Los retratos de Hockney en la Royal Academy
Los retratos de Hockney en la Royal Academy - ABC

Agosto de pintura en Londres

Recorremos tres grandes exposiciones en la Royal Academy, la National Gallery y la Tate Modern, con protagonistas como David Hockney, Gerogia O'Keeffe, Lucian Freud o Henri Matisse

Corresponsal en LondresActualizado:

La discutida silla-experimento de Hockney

A sus 79 años, David Hockney es un tesoro nacional inglés, probablemente su pintor vivo más importante (si excluimos a Frank Auberbach, nacido alemán pero nacionalizado británico en 1947). Hockney alcanzó la gloria deslumbrado por la luz de California, con sus celebérrimas piscinas pop. En el año 2005 volvió a su Yorkshire natal, pero el regreso a casa acabó en tragedia. En 2013 apareció muerto en su estudio su joven asistente Dominic Elliott, un jugador de rugby de 23 años, por sobredosis de éxtasis, cocaína y alcohol. Hockney sostiene que dormía arriba ajeno a la tragedia. Pero el caso lo dejó «muy hundido». Durante unos meses fue incapaz de pintar y retornó a su casa de California.

Poco a poco recuperó el ánimo, pese a una creciente sordera que lo va a aislando socialmente y otros problemas de salud. Volvió a su trabajo y a una de sus convicciones de siempre: «Creo que el mundo es un lugar estimulante y hermoso». Hasta el próximo 2 de octubre, la Royal Academy, en la calle Picadilly, muestra su última cosecha: «82 retratos y una naturaleza muerta» (11,5 libras la entrada). Es un curioso experimento. Hockney ha sentado en la misma elegante silla de su estudio a 82 amigos, familiares y conocidos –galeristas, asistentes, artistas, médicos– y se ha dado un plazo de tres días para retratar a cada uno. Siempre en idéntico escenario, contra una cortina azul y con una alfombra verde a los pies. Todos los cuadros son también del mismo tamaño: 48 x 36 pulgadas.

Además de un gran pintor, Hockney es un erudito de la pintura. En los últimos años ha investigado cómo mira el ojo humano y ha llegado a la conclusión de que el arte occidental aplica una perspectiva errónea, con un único punto de vista («cuando lo cierto es que salvo que estés muerto el ojo se mueve constantemente»). A su juicio, la obra debe conjugar varios puntos de fuga, como ocurre en el arte oriental. Los nuevos retratos atienden a esas inquietudes y también invocan el magisterio de Henri Matisse, su genio de cabecera junto con Picasso.

El resultado son unos retratos muy coloristas, con la ligereza fácil que adorna a Hockney. Pero la crítica no siempre ha sido amable: le achacan poca hondura. La sucesión de personajes pasa sin que dejen huella en el espectador. Otros estudiosos captan un cierto aislamiento, como si se percibiese el muro de lejanía de la sordera del propio autor. Pero sin duda son disfrutables, llenos de buen humor, amables y relajados, con una atención primorosa a la ropa y el gesto, que a veces dicen más que los propios rostros.

Uno de los retratados es el de un dentista de 87 años, que pasó por la silla-experimento del pintor inglés solo seis semanas antes de morir. ¿Son estos livianos cuadros la elegía para toda una vida? Es dudoso. Del gran Hockney todavía se espera más y mejor.

Este autorretrato de Henri Matisse, fechado en 1918, es una de las estrellas de la muestra en la National Gallery
Este autorretrato de Henri Matisse, fechado en 1918, es una de las estrellas de la muestra en la National Gallery - ABC

Cuando un genio compra a otro genio

En 2001, diez años antes de morir, el artista inglés nacido alemán Lucian Freud se hizo con «Mujer italiana», un sugerente retrato oscuro del pintor decimonónico francés Camille Corot. En su testamento, Freud estipuló que el cuadro pasase a la mayor pinacoteca británica, la National Gallery, como muestra de gratitud al país que acogió a su familia cuando huyeron de los nazis (era judío y nieto del padre del psicoanálisis). Esa historia encendió la chispa para poner en marcha «Pinturas de pintores», una muestra que se puede ver en el museo de Trafalgar Square hasta el 4 de septiembre (12 libras la entrada). El juego es tan sencillo como interesante: mostrar cuadros que fueron en su día propiedad de grandes pintores. El cartel de la exposición asocia un autorretrato tardío de Freud con el Corot que tanto apreció.

Gabriel Finaldi, en su día subdirector del Prado, es hoy el director de la pinacoteca londinense, y explica así la propuesta: «¿Qué anima a los pintores a poseer cuadros de otros pintores, ya sean sus contemporáneos, unas veces amigos, otras rivales, o viejos maestros? No hay duda de que la admiración y la influencia juegan su papel. Pero también pesa la asociación personal, el espíritu de afinidad, el prestigio social, el deseo de emular la obra de otros…».

La exposición muestra 85 cuadros a lo largo de ocho salas. La mitad proceden de fondos de la propia National Gallery y el resto son dificultosos préstamos, que han llegado de medio mundo. El recorrido avanza desde lo más próximo (Freud, de cuyas posesiones también se muestran obras de Cézanne, Degas, Constable y Auerbach) hasta lo más antiguo: el gran pintor de la corte inglesa en el XVII, Van Dyck, que fue dueño de cuadros de Rafael y Tintoretto, pero cuya obsesión era el maestro veneciano Tiziano, al que por algo sus contemporáneos definían como «el sol entre las estrellas». Resulta majestuoso ver los Tiziano de Van Dyck frente a frente con sus propias obras.

Henri Matisse, muerto de un infarto en Niza en 1954, poseía obra de Degas, Cezanne, Gauguin, Signac… Pero su auténtica obsesión era Picasso. En la muestra pueden verse dos retratos de Dora Maar de su colección, cuadros cubistas del malagueño. La comisaria de la exposición explica que el hecho de tener esas dos obras «le recordaba el desafío que suponía Picasso».

Viendo la exposición, se diría que el pintor para pintores por excelencia fue Paul Cézanne. Freud, Matisse y Degas atesoraban pinturas suyas. Algunas de ellas trazaron incluso una doble pirueta. La primera exposición de Cézanne fue en la galería Vollard, en 1895. Allí Degas compró un «Bañista con brazo en alto», que ha acabado en manos del gran artista estadounidense Jasper Johns, quien lo ha cedido para la ocasión. Genios comprando genios, un divertimento digno de verse.

Una de las obras de Georgia O’Keeffe que se exponen en la Tate Modern
Una de las obras de Georgia O’Keeffe que se exponen en la Tate Modern - ABC

O’Keeffe, la pintora de la flor del récord

Una vida de 98 años da mucho de sí. Cuando la adusta Georgia O’Keeffe nació en 1887 en Sun Paire (Winsconsin), Van Gogh todavía estaba en activo. Cuando la pintora se murió en Santa Fe (Nuevo México) en 1986, Jeff Koons ya empezaba a ser un artista conocido.

O’Keeffe pintó incansablemente durante siete décadas. Ahora lo recuerda una enorme retrospectiva en la Tate Modern, institución atestada estos días de riadas de curiosos, atraídos por la apertura de su nuevo edificio. Seamos brutalmente francos: aunque lo que más admira a los turistas son las vistas desde la azotea de la nueva torre de los arquitectos suizos De Meuron y Hergoz, es muy recomendable y grato pasarse por la exposición de O’Keeffe. La entrada cueste 19 libras y estará en cartel hasta el 30 de octubre. Constituye el plato fuerte durante este verano del museo de arte moderno a orillas del Támesis, una antigua planta de energía.

La nueva Tate quiere dar un giro. Busca tornarse más cosmopolita, con apertura a países emergentes, y «más femenina», según enfatiza su nueva directora, Frances Morris, la primera mujer al frente. En esa línea, tiene todo el sentido destacar a Georgia O’Keeffe, pues ostenta el récord en una puja de una artista. Hace dos años, su cuadro «Flor blanca número 1» (1932) alcanzó los 44 millones de dólares.

O’Keeffe y sus flores. Las pintó con profusión y mimo en los años veinte. Hay otro motivo por el que son célebres: la crítica las interpretó como recreaciones oníricas de la vagina. La pintora se enervaba contra esa tesis, que siempre negó: «Cuando la gente ve símbolos eróticos en mis trabajos, en realidad están hablando de sus propios asuntos», zanjaba. Pero viendo varias de esas obras cuesta no ver lo que O’Keeffe decía que no se debía ver.

Hija de inmigrantes irlandeses, holandeses y húngaros, desde los doce años supo que quería ser artista. La infancia le dejó también otro sello: el gusto por «el horizonte, el infinito, los grandes espacios abiertos», lo que ella resumía como la «lejanía». La encontró en Nuevo México, a donde se mudó en los años treinta tras un pasado de vanguardia neoyorquina con su marido, el fotógrafo y galerista Alfred Stieglitz, su Pigmalión. Vivían en el piso 30 de un rascacielos de Manhattan, ilusionados por el sueño de la modernidad. Stieglitz la tomó como modelo en unas atrevidas fotos de desnudos, que también se exponen en la Tate. Pero Georgia se aburrió pronto de la vanguardia y lo moderno. Escapó a la lejanía. En el desierto de Nuevo México no había flores. Pero pintó osamentas, cabezas de reses que algún día serán arena. Todo ese viaje se cuenta en una exhaustiva exposición. Para sus detractores, que siempre los hay, falta alma. O’Keeffe sería algo así como una cámara de fotos hecha pincel, demasiado fría. Que conste una nota discrepante. Una maravilla.