Así es la torticera manipulación de la historia del Museo Marítimo de Barcelona

Una exposición sobre el éxito económico del comercio naval de la Cataluña del XVIII y del XIX borra todo rastro del impulso que España les dio en América

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La exposición «Cataluña mar adentro. Tres siglos de marina catalana» (s. XVIII-XX), del Museo Marítimo de Barcelona, se ha convertido en una muestra (otra más) de cómo el nacionalismo retuerce la historia para su causa. Según explican en su página web, esta muestra «pretende explicar cómo un país pequeño y con escasez de recursos naturales y una demografía reducida a principios del siglo XVIII, se convirtió en el siglo XIX una potencia industrial en el sur de Europa y cómo contribuyó el comercio marítimo con América». Parece la historia de una gesta heroica de un país-pueblo salido de las oscuras tinieblas y que alcanza la riqueza con una hazaña solo al alcance de los elegidos.

En todo el texto no se menciona a España, claro. Se dice que «el comercio y la construcción naval ayudaron a la gran transformación y modernización de Cataluña en el siglo XIX», pero se omite que este comercio fue impulsado por las políticas proteccionistas de Felipe V. «Según la elaboración histórica catalanista, 1714 significó el final de la soberanía catalana y el comienzo de la opresión española. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando comenzó la prosperidad de Cataluña, que pronto se destacaría como la región más industrializada de España», explicaba a este diario hace un tiempo el historiador Jesús Laínz.

Este afirmaba que el motivo de este crecimiento económico catalán era la política proteccionista de Felipe V, que dio impulso al sector textil de Cataluña: «Gravaban los productos extranjeros para vender más los propios, a pesar de que los productos franceses e ingleses eran mejores y más baratos».

La versión del museo es la siguiente: «La exposición parte de principios del XVIII, cuando tras la Guerra de Sucesión, Cataluña tiene abolidas todas las instituciones de Gobierno, es un país empobrecido y castigado por la guerra. Pero en un par de generaciones Cataluña vive un crecimiento demográfico y económico que permitió no sólo en salir del estancamiento sino aún dar un salto adelante. Desde la Junta de Comercio de Barcelona, creada en 1758, Antonio de Capmany, considerado ahora un pionero de la historiografía económica europea, demostró a través de sus estudios históricos que Cataluña era un país con una tradición navegando, comercial e industrial muy arraigada, y que este talante emprendedor, favorecido ahora por una estructura productiva muy dinámica, podía hacer posible volver a crear un ciclo de progreso y generar riqueza en todo el territorio».

Ni una mención al apunte de Laínz, ni al hecho de que el comercio con América sería impensable fuera del amparo español. Tampoco al esclavismo, «que permitió financiar parte de la revolución industrial que vivieron comunidades como Cataluña, Andalucía y el País Vasco en la segunda mitad del siglo XIX», tal y como explicamos en este artículo.

De hecho, ese talante emprendedor también llevó consigo una defensa a ultranza del monopolio, que se extendió a los siglos siguientes, hasta la independencia de Cuba. «Una de las razones fundamentales de aquella guerra fue la intransigencia de las entidades patronales catalanas, que no querían perder el monopolio del mercado colonial», aseveraba entonces Laínz.

Y eso por no mencionar la retórica victimista con la que desde el museo se narra la Guerra de Sucesión, donde, como contamos en este artículo, «una parte sustancial de la población en Cataluña, cerca de la mitad, apoyaba a Felipe V y que, además, los rebeldes fueran firmes partidarios de la unidad de España, que ellos entendían que representaba el reconocimiento de otro rey –el que hubiera sido Carlos III– y de unas comunidades autónomas que preservaran sus constituciones históricas».