se nos plantea el problema de la competencia. ¿Por qué puede permitirse decir eso es Islam o eso no es Islam? Si el Dalai Lama dijera que eso es el verdadero cristianismo o eso no es el verdadero cristianismo, tendríamos que responderle: “Muchas gracias, pero por qué se mete en estas cuestiones, usted no tiene nada que hacer con el cristianismo”. Hay un sin fin de ejemplos como ése. De vez en cuando tengo la impresión de que habla, como se dice en dice en latín, “ex abundantia cordis”, sin reflexionar. Dice lo que le gusta a la gente con quien está hablando, sin haber tenido tiempo de estudiar un poquito. Con el papa Benedicto se podía estar a favor o en contra, se podía comentar que lo que dice el Papa me gusta o no me gusta. Con este Papa, no se puede decir eso. A veces parece que dice una cosa y la contraria al mismo tiempo. Y eso provoca un sentimiento de incertidumbre en mucha gente.