El CidRodrigo Díaz de Vivar, el guerrero que conquistó la leyenda

La figura del Cid ha sido interpretada conforme al espíritu de cada época para definir quién era realmente este singular personaje

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A la ocasión brindada por la Biblioteca Nacional a la ciudadanía para que pueda contemplar el manuscrito del Cantar de Mío Cid se suma un reavivado interés por la figura de Rodrigo Díaz, el Cid. Algo parecido ocurrió en 1961 con el estreno de la película dirigida por Anthony Mann y que tenía como protagonista a Charlton Heston en el papel de Rodrigo y a Sofía Loren en el de Jimena; con una enigmática Geneviève Page en el de la infanta Urraca. En una foto del genial reportero gráfico Jaime Pato de la agencia Efe se conserva el momento en que don Ramón Menéndez Pidal, que por entonces era propietario del códice que ahora se muestra al público, acudió al rodaje y aparece junto a un Heston vestido de época que le muestra un halcón. El interés que esta película había suscitado en el viejo maestro muestra a las claras que la figura del Cid ha sido a lo largo de los siglos interpretada conforme al espíritu de cada época.

Desde las Mocedades del Cid en el siglo XIV hasta el Cid de Pierre Corneille en el XVII, desde los dramas románticos hasta la citada película, la literatura, la pintura, la ópera y el cine se han interesado por definir quién era realmente este singular personaje. Porque en realidad del Cid histórico sabemos bien poco, ya que desde muy pronto su vida fue rodeada del halo poético de importantes obras literarias, desde el Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici en latín hasta el Poema de Almería y el Cantar de Mío Cid en castellano. Los primeros años de su vida están bañados de una luz grisácea, la misma que aparece en los romances del siglo XV, cuando se le considera alférez al servicio de Sancho II el Fuerte de Castilla y se gana el título de «Campeador» en un duelo judicial a espada como era habitual en el siglo XI. La misma luz apagada preside el conflicto por Zamora en manos de Urraca, hija del rey Fernando que apoya a su hermano Alfonso contra su otro hermano Sancho, con Rodrigo en medio de la lid, con o sin Jura de Santa Gadea.

Dimensión histórica

Fue con el destierro de 1080 cuando la figura de Rodrigo, el campeador, alcanza a las fuentes históricas al entrar en contacto con el conflictivo mundo de la Hispania del noreste, donde los reyes taifas de Zaragoza, Lérida, Valencia y Denia litigaban con los condes de Barcelona por el control de tan extenso y rico territorio. La llegada de Rodrigo a Barcelona para mediar en el conflicto entre los dos hermanos herederos del conde Ramón Berenguer I, a la sazón, Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II, le puso en contacto con un personaje de la historia rigurosamente documentado (más de ciento treinta documentos de archivo lo certifican), no otro que Ricard Guillem, personaje que por recordar una curiosidad pocas veces tenida en cuenta aparece citado en la Historia Roderici entre las prisiones catalanas tras la llamada batalla de Tévar en 1090. La relación con Ricard Guillem, que tiene negocios con los reyes de las taifas de Lérida y Zaragoza, le ofrece a Rodrigo una dimensión histórica sin necesidad de recurrir a las leyendas literarias.

La falta de entendimiento con los dos condes que se habían dividido el condado de Barcelona y la Marca, cuya extensión era imprecisa pero que de algún modo hacían llegar hasta las tierras del Ebro, condujo a Rodrigo a ponerse al servicio de los reyes Taifas de la región, oscilando entre el de Lérida y Zaragoza antes de fijar su atención en Valencia. Por uno de esos azares afortunados de la guerra, el Cid acabó siendo señor de Valencia, en la que entra en junio de 1094, tras largos meses de asedio. Debió ser por entonces cuando recibió el título que le dará la fama de la que goza aún, el de «mio Cid», «mi señor», con el que los árabes y bereberes de religión musulmana se referían a un hombre de sus características.

Pero unos meses antes, durante el asedio, recibió la visita de Ricard Guillem para ultimar la boda de su nuevo señor, el conde Ramón Berenguer III, con la hija del Cid María, que se convirtió así en condesa de Barcelona, actuando en diversos actos junto con su marido, incluido el reconocimiento del diezmo a una iglesia de Barcelona de los beneficios que daban las naves que se acercaban a sus costas, naves genovesas, pisanas y marsellesas principalmente. Tuvieron una hija, nieta por tanto del Cid, que casaron con el conde de Besalú, y en cuyo documento de esponsales se la reconoce como «la altamente dotada cónyuge hija de María Rodrigo».

Heredero

Cuando la hija del Cid murió en 1105, el conde de Barcelona, que vuelve a contraer un segundo matrimonio con una tal Almodís, es de los primeros en reconocer la importancia histórica de su suegro en el dominio de Valencia, ciudad a la que defendió hasta su muerte de los ataques de los almorávides, un nuevo pueblo de origen africano que llegó a la Península Ibérica con la intención de poner fin a los caóticos Reinos de Taifas. Por tanto, Ramón Berenguer III, en su calidad de yerno del Cid, se muestra al mundo como su legítimo heredero sobre Valencia y Mallorca, como se le reconoce en una carta que los cónsules de Pisa le envían como anticipo de la ayuda que le iban a prestar en la conquista de Mallorca en agosto de 1114.

Hay que recordar que, en las tres primeras décadas del siglo XII, en España todo estaba muy revuelto. Es el momento del regreso de los cruzados tras tomar Jerusalén, de la llegada de las órdenes militares fundadas en tal acontecimientos, templarios y hospitalarios, el momento de Alfonso VI con serias dificultades para controlar las tierras al sur de Toledo, o de otro Alfonso, el Batallador, rey de Aragón, quien en 1118 conquista Zaragoza. El equilibrio político peninsular se tambalea por la llegada de los almorávides y entonces emerge desde su tumba la figura del Cid, el hombre que había sido capaz de mediar entre diversos reyes de Taifas, el campeador pero también el señor capaz de controlar una gran ciudad como Valencia, «el hombre que hubiera sido el mejor vasallo de haber tenido un buen señor». Comienza así el mito. Llega a la literatura Rodrigo Díaz, el Cid.

[Jose Enrique Ruiz-Domènec es catedrático de Historia Medieval y autor del libro «Mi Cid. Noticia de Rodrigo Díaz»]