«La familia del Infante Don Luis», de Goya
«La familia del Infante Don Luis», de Goya - abc

Xavier Bray: «Demostraremos a los ingleses que Goya es uno de los mayores retratistas»

ABC habla con el comisario de la mayor exposición de retratos del pintor, que el miércoles abre sus puertas en la National Gallery de Londres, plato fuerte del otoño cultural en la capital inglesa

luis ventoso
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Será la mayor exposición de retratos pintados por Francisco de Goya y Lucientes jamás vista, con más de sesenta de los 150 que completó en sus 82 años de vida, pero no se organiza en España, sino en la National Gallery de Londres, con numerosos préstamos españoles, entre ellos un cuadro propiedad de Villar-Mir que jamás se había visto en público. El ministro de Cultura, Méndez de Vigo, y los directivos del Prado visitarán mañana las salas de la muestra, titulada «Goya. Los retratos». Se abrirá al público el próximo miércoles y se trata –con permiso del show de Weiwei– del plato fuerte del otoño cultural londinense.

Xavier Bray, nacido en Londres hace 43 años, de sangre vasco francesa y apasionamiento latino cuando habla de pintura, es conservador jefe de la Dulwich Picture Gallery de Londres y comisario de la exposición, con la que soñaba desde 2004 cuando la propuso por primera vez. Mientras los operarios van y vienen dando los últimos toques a las salas de Goya, Bray elige para charlar un banco con buena vecindad, la estancia de la National Gallery con los cuadros luminosos de Rafael, con remesas de turistas asiáticos de paso fugaz.

—Le ha dedicado usted diez años de su vida a esta exposición y llega ya a meta…

—Sí. La idea empezó en 2000-2001, cuando hice una pequeña exposición sobre uno de los grandes cuadros de Goya, «La familia del Infante don Luis». Luego me fui a Bilbao [fue conservador jefe del Museo de Bellas Artes de 2000 a 2002] y me encontré con dos retratos más que tienen allí: Moratín, el famoso poeta, y Martín Zapater, su gran amigo. De repente se me ocurrió hacer la exposición de retratos. La presenté a la National Gallery en 2005 y no hemos parado desde entonces. Goya siempre estaba en mi mente.

—Le confieso que como español me apena aunque no quiera que la mayor exposición hasta ahora de retratos de Goya no se haga en Zaragoza o en Madrid.

—Es lo típico. A veces no aprecias lo que está dentro del museo de tu ciudad y le toca al que viene de fuera animar el interés. Dicho esto, el Prado tiene unos retratos increíbles y ya cuenta su historia, aunque sea sin convertirlos en una exposición. Con Goya tendemos a fijarnos más en su mitología, su imaginación, la brujería, la superstición… Temas que son muy modernos y nos fascinan. La gente se aleja un poco de los retratos, piensa que no van a dar tanto fruto.

—¿Y usted no tuvo también esa duda?

—Sí, al principio del proyecto. Pero luego resultó lo opuesto. Fue llegar a conocer a Goya de una manera muy íntima, a través de sus amigos, sus mecenas… Ves las dinámicas de la vida social de la época.

—¿En qué momento y cómo se aleja Goya de lo neoclásico?

—Hmm, esos términos con Goya, «neoclásico»… Goya no es así. Como dice él: «Tengo tres maestros, Velázquez, Rembrandt y la naturaleza». Y es verdad. Se fija en la gente, su sonrisa, sus orejas; la luz. Sí tuvo un entrenamiento clásico, pero la Academia de San Fernando lo rechazó dos veces. Tuvo que irse a Italia él solo a estudiar. Encontró su camino él mismo. Lo que vemos en la exposición es un pintor desarrollando su estilo. La primera sala es todo casi muy crudo, muy directo y sin finura. Hay muchas cosas en los cuadros, mesas, relojes… Poco a poco refina todo eso, pero siempre es él mismo, que es lo que me encanta. Hay una caligrafía constante en su pincelada.

—¿Se atreve a retratar la verdad de las personas al margen de su poder? ¿Taladra la psicología del retratado?

—La psicología no es algo que él busque. Le viene de forma muy natural. Sí se percibe que quiere entender a la persona, tener una empatía con ella. Hay una sensación de amistad con el retratado.

—Sin embargo, piensas en un cuadro como «La Familia de Carlos IV» y no parece que les estuviese haciendo precisamente ningún favor…

—En ese momento tenemos la Revolución Francesa en el país vecino. A Luis XVI, el primo de Carlos IV, le han cortado la cabeza. Goya tiene que tener mucho cuidado con el tipo de realidad que comunica. Esa obra fue como cuando los políticos de hoy se hacen una foto con gente pobre para demostrar que son los amigos de la gente. Detrás de los retratos reales estaba Godoy, que quería controlar la imagen y su orden era: «El Rey y la Reina tienen que ser humanos como nosotros». Goya se adapta perfectamente a eso.

—¿Ha investigado usted qué tipo de relación mantenía con los retratados?

—Ha sido difícil, pero sí. Se ve que cuando tiene interés en una persona, o siente fascinación, o lo quiere homenajear, como sucede con Meléndez Valdés, es una cara muy directa. Meléndez Valdés era un gran idealista y un gran reformador. Por la manera en que lo pinta se intuye a Goya con unos intereses muy similares y queriendo saber más. Es casi seguro que fue quien lo llevó a ver cárceles, algo que no hacían entonces los pintores.

—¿Era Goya un artista muy pendiente del dinero?

—No era de clase baja. Su madre era hidalga y su padre dorador. Pero no era una familia muy rica y el dinero le interesaba, era muy consciente de él. Compraba acciones en el banco, propiedades. En cuanto junta un poco de dinero se compra una carroza de tipo inglés muy exclusiva. Es verdad que en sus retratos no elige a gente de la calle y puede que los utilizase para entrar en círculos a los que un pintor no tenía acceso. Los Osuna, los Altamira, los directores del banco… eran gente fascinante intelectualmente, pero que también le daban mucha ayuda en su carrera.

—¿Fue políticamente reservón? Visto de lejos parece un liberal que nunca acaba de mojarse, no vaya a ser…

—Eso es muy interesante, sobre todo lo que rodea a la llegada de los franceses y su posterior derrota. Los franceses vienen con muchas ideas liberales, que Goya compartía. Muchos de sus amigos son afrancesados que entran en ese nuevo régimen y cuando vuelve Fernando VII tienen que exiliarse. Goya está muy preocupado, quiere mantener en todo momento su cargo de pintor de la corte y hace todo lo necesario para pasar la prueba de purificación y conservar su sueldo.

—Hace «Los desastres de la guerra», pero también retratos de la corte de Pepe Botella…

—Sí, de hecho los «Desastres» no se publican hasta después de su muerte y solo los vio gente de su círculo muy, muy íntimo. Goya siempre baila sobre un hilo muy fino cuando hace retratos, es muy equilibrado, sabe dónde están sus intereses. No deja de ser solo un pintor, como David en Francia, que sobrevivió a toda una catarata de cambios de régimen. Pero, al final de su vida, en 1824, decide acudir a Francia a tomar los baños ya para escapar. Está triste. Desilusionado por lo que ha pasado políticamente en España. Todos sus amigos están fuera.

—¿Cómo le afectó la enfermedad de 1792-93 que lo deja sordo?

—Acentúa su manera de grabar con sus ojos lo que ve y su curiosidad visual. Estoy casi seguro de que podía leer los labios y entender. Leía muchísimo, por eso escribe tan bien, algo que lo diferencia de muchos otros artistas que no sirven para nada. Sus cartas tienen mucho humor y elocuencia.

—¿Qué enfermedad fue aquella? Se ha hablado de un «saturnismo», provocado por la inhalación de materiales de trabajo.

—No lo sabemos, solo que fue una apoplejía. Ya sé que otros hablan de sífilis, del plomo de la pintura…

—De niño en el colegio me dio clase de dibujo un descendiente de Goya, un tipo imponente, osuno y rudo, lo que me lleva siempre a imaginar al genio como un tipo áspero. ¿Era así?

—Mi Goya es una persona cálida. Con un temperamento bastante brusco, eso sí. Pero sería encantador poder pasar un poco de tiempo con él hablando de arte. Era un hombre apasionado. Tengo muchos amigos en Aragón y son un poco así. Eso es lo bueno de España, esa variedad, el maño es maño, el catalán, el gallego… Él tendría esa personalidad muy aragonesa.

—Usted es hijo de un periodista inglés del «Wall Street Journal» y de una pintora vasco-francesa. ¿Por qué se enganchó a Goya?

—Crecí con el moscatel Goya, ja, ja... ¿No lo conoce? En Francia se bebe mucho. Luego viví en Madrid con mis padres y descubrí el Prado a los 14 años. El Goya de las Pinturas Negras me aterrorizaba. No lo entendí bien. Al principio fue un amor odio y quise aprender más, entenderlo. Goya es enorme.

—Es ya un tópico decir que Goya es un precursor de las revoluciones pictóricas del siglo XX. ¿Es así?

—Es algo que los historiadores del arte se ven obligados a decir para darle más importancia. Al vivir el final del Antiguo Régimen vio muchos cambios. Es verdad que en una de las salas de esta exposición parece un proto Monet. Pero al mismo tiempo era un pintor muy de su época. Sin embargo, jamás se ha vuelto antiguo. Es un pintor con el que todavía puedes mantener una conversación. La frescura con la que mira a su época tiene algo que decirnos. Goya todavía nos impacta. Pero podría decir lo mismo con Velázquez. La clave es la naturaleza, que basase todo en lo que veía. Miras estos cuadros de Rafael que tenemos enfrente y ves que está idealizando la realidad, lo que lo vuelve antiguo. Goya era incapaz de hacer eso.

—Un poco de salsa rosa: ¿Hubo meneo con la Duquesa de Alba?

—Noo. Para nada. Tenía una amistad muy grande y ella le dejó entrar en su círculo, que era muy dedicado al arte y la cultura. Se sintió feliz de acceder a la increíble colección de pintura de ella, una mujer muy rica y una aristócrata, pero enormemente caprichosa y capaz de hacer lo que le daba la gana. Eso fascinó a Goya, porque él también había roto con el arte antiguo para encontrar su yo. En su famoso discurso de 1793 dice: «No hay reglas en la pintura». Eso era muy revolucionario, porque había principios muy estrictos. Sexual, nada. Pasión platónica en la amistad, sí.

—¿Cómo está considerado Goya en el mundo anglosajón?

—En Inglaterra es el pintor de las Pinturas Negras, de los «Desastres», de los «Caprichos». Un modernista contra la superstición. Lo respetan mucho, pero no conocen bien su pintura. El objetivo de esta exposición es demostrar a los ingleses, a los que les encantan los retratos, que en España había uno de los mayores retratistas de la historia del arte. Había también un Thomas Gainsborough español. Así se lo vendí a la National Gallery.